El fútbol aconseja gestionar las euforias con igual prudencia que las depresiones. Pero es difícil contener el optimismo, tal vez precisamente por contraste. El Celta ha enlazado tres actuaciones convincentes bajo la batuta de Coudet. No todo puede atribuirse al efecto placebo que en ocasiones provoca el reemplazo de entrenador. Se aprecia un cambio mental, táctico, físico, que además se ha reflejado en el marcador. El alimento perfecto.

Continuidad en el dibujo

El balón dicta el análisis. Un equipo que cambie de dibujo puede estar desorientado o ser flexible; un equipo fiel a un mismo dibujo puede ser constante o rígido. Lo cierto es que Coudet ha apostado por la dirección contraria a Óscar. Este modificaba su planteamiento, en estructura y hombres, tapándose más de las virtudes del rival que buscándole los defectos. Coudet prefiere crecer desde la mirada introspectiva, sobre sí mismo. Ha simplificado las instrucciones y su plantilla lo ha agradecido.

Las faltas como baremo

Coudet ha iniciado su terapia desde el discurso. Ha inyecto agresividad a sus jugadores. Este Celta, el mismo que casi se va a Segunda en julio sin rebelarse contra su destino, cometió ayer el doble de faltas que el Athletic (15 por 7) como ya hiciese ante el Sevilla; en ambos casos, contra rivales más musculosos. Lo que sorprende, además, es que el Celta haya sabido cometer esas faltas, cortando el inicio de las acciones, en territorios alejados de su propia áerea y limitando la penalización en tarjetas. Han sido faltas tácticas o producto de la intensidad, no del atraso o la desesperación.

La ubicación adecuada

Ya se puede concluir, en el balance desde la pasada temporada, que la Operación Retorno ha fracasado. Esa maniobra tan apasionante en lo sentimental nos cegó sobre su conveniencia futbolística. La plantilla se construyó con unas carencias físicas que se mantienen. Pero también influyó una dinámica compleja, difícil de radiografiar, y los imponderables del fútbol. Todos los jugadores, salvo Aspas, llegaron a parecer peores de lo que eran. Ahora muchos están recuperado su nivel correcto. Y en eso, más allá de picos de forma y tendencias emocionales, cuenta mucho que el entrenador teja el sistema que ubique a la mayoría en sus lugares de confort. En Brais y Denis esto se calibran con claridad. Escribá y Óscar, buenos profesionales que tal vez tenían otras prioridades, los emplazaron habitualmente en banda, alejándonos del juego y desnudando su lentitud. Coudet los ha aproximado. Jugarán mejor o peor. Pero ahora yerran por acción cuando antes lo hacían por omisión. Y esa comodidad se traslada a facetas del juego que no se incluyen entre sus especialidades, como la brega y la recuperación. Brais robó dos balones en los goles de ayer, igual que ganó un balón aéreo en el 3-1 ante el Granada. Cuando sientes que todo fluye, te resulta mucho más sencillo sacrificarte en las tareas oscuras. No por desidia anterior. Brais no trabaja más, sino mejor. El reto de Coudet es conseguir que todos parezcan mejores de lo que son.

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Pieza clave

El 4-1-3-2 se sostiene sobre el esfuerzo colectivo, pero como resulta visible en su formulación esquemática, tiene una zona sensible: esa cintura de avispa que ocupa Renato Tapia y que Muniain intentó explotar. El peruano apunta a fichajazo pero precisamente en su importancia reside el problema. Tapia, al borde de la quinta amarilla y siempre en riesgo físico, se antoja imprescindible. Él tiene despliegue, contundencia y técnica en el robo. Sabe cuándo ir y cuándo quedarse, a qué espacio acudir. Okay carece de su dinámica y Beltrán, de su orden. Preocupados por encontrar en invierno un delantero alternativo a Santi Mina, el Celta no debería descuidar la posibilidad de un recambio lo más parecido posible a Tapia, a quien hay que proteger como a Aspas con el embalaje para las mercancías más preciosas.

El mejor Mallo

El sistema de Coudet afecta a los laterales. Los interiores vacian la banda para que ellos aprovechen el espacio. Olaza –no se sabe por qué los comentaristas televisivos lo tildan de profundo– va asumiendo el rol a su ritmo, al ralentí, asegurando cada pase. Mallo respira más a gusto. Aunque con menor frecuencia que en los dos partidos anteriores, siempre golpeó con contundencia al Athletic. No sé si Mallo ya ha disputado sus mejores partidos. Empezó pronto y acumula batallas y lesiones. Pero solo tiene 29 años. Parte del celtismo lo había condenado al traspaso o la jubilación sin posibilidad de apelación. Los jugadores atraviesan malas rachas, a veces tan prolongadas como la de Hugo. Ha jugado con molestias y ha tenido desacuerdos con el entrenador. En ocasiones le ha pesado la responsabilidad. Ha sido pecador y víctima. No estaba muerto y nadie debería haberlo enterrado.

En la montaña rusa

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