02 de noviembre de 2019
02.11.2019

Realidad y sueño

El Celta descenderá a segunda división - Puede ser esta temporada o dentro de un lustro

02.11.2019 | 01:37
Escribá y Berizzo, durante un Celta-Villarreal. // José Lores

Para mi hija pequeña no existe momento de mayor alegría que el segundo antes de abrir sus regalos ni momento de mayor pesar que el segundo posterior. No importa que bajo los papeles descubra el exacto juguete que ella había pedido. Ni siquiera sus propios deseos pueden cumplir sus expectativas. Creo que solo un envoltorio vacío colmaría sus ilusiones. "Cuidado con lo que deseas porque podrías conseguirlo", me repito siempre. Vivir consiste en resistir el choque entre sueños y realidades, especialmente cuando los sueños se hacen reales. El celtismo, un sector al menos, abomina hoy de la Operación Retorno con la misma intensidad con que la celebró. Jamás seremos tan felices como durante el parón liguero tras el fichaje de Rafinha, imaginando combinaciones imposibles, victorias y títulos. Jamás será mi hija tan feliz como ante un paquete cerrado, infinito en sus posibilidades.

Claro que el juego y la clasificación decepcionan. Y que la plantilla tiene carencias. Ningún equipo, menos de clase media, cubre todas las alternativas. Rafinha, Denis, Pape o Mina han regresado por cierta decepción en sus carreras además de por amor al Celta. Con todo, Escribá dispone de material suficiente para jugar mejor y ganar más. En el fútbol, más que en ningún otro deporte colectivo, el funcionamiento depende de asociaciones mecánicas y químicas difíciles de sintetizar. Cuentan estados de forma y ese centímetro que se puede atribuir a la fortuna igual que a las leyes físicas. Con estos mismos jugadores e incluso con este mismo entrenador el rendimiento podría haber sido diferente. El fútbol no es una suma aritmética que ofrezca siempre el mismo resultado con iguales sumandos ni un ajedrez en el que las piezas maniobren con fiabilidad según sus atribuciones.

Se han cometido errores. Escribá probablemente pague los suyos. Quizá la directiva debería haberlo destituido antes. También pudieron destituir a Berizzo tras la décima jornada sin ganar y pocos se lo habrían reprochado. Muchos éxitos o fracasos futbolísticos solo disfrutan de una narración coherente porque se escribe a posteriori, forzando el puzle. El recuerdo de Berizzo se ha convertido en un lastre para sus sucesores; esa nostalgia que muchos aficionados no superan. En realidad, Berizzo -el mejor entrenador céltico que yo haya conocido en la relación de medios y resultados- tuvo exactamente el final que merecía. Ya que quedó la sensación de etapa abortada antes de tiempo, pertenece por igual a lo que fue y a lo que hubiera podido ser; a la realidad y al sueño, sin fricciones ni incompatibilidades. Si Berizzo hubiese renovado, antes o después se habría ido por voluntad propia o lo habrían despedido. Ni la rutina ni la decepción contaminan su recuerdo.

El fútbol pertenece al género tremendista. Asistimos al juicio final cada siete días. Escucho y leo críticas razonables, pero también abundan las exageradas. Ser y estar se confunden, igual que el error y la voluntad. Ya se vuelve a cuestionar a Mouriño, eternamente condenado a una montaña rusa en su valoración pública. Tan mal parece estar el Celta que Lendoiro ha escrito un artículo en el que se muestra preocupado por su situación, a la par que por Deportivo y Lugo. Un potaje difícil de digerir, aunque evidentemente Lendoiro apunta a otras guerras.

Colaboro con Moncho Padrón en la historia del Celta que está escribiendo para FARO. Relato necesario en un club y una ciudad que viven a la carrera, siempre huyendo hacia delante. Revisar sus textos me asoma a la esencia del Celta. Cada temporada, incluso la más gloriosa, es un compendio de facturas impagadas, aficionados descontentos y futbolistas ingratamente despedidos. El Celta ha estado al borde de la desaparición en numerosas ocasiones desde su fundación. Jamás ha existido ese paraíso que muchos aficionados suponen al alcance de sus dedos. Esos espejismos condenan a la melancolía. El Celta descenderá a Segunda División. Puede ser esta temporada o dentro de un lustro. Sucederá antes o después porque está escrito en las condiciones económicas y sociales en las que se enraíza. No debe resignarse a ello, pero tampoco sentirse invulnerable por decreto. Cuando descienda, lo hará sin temer su desaparición ni jugársela a una carta con la ayuda de LaLiga, sino con el músculo financiero necesario para regresar más antes que después. Y eso es algo extraordinario en el recuento de sus 96 años. El diagnóstico de la crisis actual no debiera conducir al incendio de aquello que tanto ha costado construir: cantera, patrimonio, solvencia. Ninguna política evitará los tropiezos pero esta los limita y facilita levantarse de ellos. Mi hija, superado el disgusto, se divierte con sus juguetes. Berizzo permanece inmaculado en la memoria. Realidad y sueño, en armonía.

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