08 de mayo de 2019
08.05.2019

Esplendor en la hierba

08.05.2019 | 20:56
Helenio Herrera, junto a sus hijos.

El inesperado esplendor con el que nos iluminó el San Lorenzo de Almagro en 1947 sobre la hierba del Stadium de Riazor hay que analizarlo con mucho tino y sapiencia si queremos llegar a conocerlo en profundidad para saber, realmente, quiénes son los buenos y malos entrenadores. Esta es una labor muy meticulosa a desencajar, porque realmente se cae con facilidad en la confusión, debido a la creencia de que un entrenador de fútbol puede ser cualquier aficionado con más o menos conocimientos en la materia. No se piensa qué es lo más importante para lograr hacer un buen equipo de fútbol al más alto nivel. Muy pocos entrenadores están preparados y capacitados para poder llevar a cabo esa tarea.

Comencemos el estudio por los más "galardonados" y capaces partiendo de esa época en la que los entrenadores comienzan a encajar cómo llevar a cabo un buen equipo de fútbol. Los más afamados como el Real Madrid, que estaba dando los últimos toques al gran Stadium de Chamartín, buscaron al creador del gran equipo en Uruguay en el afamado jugador Scarone, después de darle la oportunidad a su gran "estrella" Ipiña, una vez retirado de la práctica del balompié. Ambos cesados muy pronto en sus cargos, creando el de secretario técnico para Ipiña.

Y fue en aquel horrible y gran silencio impuesto por el hambre y miseria de la postguerra cuando surge la revolución, no la esperada, que afecta al fútbol español, con la venida del San Lorenzo de Almagro a España, allá por él año 1947. Fue tan grande el impacto que no se concebía que un equipo jugase sin extremos, sin aquel delantero "tanque" de choque, sin puestos fijos en medio campo y ataque, con el balón siempre controlado y jugado con perfecta maestría. Fue algo tan apoteósico el paso del San Lorenzo de Almagro por España que no puedo resistirme a contar la grandeza de una empobrecida afición, a la que le habían "robado" su escasa felicidad para poder seguir subsistiendo.

Eran tiempos de muerte, de luto, de hambre y miseria, en el que nos habían dejado solos. ¡No querían que fuésemos ni españoles! Solo nos quedaba el fútbol para poder seguir viviendo en medio de tanta desesperación y soledad. El caballo blanco, montado por la muerte, se enseñoreaba galopando por entre las ruinas de tres trágicas guerras, una civil y las otras dos mundiales, que como la bicicleta alquilada por Manoliño o "Batalla" "jadeaba", con cada pedaleada, por las malas, estrechas y empedradas carreteras camino de La Coruña, para ver lo que nunca se había visto en el Stadium de Riazor: ¡Al San Lorenzo de Almagro!

-Señora Lola, ¿lévolle aljún recado?.

Mi madre sabía que Manoliño, o "manco da Batalla", cuando le pedía ir a uno de sus recados, tenía hambre.

-Sí, Manolo, vaite a tienda da señora Piedad e pregúntalle si lle chejou o chocolate-, le decía mi madre a sabiendas de que no necesitaba el chocolate, sino que pretendía darle, como siempre, un pequeño bollo de pan con el que Manolo "mataría" el hambre aquel día, y que sabía que no se lo aceptaría si no fuera por el "favor" de irle al recado, y no como una limosna a la que se recurría siempre.

Aquel día Manolo ya llevaba de comer para el viaje, así que guardó el bollo del pan bajo el pequeño hueco que le quedaba de su pegada axila al costado, pues tenía uno de sus brazos, empequeñecido, pegado a su cuerpo. Y aún así pretendía viajar, en bicicleta, hasta La Coruña para ver al gran San Lorenzo de Almagro. Como era el más acérrimo deportivista del pueblo, y por lo tanto el más enemigo de los celtistas de los "Padrones", estaba decidido a viajar en bicicleta, la que dominaba a la perfección con un solo brazo, hasta La Coruña, unos cien kilómetros, aproximadamente, para controlar el partido. Luego querría poner en claro lo que decían los Padrones, que viajaban a La Coruña en los autobuses puestos para la ocasión, y así no pudieran luego, en la "Barbería de Turian", que el Deportivo había sido de los equipos más malos a los que se habían medido los jugadores argentinos.

Ante el maravilloso juego desplegado por los compañeros y por un histórico futbolista como el vasco y exiliado Ángel Zubieta, uno de los ídolos y capitán del inolvidable San Lorenzo de Almagro, nada pudieron decir los celtistas de los Padrones contra los deportivistas del pueblo, orgullosos todos ellos de Manolo "o manco da Batalla", por su gesta de sacrificio y amor a los colores de su equipo. Un dato curioso a tener en cuenta, en esto de los entrenadores, es poder comprobar cómo un equipo que dio a conocer otro sistema de juego, distinto al creado por los fundadores del fútbol, nunca tuvo uno de esos grandes entrenadores que siempre hacen suyo lo bueno que se pueda crear en dicho deporte. Tal vez porque aquel primoroso juego era el empleado por todos los equipos en Argentina. Más tarde lo cambiarían por el estilo europeo, con el cual se empobreció.

Lo que seguro también llevó a pensar que cualquiera podía ser entrenador de fútbol, como lo había sido el gran Alejandro Scopelli. Sin caer en la cuenta de que exjugadores, como Hilario Marrero, habían fracasado. Al igual que no supo complementar su labor de entrenador Arsenio, al que le faltaba, en los partidos decisivos, motivar por completo a sus jugadores en la victoria. Dejó constancia en aquel partido decisivo que el Rayo Vallecano jugó en Riazor para un ascenso. Al igual que lo hizo el siempre triste Irureta que, después de empatar a cero con el Oporto en Portugal, no supo motivar al equipo de cara el triunfo en una semifinal que lo hubiera llevado a jugar e incluso, posiblemente, a ganar una final de la Copa de Europa.

Después, en los aprendices a "brujos", tenemos que destacar al "traductor de idiomas", al portugués Mourinho, cuya única virtud es saber estar en todas las problemáticas que se desarrollan alrededor de los entrenadores. Y hace jugar al "cerrojo" a todos los mejores equipos de Europa, motivando a sus jugadores como un aficionado ultra de un equipo de hoy. Aplica lo más básico de lo que es la evolución del "cerrojo", implantado por, el "tío Benito", Benito Díaz, y no por Helenio Herrera como se piensa. El magnífico entrenador argentino, cuyos restos descansan en el bellísimo cementerio de Venecia, nunca jugó el "cerrojo" conocido en Italia como "catenaccio".

En todos los equipos que vi entrenar a Helenio Herrera, tanto en España como en Italia, siempre lo hacía al ataque con un fútbol serio y ordenado como el llevado a cabo por el Barcelona de Kubala y Luis Suárez. Un juego alegre como el desarrollado por el Sevilla de Pepillo, y con un armazón y saber como cuando cogió al Atletico Madrid de Domingo; Lozano, Riera, Aparicio; Silva, Hernández; Juncosa, Bembareck, Pérez Paya, Karlson y Escudero; llegó en la última posición de la tabla y lo hizo campeón. O bien con aquel fútbol contundente de supervivencia de la liguilla de ascenso, jugada por el Deportivo de La Coruña de Acuña, en la que el España Industrial salvó al Celta de ir a Segunda División. En Italia, el país del "catenaccio", con el Inter de Milán incluso se permitió el lujo, aprovechando la velocidad de su lateral Facchetti, de crear el defensa "carrilero" en ataque. Y en España puso en práctica el "juramento" de la victoria antes de saltar al terreno de juego, colocando las manos, una encima de otra, como señal de poder. Los aprendices a "brujos" lo siguen llevando a cabo hoy. Sí, Helenio Herrera, el H.H,, fue el más grande de los brujos.

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