La incómoda visita al dentista de cada temporada en el Coliséum se saldó para el Celta con un indoloro empate en un duelo de mucha brega y poco fútbol, en el que el grupo de Coudet se sobrepuso con rigor táctico y espíritu combativo a un gol del Getafe a los seis minutos que en otro tiempo habría sido un obstáculo insalvable. El dolor de muelas que supone para los celestes cada enfrentamiento con el rocoso conjunto de Bordalás persiste, pero al menos en esta ocasión pudieron los celestes reaccionar con entereza para equilibrar las fuerzas y llevarse un punto que mantiene la inercia y les permite despedir el año en una situación envidiable. Cuando no se pueda ganar, empatar es siempre el mejor resultado y Iago Aspas pudo desquitarse al menos y saldar su vieja cuenta pendiente con los azulones, uno de los pocos equipos de LaLiga que aún se resistían a su insaciable pegada.

Queda si acaso el resquemor de no haber sumar un quinto triunfo con el que Coudet habría igualado la mejor serie histórica del Celta en Primera División, pero la decepción de acariciar la gesta se diluye por la satisfacción de haber sido capaz de igualar en intensidad a uno de los equipos más incómodos y combativos del campeonato, un equipo que te corta la respiración y anula tus virtudes para imponer las suyas. No pudo hacerlo ayer el Getafe frente a un Celta que, a falta de lucimiento con la pelota, tuvo la virtud de cortar por lo sano el juego directo de los azulones sin concederles una sola ocasión de gol.

Apenas un ligero retoque (Baeza por Beltrán) introdujo el Chacho con respecto al once que doblegó al Alavés, seguramente con la idea de ganar envergadura en la línea avanzada del medio campo con un futbolista de mayor presencia física en un duelo cuerpo a cuerpo en el que el conjunto de Bordalás, como acostumbra casi siempre en su campo, estableció las condiciones. La entrada en el partido fue complicada. El Getafe ocupó con rigor el espacio sin dejar resquicios para que fluyese la pelota y ganó la mayoría de los balones divididos, como si tuviese un imán pegado a la bota, lo que dificultó la continuidad del Celta en la jugada. Antes casi de darse cuenta, sin buscarlo el rival demasiado, los de Coudet recibieron de la nada un impacto en la línea de flotación.

Un despeje de cabeza de Renato Tapia le cayó en la bota a Damián en una zona aparentemente inocua del campo. Inesperadamente, el lateral uruguayo avanzó con la pelota hacia la frontal, salvó a Denis con un caño y descerrajó un trallazo cruzado a la escuadra que Rubén solo pudo seguir con la mirada. El Getafe encontraba premio en su primera llegada al área celeste con un misil balístico del lateral derecho azulón. En solo seis minutos, los de Bordalás se topaban con el escenario de partido anhelado.

En otro tiempo un gol tempranero en este campo habría causado estragos. Pero el Celta asumió el golpe sin inmutarse, como uno de esos boxeadores que se levantan de la lona casi antes de que el árbitro pueda iniciar la cuenta para renudar la pelea.

Los celestes trataron de reclamar la pelota, su bien más preciado, y se encontraron con un imprevisto regalo de Damián que les abrió el cielo de par en par. El hombre que les había derribado con una jugada imposible de defender les allanaba ahora el camino del empate con un infantil (pero evidente) penalti a Lucas Olaza sobre la misma raya.

Cuadra Fernández indicó al momento la falta, aunque tuvo que consultar con el VAR si la infracción se había producido dentro del perímetro. Enseguida confirmó su decisión inicial. Aspas la esperaba pelota en mano en el área chica. El moañés situó el cuero en el punto fatídico, tomó aire y lo golpeó con violencia, a media altura, con la suficiente dureza para superar al portero azulón. Rubén Yáñez intuyó el tiro, incluso llegó a tocar el balón, pero no pudo impedir que el empate subiese al marcador. En solo diez minutos el Celta se había quitado un enorme peso de encima.

Aspas ejecuta el penalti que supuso el empate AFP7

El empate mejoró al Celta, aunque no lo suficiente como para generar el desequilibrio al que nos había acostumbrado desde que Coudet se hizo cargo del banquillo. El partido se disputaba lejos de las áreas en una estratégica guerra de trincheras en la que costaba sangre ganar cada metro. Las llegadas a puerta se produjeron con cuentagotas, sin peligro.

Al Celta le costó combinar. Le faltó fluidez con la pelota y capacidad asociativa para superar la Línea Maginot que Bordalás le plantó en medio campo, una muralla fortificada casi impenetrable que tan solo pudo superar en ocasiones muy contadas. Nolito, en una de esas pocas acciones, probó los reflejos de Rubén Yáñez con un indolente remate que el guardameta azulón bloqueó sin dificultad. No hubo más en el primer tiempo.

Tampoco tras el intervalo. La segunda parte fue un calco de la primera: poco juego y fútbol espeso en los metros centrales del campo, sin jugadas de peligro que llevarse a la boca. Si el Getafe se las compuso para anular el juego combinativo del Celta en los metros finales y cortó cualquier tentativa de contra, los de Coudet impidieron a los azulones desplegar el juego directo, sencillo pero contundente, que tan buenos réditos les ha proporcionado en estos años. La incombustible labor de Renato Tapia, un futbolista que rectifica errores y proporciona soluciones con la misma naturalidad, y la fiabilidad de Murillo y sobre todo Araújo en el corte resultaron vitales a la hora de neutralizar los conatos de ataque azulones.

Bordalás intentó dar profundidad al juego dando entrada de una tacada a Ángel, Mata y el joven Patrick. Sin mucho éxito porque las escaramuzas se mantuvieron lejos del área céltica. Coudet replicó algo más tarde con Emre Mor. El turcodanés suplió a Baeza, pero su ingreso en el campo no aportó al Celta la velocidad y desborde que pretendía su técnico. El equilibrio de fuerzas se mantuvo hasta el final, incluso con cierto apuro (no demasiado) cuando el Getafe apretó (con más inercia que empuje) en el tramo final. Coudet cambió entonces a Okay por Nolito para administrar un empate que en este campo vale un tesoro.