03 de junio de 2019
03.06.2019

El Cristo de la Victoria

03.06.2019 | 23:31
Los jugadores del Celta celebran uno de sus goles ante la Real Sociedad.

Recuerdo el partido "loco" jugado en Huesca, en el cual Escribá, siguiendo los pasos de Cardoso, dejó seguir al equipo con el aire que le había imprimido, desde un principio, Mohamed, del que solo lo salvó de la derrota el "milagro" del Cristo de la Victoria, evitando un cuarto y definitivo gol local en los últimos segundos del partido. No, señor Escribá, así no se salva a un equipo del descenso, salvo un milagro como el hilo conductor le ha dado a través de Aspas contra el Villareal. Como el sucedido en Huesca, y otro, que se le dio días más tarde, en Balaídos contra la Real Sociedad, cuyo entrenador no solo supo cómo plantear y jugar el partido, sino controlarlo en todo el momento tanto en el primer tiempo como en el segundo, aun estando en inferioridad de condiciones.

Camino ya de mis 86 años, ya muy avanzados, que casi los "mamé" jugando al fútbol, es muy difícil que no sepa ver y, sobre todo, analizar un partido a nivel de entrenadores, no de periodistas, directivos y de aficionados, amordazados por sus sentimientos, al igual que lo están los jugadores por las circunstancias que los rodean en los clubes. Por eso el partido jugado contra los de la Real Sociedad lo tildo como otro "milagro" del Cristo de la Victoria, como fue el del Villareal, cuyo hilo conductor para el triunfo el Cristo lo buscó en Aspas. Al igual que lo buscó con el jugador del Huesca que, en los último minutos, lo hizo desviar hacia fuera lo que conocemos como "milagroso". Mientras que contra la Real Sociedad, ese hilo conductor nos llevó al "milagro", por la prorrogativa de la súplica de la salvación, no del alma sino del resultado, de esos miles de aficionados que acudieron a Balaídos, de los cuales muchos de ellos van en súplica a la procesión del Cristo.

Súplica que en el primer tiempo del encuentro no tiene poder de rogativa, Ya que el esquema de juego presentado por los de la Real era de cuatro defensas y tres medios, reforzadas ambas zonas con dos hombres por delante de los cuatro defensas, los dos apoyaban a defensas y medios con sus relevos, permitiendo que el solo atacante que se posicionaba en punta tuviera el apoyo específico de dos e incluso tres medios como atacantes. Mientras que el Celta con sus cuatro defensas, tres medios y tres atacantes, se encontraba en condición de inferioridad en su juego posicional. Tanto, que tuvieron que pasar un poco más de veinte minutos de haber comenzado el partido para que se inquietase, un poco más de tres lances, a un portero que parecía estar jugando un partido amistoso y no un encuentro para clasificarse para jugar en Europa, de lo que dependía del resultado que pudiera sacar el Sevilla. Al mismo tiempo que el portero de la Real pensaba cómo escapar de la torrencial lluvia, Rubén Blanco se enfrentaba a las clásicas y nada hábiles jugadas de los delanteros que, salvo una, todas terminaron en rebotes y en alejar el peligro que, luego, siempre seguía latente ante el marco céltico. Y con el partido completamente controlado, la Real Sociedad se fue al descanso con un raquítico uno cero, ya que sus delanteros carecieron de la habilidad necesaria para aumentar el tanteo.

En la segunda parte, como se suele decir, el Celta tuvo el "santo" de cara, prácticamente sin hacer nada extraordinario. Nada más saltar al terreno de juego, ya se encontró con el partido nivelado, con un portero que remplazó al de los partidos amistosos, por otro que me recordó a Marza en un partido que jugamos en Mestalla contra el Valencia. En un lance, al grito de ¡mía!, intenta despejar de puños un balón bombeado sobre la cabeza del impetuoso Badenes. El fallo es estrepitoso y ante aquel gol, Aretio, desde el medio campo, frotando el puño de una de sus manos contra la palma de la otra, le grita: ¡Marza, tiza!. Lo recordé cuando vi que el suplente calculaba mal el salto para evitar que le rebasara el balón y terminase en la red, como así fue, y no hacía nada por corregirlo, simplemente como si saltara a coger fruta en un árbol, fuera de su alcance. Cuando dando solo un simple paso hacia atrás, inclinando un poco el cuerpo de espaldas, le era fácil tocar el balón haciéndole seguir la trayectoria hacia fuera de la línea de meta.

Luego viene el penalti, con el que parecía se iba a repetir la explosión de júbilo que se produjo contra el Villarreal. Pero si volvemos a ver la ejecución de ambos penaltis, veremos que contra el Villareal Aspas agarró el balón y en ningún momento miró a la portería, estaba completamente seguro que haría gol por el lado del portero en que pensaba. Contra la Real arriesgó, inconscientemente, a errar el gol, pues aunque hizo un pequeño gesto, que no quería hacer, la cámara lo captó y yo supe que lo iba a tirar por el mismo lado que había elegido en el partido contra el Villarreal. El penalti era del todo parable, si el portero simplemente se tira, como se debe hacer, cuando acierta el lado elegido por el ejecutante, el cual aparte, ahora por televisión, se sabe con más certeza dónde se pretende colocar el balón.

Pero al de Moaña esta vez le volvió a sonreír la fortuna del gol, pues el portero de la Real Sociedad "voló" de forma inadecuada en "picado", en busca del balón, sin ningún otro recurso que con una solo mano, pretendiendo hacerse con la pelota. Lo que solo un portero como Ricardo Zamora logró hacer, en un partido internacional jugado por España en Mestalla que hoy solo ancianos como yo recordamos con asombro. Lógicamente el que jugaba a ser guardameta de la Real no se hizo con el balón, que entró libremente a la red, por el hueco que nunca debió de entrar, casi por debajo de su mismo cuerpo. El júbilo por el gol conseguido no fue tan sonoro y ruidoso como el del Villarreal porque el público, al igual que el gol del empate, comprendió que fueron dos goles de los llamados "tontos" o "regalados" en fútbol.

Fue entonces cuando se remontó de forma tan absurda el resultado adverso, tan importante para la Real Sociedad, cuando Escribá comenzó a dar órdenes para que la victoria no se le fuera de las manos, la que era muy importante mantener. Pero antes, ese triunfo local se vio favorecido por la expulsión de un jugador del equipo vasco, que aun jugando con diez jugadores casi toda la segunda parte del partido, siguió dominando y controlando a su rival, teniendo que intervenir más de las veces y con más peligro Ruben Blanco que el "despistado" y mal herido guardameta de Donosti. Salvo en raras ocasiones como aquella de Aspas, en la que "picó" un balón por encima del portero rival, al cortar un pase horizontal, tan increíble como inocente que una defensa, como la de la Real, fuera capaz de llevar a cabo cerca de su propia área.

Era todo tan irreal como aquella película de Kafka, "El Proceso", que Orson Wells llevó a cabo, con un Toni Perkins asustado e incomprendido. Pues en un campo encharcado de agua, ideal para los vascos, se dedicaban a jugar en corto, lo que nunca hacen ni en estos ni en otros casos, reprimiendo en muchas ocasiones, incluso, el tiro a puerta. Y con un juego más al estilo argentino que vasco, en un campo con mucha agua y resbaladizo, los de San Sebastian recibieron el tercer tanto, con el que llegaron en contra al final del partido, bajo la persistente lluvia, entre felicitaciones y abrazos. Mientras el público salía con las mismas dudas de salvación de la categoría, con las que tenía antes de jugar el encuentro. Nada nuevo se podía "Cantar bajo la lluvia", salvo seguir con la esperanza de que continúen los "milagros", que los creyentes atribuimos al Cristo de la Victoria.

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