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Escambullado no abisal

El sebastianismo

"El Celta se ha convertido en eso que sucede mientras añoramos a Berizzo

Aspas abraza a Berizzo en el último partido del técnico. // J. Lores

Aspas abraza a Berizzo en el último partido del técnico. // J. Lores

Antonio Mohamed, capítulo breve y concluso, no deja de hablar. Eduardo Berizzo, relato abierto, ha hablado al fin. Los malos resultados del presente condenan al Celta a reevaluar constantemente su trayecto. Ningún error que se haya cometido después alivia los pecados de Mohamed. El Celta se ha convertido en eso que sucede mientras añoramos a Berizzo. A mi juicio, son el peor entrenador céltico, en algunos sentidos, y el mejor, en casi todos, que yo haya conocido. De ninguno de los dos quiero la vuelta.

Dos preguntas entre las cien que le hicieron en su entrevista en La Nación, dos respuestas, han desatado la ilusión de los muchos devotos de Berizzo, que abre la puerta a su regreso. Pudiera suceder. En realidad, el divorcio con la directiva generó dolor sin agostar la amistad. Su relación con altos ejecutivos se ha mantenido intacta. Dependería del presidente, de esa inflexibilidad pétrea que adopta en sus rubicones. Nada se quebró que no pudiera recomponerse. Otra cosa es que convenga.

Con Berizzo sucede lo que con el rey Sebastiâo. Desaparecido en la batalla de Alcazarquivir, la leyenda lo quiso vivo, oculto. Portugal idealizó a aquel joven atolondrado y anheló su vuelta durante todo el reinado de los Habsburgo, incluso cuando ya hubiera sido biológicamente imposible. El sebastianismo, esa profecía mesiánica, fue tanto esperanza como carga en el alma portuguesa. Produjo impostores y frustraciones. Portugal tuvo que matar el recuerdo de su rey durmiente para encontrar otro propio y despierto.

El celtismo habita hoy en su propio sebastianismo. A Berizzo no lo despidieron por malos resultados ni aceptó mejores ofertas. Se fue pese a que ambas partes, tras sus respectivos periodos de duda, habían concluido que debían seguir juntos. Berizzo es ese amor de vacaciones que el final del verano interrumpe sin agotarlo. Se queda en el recuerdo como un "si..." balbuciente. Nada existe más hermoso que lo que hubiera podido ser. A Berizzo ni la rutina ni el desengaño lo ensuciaron, lo que de otra manera, antes o después, hubiera pasado inevitablemente. En nuestra fantasía, sin embargo, su equipo sigue cabalgando al frente, siempre temerario, hacia el título.

Si volviese, Berizzo se convertiría en su principal adversario, como lo ha sido en cierto modo para sus sucesores. Ni siquiera él mismo, sino la recreación perfecta que hemos modelado en nuestro imaginario colectivo. Porque su extraordinario Celta, pródigo en victorias gloriosas y derrotas heroicas, sustentado sobre aquel giro del destino ante el Córdoba, también jugaba mal de vez en cuando. Decepcionó puntualmente, en el planteamiento de las semifinales contra el Alavés. Ningún reproche. Peajes sencillos de la realidad, que el Berizzo de nuestros altares no debe pagar.

"Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver", me repito desde que se lo escuché cantar a Sabina. Berizzo nos hizo felices. Tanto que él y el celtismo se merecen una nueva oportunidad. Pero tanto también que se merecen precisamente lo contrario; que la memoria los proteja de cualquier riesgo o contaminación. Que ya ancianos, cuando solos nos quede el pasado, podamos refugiarnos en su Celta igual que en aquel beso adolescente en la playa y pensemos: "Mereció la pena". Es la única eternidad que yo concibo.

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