11 de agosto de 2019
11.08.2019
PADRÓN, HISTORIA DE UNA LEYENDA

El triunfo de la voluntad

La temporada 35-36 se inició con riesgo de desaparición y concluyó con el ascenso y una colecta por Galicia para pagar una multa federativa

11.08.2019 | 03:03
Alineación del Celta en el decisivo partido contra el Zaragoza en Torrero, del libro sobre el club de Varela

Ramón Allegue, conocido como el Tigre Padrón, portero céltico entre 1955 y 1962, novelista y autor del documental "El fútbol por dentro", narra para FARO cada domingo la historia del club. En este 25º capítulo relata la temporada 1935-1936 según le contó el socio Enrique Macías. El Celta sobrevivió a una grave situación económica, en gran medida por la generosidad de sus jugadores, y alcanzó al anhelado y tantas veces negado ascenso a Primera.

Hoy, lejos de doctrinas o de ideologías políticas, existe una película en la que Leni Riefenstahl inmortalizó en 1934 el congreso de Nuremberg,considerada una obra maestra de la cinematografía: "El triunfo de la voluntad". Recojo el mismo título para recordar el tesón y la bravura con las que el Celta se enfrentó a los peligros que rodean un gran acontecimiento, como el acontecido con el Sporting Vigo y el Fortuna, el nacimiento del ¡Real Club Celta de Vigo. Tesón y bravura que ya serían el blasón para siempre del carisma de sus jugadores. Son virtudes que exhibieron ante las dificultades para encontrar ese Shangri-La único de las tierras gallegas. Primero se les negó el ascenso por no llegar a ser un equipo finalista en el Campeonato de España, lo que sí había sido el Fortuna. Luego, porque el campeonato programado para el ascenso fue revocado sin fundamento alguno. En tercera ocasión, porque el partido celebrado y ganado para tal ascenso no fue aceptado, llevando todo ello al club al borde de su desaparición al poco de haber nacido.

El 11 de julio de 1935 se vuelve a reunir la asamblea céltica, designando presidente a Cesáreo González, a quien se facultad para que en colaboración con José Grobas designe a los que han de desempeñar los demás cargos. Dificultades insuperables obligan a estos dos señores a declinar también el encargo en una nueva reunión, en la que nada se logró resolver. La crisis económica es tan grave que nadie se atreve a afrontar la temporada que se aproxima. Ya nadie apostaba por la supervivencia del club, que tenía que cursar a la Federación Nacional la correspondiente inscripción para la próxima temporada, lo que se veía, cada día que pasaba, más difícil de conseguir. El Celta pretende que la Empresa Stadium coopere a la solución del problema, así como otras entidades y diversos particulares. Todos hacen ofrecimientos de sumas importantes e incluso algunos jugadores como Gonzalito, Pirelo, Polo, Armando, Ignacio, Calibre o Buela dejan a favor de la caja del club haberes devengados, cuya cuantía se eleva a unas 14.000 pesetas. Vencida en parte la dificultad económica que pesa sobre el club, se procede al nombramiento de una nueva directiva, recayendo la presidencia en el entusiasta celtista Rodrigo de la Rasilla, designándose para los demás cargos a José Reboreda, Adolfo González, José Grobas, Primitivo Coca, Modesto Bobilla, Enrique F. Meilán, y Manuel Domínguez. Esta nueva junta directiva encargó de la preparación del equipo a Ricardo Comesaña, un gran deportista vigués.

Al mismo tiempo, la nueva junta directiva, consciente de sus posibilidades, reforzó con poco dinero la plantilla, pues se había marcado como principal objetivo el siempre deseado ascenso a Primera División. Era la única solución posible que se veía para sacar al Celta de sus crisis económicas. Se llega a un acuerdo con el Lemos de Monforte para llevarse a su mejor jugador, Agustín "Peixe", contando además con Varela, un defensa correoso de A Estrada; con Blanco, un medio ala de gran presencia, que destacaba por su corte y buen juego, así como con Ignacio, llegado de Palmeira, y al que, por su gran envergadura se le llamaba cariñosamente "Peitiños". Ricardo Comesaña da comienzo los entrenamientos, seis días, antes de ponerse en marcha la primera competición del torneo mancomunado de Asturias y Galicia, que se recuperaba una vez solucionados los trágicos sucesos ocurridos en Asturias en 1934, por los cuales se había suspendido la temporada anterior, cuando ya se había iniciado. El 1 de septiembre el Celta se desplaza a Gijón, donde es derrotado por el Sporting 6-0. Acabará siendo campeón el Oviedo, con 17 puntos, seguido del Unión Sporting, Sporting de Gijón, Celta, Avilés y Deportivo.

Como habían sido muchos los atropellos que se habían cometido con el Celta, para su ingreso en la Primera División, tal vez porque su Shangri-La estaba perdido entre las montañas de la lejana Galicia, antes de iniciarse la competición de la temporada 1935-36, el 6 de noviembre, se reúne la asamblea general para decidir si se tomaba o no parte en el nuevo torneo liguista. El acuerdo fue afirmativo y el Celta, a partir del día 10 del citado mes, se tiene que enfrentar a Nacional de Madrid, Valladolid, Zaragoza, Avilés, Deportivo, Unión Sporting, y Sporting de Gijón. El Celta queda campeón del grupo, empatado a 18 puntos con el Zaragoza, que por golaveraje se clasifica de segundo. Los dos pasan a jugar la ronda final, que da comienzo el 23 de febrero de 1936 con Arenas de Guecho, Gerona, Xerez y Murcia. El Celta quedará campeón con 13 puntos, empatado con los mismos puntos que el Zaragoza, por delante Arenas de Guecho, Murcia, Gerona y Xerez.

El Real Club Celta de Vigo ascendía por fin a Primera División. El tesón y la voluntad de los celtistas habían triunfado ante tanta adversidad encontrada e impuesta por los atropellos a los que lo seguía sometiendo la Federación Nacional de Fútbol, que para más inri estaba presidida por el gallego García Durán. Incluso habían aflorado en esta liguilla de ascenso, haciendo jugar al Celta en un día de semana para evitar la máxima afluencia de público a Balaídos contra el Zaragoza, con el cual se está jugando el ascenso codo a codo. En compensación se abren las puertas del nuevo estadio para que el aficionado entrara gratis y llenase Balaídos, como así lo hizo. Se registró una entrada fue de 20.000 espectadores, casi la mitad de los habitantes que por aquel entonces tenía Vigo. El Zaragoza salió derrotado 7-0 en aquel partido, pero el Celta no se libró de una multa de 1.900 pesetas por algunos incidentes. Una vez más, llevados por esa voluntad de triunfo que imponen los propios jugadores y el tesón de los aficionados, se volvieron a poner en movimiento en Vigo y toda Galicia para dar una sensacional respuesta a la Federación. La multa que se pagó tras una colecta en la que cada aficionado aportaba solamente una peseta.

La alegría del celtismo no solo invadió el todo Vigo, sino los corazones de todos los celtistas de España y de emigrantes de América. Y que ni decir tiene que Enrique Macías, ya convertido en un galán de teatro aficionado, con su novia Carmiña, también hace su aportación para que el club de sus amores pudiera pagar tan injusta deuda. Ahora eran más felices con el ascenso del Celta que con las representaciones teatrales.

Mientras, en el pequeño y bonito pueblo de Puebla del Caramiñal, los seis celtistas más furibundos de la villa, los padrones, coreaban con verdadera pasión la hazaña del ascenso de su Celta ante los deprimidos deportivistas. El más pequeño de ellos, el llamado a ser el defensor del marco céltico, con sus dos años y casi dos meses, vestido como siempre con su pelele y sentado en su cuna, parecía no comprender la inmensa alegría que el Celta había llevado hasta sus hermanos.

Es de justicia recordar ahora y aquí los nombres de esos hombres que con su esfuerzo y participación, mucha o menos de la deseada, llevaron al Celta por primera vez al más alto pabellón del fútbol nacional. Estos jugadores fueron Vega, Piñeiro, Gonzalo, Bolete, Venancio, Blanco, Varela, Miras, Montes, Toro, Agustín, Bisagras, Machicha, Cabezo, Ignacio, Lilo, Machicha II, Soto, Ruibal, Esparza, Choncho y Paredes, todos ellos a las órdenes del entrenador Ricardo Comesaña.

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