Una pared infranqueable llamada Jan Oblak frena la escalada hacia la permanencia del Celta, que ayer se sintió de nuevo escaso de ideas y frágil sin Iago Aspas y claudicó con excesiva facilidad ante un Atlético de Madrid que solo necesitó dos apariciones puntuales de Griezmann y de Morata para llevarse los tres puntos y dejar a los célticos a merced de lo que hagan hoy sus inmediatos perseguidores en la pelea para saber si ha de afrontar desde posiciones de descenso el duelo ante el Girona. De nuevo, el conjunto vigués tendrá que depender de la ayuda de su estrella y de su afición para vislumbrar nuevas vías de esperanza en su complicada situación deportiva cuando le restan seis jornadas para que se cierre la temporada.

El Celta se presentaba en el Wanda Metropolitano con escasas opciones de rascar algo del botín teniendo en cuenta sus antecedentes históricos ante el Atlético de Madrid (72 derrotas, 20 empates y 28 victorias) y ante la trayectoria que lleva este curso, del que solamente podrá salir airoso con la ayuda "divina" de Aspas. El moañés se quedó en Vigo tras la sanción de un partido por acumulación de tarjetas amarillas. Volverá el sábado ante el Girona de Eusebio Sacristán, con quien comenzó a construirse este mito del celtismo.

Con el moañés viendo el partido desde casa, el Celta pretendía prolongar ante los de Simeone la racha de tres jornadas sin perder. Pero a estas alturas del cuento ya nadie duda de que este equipo es muy poca cosa sin el '10', no solo por los goles y el juego que aporta sino por la transformación que provoca su presencia en sus compañeros. Ayer, el equipo de Escribá se mostró tan frágil, y por momentos timorato, como el que solo pudo sumar cuatro puntos en las once jornadas que duró la lesión del genio de Moaña. Otra pobre actuación que añadir en esta temporada.

No acertó Escribá en la elección de Boudebouz para que ejerciese de Aspas, aunque en la víspera ya advirtió que el moañés es insustituible en estos momentos. Tampoco correspondió Emre Mor a la nueva oportunidad que se le ofreció en el Metropolitano. Continúa sumido en un agujero negro.

El equipo celeste, en general, no respondió a las consignas de su entrenador en el arranque del partido. Erró en la concentración y en la tensión durante el arranque y cedió la iniciativa a un Atlético de Madrid con muchas bajas y con pocas ilusiones de afrontar una recta final en la que lo único que ha de pelear es por la segunda plaza: escaso compromiso para un equipo que pretendía disputar en su estadio la final de la Champions.

Las circunstancias del rival parecían propicias para que las aprovechase el Celta, sometido al examen de si su mejoría era una cuestión colectiva o motivada únicamente por la presencia de Aspas. Los de Escribá se conformaron en el arranque con ceder el balón a los rojiblancos, que dominaron y llegaron sin peligro al área de Rubén Blanco, que agarró sin despeinarse dos flojos lanzamientos de Saúl y de Griezmann.

El Celta tardó casi veinte minutos en plantarse ante el tótem Oblak, y lo hizo con el colmillo afilado. El guardameta esloveno tuvo que emplearse a fondo para neutralizar una doble ocasión celeste: primero para desviar el balón envenenado de Maxi Gómez que rozó en un compañero y después ante una medio chilena de Boudebouz. A la media hora, el argelino se inventó una pared con su amigo Boufal, que golpeó el balón al primer toque, con el interior del pié, buscando el palo largo; pero Oblak adivinó la trayectoria y salió nuevamente airoso de la segunda gran ocasión del Celta, que sufrió un duro golpe al filo del descanso por la escasa concentración y tensión que le puso al partido.

Vitolo se tiró al suelo en el balcón del área al sentir el brazo de Cabral en el hombro. El árbitro cayó en la trampa del canario y regaló la falta que esperaba Griezmann para disfrazar su mediocre actuación. El francés lanzó hacia Rubén Blanco, que reaccionó tarde. El Atlético de Madrid se marchaba al vestuario con una ventaja inmerecida en el marcador. Una situación ideal para los de Simeone, especialistas en gestionar mínimas diferencias.

Escribá no movió el banquillo, prefirió que la defensa diese un paso adelante y presionase más arriba a un rival que esperó en su campo a una contra para sentenciar el partido. El plan mejoraba el juego entre líneas de Okay y de Lobotka y los laterales célticos entraban en acciones ofensivas, con Olaza y Boufal generando peligro por el costado izquierdo.

Ahora, el Celta tenía mayor presencia en ataque, pero carecía de ocasiones claras de gol. La más nítida la protagonizó Maxi Gómez, que controló en la frontal y consiguió que se resbalase uno de los centrales noveles a los que recurrió Simeone ante tanta baja. Con toda la portería para él, el uruguayo enganchó mal la pelota y la mandó fuera de los dominios de Oblak.

Superada la hora de partido, Morata irrumpió en el campo por Vitolo. Escribá se decantó por Pione Sisto para suplir a Emre Mor, que cerraba otra gris presencia con el Celta. El dominio céltico dejó la sensación en el ambiente de que el empate estaba al caer, pero lo que llegó fue la puntilla de los rojiblancos, que aprovecharon un error de Boudebouz para lanzar un contragolpe. Morata le ganó la carrera a la adelantada defensa céltica y se llevó el mano a mano ante Rubén Blanco para dejar sentenciado el partido.

Restaba un cuarto de hora y el Celta claudicaba con una facilidad preocupante ante un rival que solo necesitó dos irrupciones de Griezmann y de Morata para llevarse los tres puntos y devolver a los de Escribá a la situación de incertidumbre sobre su inmediato futuro. Hoy sabrá si recibirá o no en puestos de descenso al Girona. Ayer, Oblak fue una pared excesiva en su escalada hacia la permanencia, para la que depende de Iago Aspas.