El espacio y el tiempo, plegados sobre sí en Riazor; en colisión dos realidades teóricamente paralelas. Solo este 2020, aún en sus postres, podía producir un partido cuántico. El Deportivo y el filial del Celta no se concibieron para encontrarse. Menos para producir tal resultado: victoria celeste en el derbi de Schrödinger. Era derbi y no lo era según Fernando Vázquez, que estuvo y no estuvo porque acabó expulsado. Ganaron los chicos de Onésimo porque Alfon golpeó dos veces aunque tal vez fuesen dos Alfon imitándose o una sola vez replicada. Perdieron los locales porque Galán fue estrictamente uno. El resultado aproxima a las dos escuadras antes en la tabla de Segunda B que a sus clubes en el camino de los arrieros pronosticado por Vázquez.

El triunfo le cura al filial la amargura de la goleada encajada ante el Compostela. Incide en su progresión y alimenta su aspiración de ocupar al menos un puesto de ascenso a Primera RFEF; esa categoría que se creará desde la nada, partiendo el todo de la Segunda B. Para el Deportivo supone la enésima broma cruel, que ya el calendario le anticipaba. Porque la competición se detiene ahora hasta el 10 de enero. Demasiado tiempo rumiando este dolor. Vázquez quería alcanzar el parón en el liderato, amparado en la consistencia defensiva. Lo hará segundo y discutido, atraído hacia ese horizonte de sucesos en que ya ni la luz escapa de la gravedad. La deuda es su agujero negro.

Vázquez es un entrenador tan honesto como visceral, que siempre ha priorizado el interés de las entidades sobre el suyo propio. En A Coruña ha descubierto el amor que le faltó en Vigo. Se ha crecido como líder espiritual, pecando de exceso. Pero su fórmula no ha variado como gestor. En cierto modo, pareciendo tan distintos, este reto se iguala al que afrontó en el Celta; hoy un Dépor histórico que chapotea en Segunda B y en 2004 un Celta directamente trasladado a Segunda desde las glorias europeas. Entonces como ahora, conservando en gran medida las plantillas, con el supuesto impulso de su calidad y el obvio lastre de su trauma.

Vázquez conoce las fases necesarias. Para sobrevivir al luto, la negación y la soberbia, mientras sus jugadores y el entorno se acomodan a la realidad, ha construido un esquema que irrita a muchos por su cobardía visual. Vázquez entiende perfectamente qué coste personal le supone dejar en el banquillo a Beauvue y Miku, otrora arietes de Primera, o alinear a tres centrales. Sabe que su afición demanda un Deportivo arrollador. Asume que todavía no es posible y descubre el pecho a las críticas. La duda que esta derrota alimenta es si Vidal lo respaldará.

La apuesta le había permitido hasta ayer mantenerse imbatido, con solo dos goles encajados. Y le bastó para empujar al Celta B hacia Sequeira en la primera mitad con más energía que brillo, a la espera de un chispazo de Rolan. Pero el Celta B, contra lo que dictan los años y su naturaleza, no tiene vacilaciones. No las permite Onésimo, que es también técnico para mayores resplandores. Onésimo dirigirá al filial lo que le aguanten la vanidad, la ambición y el amor al oficio. Su presencia se asimila en Príncipe como un regalo.

Onésimo no permitió que el escenario lo condicionase. Intentó atenuar al Deportivo comprimiendo el juego en una franja de terreno y buscándole las costuras al 5-4-1 donde se debe, en el gozne entre los centrales y los carrileros. Por ahí percutieron Alfon y Bruninho, aunque en los goles del manchego se hayan combinado tanto talento como táctica: dos preciosos disparos combados al palo largo tras recorte.

Entre medias había empatado brevemente Borja Galán, que fue la única jaqueca persistente para el filial: por la izquierda a pie cambiado en la primera mitad o en el flanco contrario. Salva lo acompañó en la asociación primero y luego intentó aprovechar el espacio que la basculación para neutralizar a Galán había generado.

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Para entonces el partido ya había cambiado su equilibrio de pesos y contrapesos. Al Deportivo comenzaba a agobiarle la responsabilidad de evitar el oprobio. Al Celta B le ilusionaba la épica de su aventura. A Borges se le relajó el agobio a Holsgrove de puro cansancio y el escocés se adueñó de la partitura gracias a su batuta zurda. Los celestes rondaron la sentencia al contragolpe e incluso fueron corrigiendo sus pequeños errores de juicio hasta matar el choque en los córners. El Deportivo se había diluido en las mudanzas de hombres y sistema.

En el duelo entre jugadores que son y quizá nunca han debido ser del Deportivo contra los que serán y no serán del Celta adulto se ha escrito uno de los episodios más extraños en el largo relato de los derbis. Tanto que algunos niegan que haya sido un derbi; tanto que cuando Alfon marcó o el árbitro pitó el final, los micrófonos pudieron recoger lo que nunca antes en Riazor, en una última y definitiva paradoja: el sonido del silencio.