02 de agosto de 2020
02.08.2020
Faro de Vigo

La casa de la Troya

Un cúmulo de despropósitos en la temporada 60-61 culminaron en la promoción de ascenso, que el Celta perdió ante el Oviedo

02.08.2020 | 00:43
Yayo conversa con un grupo de jugadores.

FARO reinicia la publicación de las memorias de Ramón Allegue, que se detuvo durante la pandemia y que afronta sus últimos capítulos. Conocido como el Tigre Padrón, Allegue ejerció como portero céltico entre 1955 y 1962. Es novelista y autor del documental "El fútbol por dentro". En esta 52ª entrega relata la temporada 60-61, marcada por una mala planificación que culminó con la derrota en la promoción ante el Oviedo.

"La casa de la Troya", el film de Lugín, llegó en el momento en el que el deseo era llevar a cabo la gran película gallega. Un año antes, en 1923, el gran deseo de los vigueses había sido fusionar Sporting Vigo y Fortuna para crear el mejor y más representativo club de fútbol gallego, el Celta. Y así como la novela de Pérez Lugín se convirtió en un éxito cinematográfico, dirigida por el propio autor y Manuel Noriega, el Celta, después de casi un siglo de su fundación, sigue recordando con demasiada frecuencia a "La casa de la Troya".

Pasado el desastre de la promoción contra el Valladolid de 1960, al que había llegado de despropósito en despropósito, a la directiva de Celso Lorenzo Villa le quedó un resquemor agridulce. Querían evitar exponer más dinero, recuperar lo ya puesto y dejar el club. Pero eso implicaba renunciar a su mayor deseo, salvar al Celta del infierno de Segunda y elevarse a lo más alto del cielo azul celeste. Como no apareció nadie para hacerse cargo del Celta, la directiva de Celso Villa tuvo que seguir al frente del Celta, pero restringiendo al máximo los costes de la temporada 1960-61. El malestar del aficionado, el mal cartel que había cogido el Celta y la ausencia de una buena planificación hicieron que el club continuase siendo la casa de la Troya de siempre.

Se nombró como entrenador a Yayo, un hombre de raíces célticas, que siempre era la solución a todos los problemas graves cuando se tenía que echar mano de la economía casera. Si el club hubiese estado mejor organizado en vez de pensar en la pobreza de sus arcas con su corta o nula visión de futuro, se hubiera podido volver ya a Primera División. Osasuna, que ascendió directamente, y Celta acabaron siendo muy superiores en la temporada 60-61 a aquellos que, como Deportivo, Orense, Pontevedra y Sporting, pelearon con los célticos por estar también en la promoción.

Sin intuir qué acabaría sucediendo, Yayo, junto al retornado y veterano Ramón Polo, uno de los jugadores fundadores del Celta que remplazaba en su puesto al eterno secretario céltico Ramiro Valenzuela, empezaron a buscar refuerzos en la ilusión de los jugadores jóvenes como Carlos (Zeltia de Porriño), Pepiño (Peñasco), Joaquín Álvarez (Grove), Lucio (Coruxo), Herminio (Carballiño), Saro (Santander), Polito (Vigo), Galiñanes (Pontevedra), y Manolito Álvarez (R. Bouzas). Llegaban para sustituir las bajas de Olmedo, Garbayo, Toni, Escobar y Domínguez, que había debutado con el Celta en la Copa contra el Córdoba en la ciudad andaluza. La pretemporada se realizó prácticamente en el parque de Castrelos por estar resembrándose el terreno de juego de Balaídos.

El primer partido de preparación se disputó contra el Avilés, al que el Celta venció por 0-6. En el descanso se le acercó a Padrón el representante de jugadores conocido como "el Feo", que había llevado a Muñoz, Pahiño, Sobrado y Atienza al Real Madrid. Pero Padrón seguía en sus trece de no querer dejar al Celta por ningún otro equipo. El partido de presentación se hizo en Balaídos frente al Vitória de Guimarães, que conquistó por 1-2 el Trofeo Manuel de Castro en disputa.

El Celta debutó en Liga ante Osasuna en Pamplona, cayendo por 3-1. La derrota hizo temer no sólo por el ascenso, incluso por poder jugar la promoción. En el fondo, los directivos y entrenador pensaban que se podía alcanzar por una de las dos posibilidades sin considerar la debilidad en la que se encontraba el equipo, pues incluso Villar había tenido que dejar su puesto de central a Las Heras.

Fue en la quinta jornada cuando se enfrentó el Celta al Deportivo en Riazor, venciendo por 0-1. Padrón seguía cumpliendo con el juramento que hizo de niño de que el Deportivo nunca le ganaría al Celta cuando él jugara. Solo había perdido aquel derbi que se había disputado en Riazor en el que no le pudo parar el penalti a Rafa, razón por lo que quiso romper la portería que defendía en el campo del Deportivo.

A tres jornadas para que terminase la primera vuelta, el Celta empató 1-1 en Balaídos contra el Orense y ocho días después perdía en Pasaron por 1-0 con un gol marcado por Guillermo, aquella promesa viguesa del Celta Casablanca a quien torpemente se le había cerrado el paso al primer equipo. Este gol provocó el hundimiento de una de las gradas, en construcción, detrás de la portería que defendía Padrón, sin que hubiera que lamentar desgracias personales.

El Celta había terminado la primera vuelta como líder pese a que se había confeccionado un equipo de transición con el propósito de dejarlo a una nueva junta directiva, si aparecía. Lo que quedó plasmado con el traspaso de Bayo antes de que finalizase la Liga por ser el jugador que más cobraba del Celta; como extranjero, había que cumplir con lo firmado sin plazos. Sin el mejor y más práctico jugador del equipo de cara al gol y en la jugada, el Celta aún queda más mermado, buscando la salvación en jóvenes promesas como Cordal, el portero del Turista, Silveira, y Trigo, de la cantera coruñesa.

Yayo, que necesitaba consolidarse como entrenador céltico y tal vez presionado por la junta directiva, se acercó a Padrón para que se hiciese el lesionado y dejara jugar a Pistón el tiempo que faltaba para la conclusión de un partido que el Celta iba ganando ampliamente. El guardameta se negó con sus ojos vidriosos por las lágrimas que a duras penas podía contener, pues a Yayo se lo debía todo. Al domingo siguiente se convirtió en suplente. Había que promocionar como fuera a las nuevas promesas para que la directiva recobrase sus dineros. Se buscó la formula de que el Celta fuera requerido por el seleccionador nacional, Escartín, para que hiciera un partido de entrenamiento en Chamartín con la selección B, que serviría para darles más cartel a Pais, Albino y Marín.

El Celta perdió sus posibilidades de ascenso directo en los partidos finales del campeonato. Toda aquella temporada había sido un disloque, a pesar de lo cual se jugó la promoción contra el Oviedo. Los dos últimos actos de "La casa de la Troya" en la que se había convertido al Celta resultaron muy pequeños y dolorosos para su historia. El Oviedo tenía un equipo mejor y mucho más ducho y rodado. Disponía de un magnífico portero en Caldentey, además de un medio, Sanchez Lage, que pasaba por ser de los mejores de España y sobre el que giraba un equipo prácticamente bajo su mando, con dos delanteros que aprovechaban magníficamente su juego, como el inolvidable Luis Aragonés, apuntillado de cara el gol por su delantero rompedor en punta, Ansola. Aunque en Oviedo se sacó un buen resultado, 1-0, nadie pensó en cómo se había logrado. Pero todo era un espejismo. Ante una buen cerrada defensa celtica, que Ansola no era capaz de quebrar, los atacantes del Oviedo se vieron obligados a tirar a puerta, esta vez defendida por Pistón, desde fuera del área. La única vez que los delanteros asturianos entraron en el área céltica consiguieron esa mínima ventaja que para los vigueses ya representaba el ascenso.

Pero la locura desatada se vio superada por la derramada en el segundo partido a jugar en Balaídos. Era tanta la insensatez que se llevó al equipo concentrado al paraje idílico de A Toxa porque estaba cercano al pueblo donde había nacido uno de los mandamás, pero totalmente inadecuado para un análisis serio. Allí no había un campo adecuado para tal fin, por lo que los tan necesarios planteamientos y entrenamientos se tenían que hacer en el jardín del hotel. Más que un equipo de fútbol, el Celta parecía un grupo de turistas que consumía su tiempo en el juego banal del golf casero y en repartirse los regalos y primas que pensaban que ya se habían ganado. ¡Todo un despropósito!.

El final fue amargo. Después de ir perdiendo 0-2, el equipo empató el partido y estuvo a punto de igualar la eliminatoria. Pero no sucedió y entre lágrimas terminó aquella triste temporada. Los responsables la disfrazaron como grande, pero resultó ser una de las temporadas más pobres y ridículas de la historia del Celta. Teniendo todo lo deseado al alcance de la mano, tuvo que seguir siendo peregrino de su desgracia en la Segunda División.

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