10 de marzo de 2019
10.03.2019
El oficio de portero

La memoria de la especie

10.03.2019 | 14:01
El legendario portero ruso Lev Yashin.

Antes de entrar en los conocimientos de la clase de hoy, tengo que recurrir a las viejas y descoloridas fotografías del pasado, de color ya sepia. A ese mundo en el que un profesional de la fotografía sabe, con certeza, cuál fue y por qué la vida del que sale o salen en las viejas fotos. Esto aún lo comprobé muy recientemente con un periodista y buen amigo mío, que me pidió hacer un reportaje sobre mi vida, cuando era joven. El reportaje que hizo fue muy bonito, en el que desplegó buena parte de mis descoloridas y viejas fotografías de niño. En una estaba mi madre con mi hermana pequeña en el regazo, acompañada, ambas, por uno de mis hermanos, dos años mayor, y por mí. Los dos de pie. A los pocos días del reportaje, en un apunte de un nuevo trabajo periodístico, hace constar que, a través de esa simple y vieja fotografía, podía ver, saber y narrar todo de mi familia, simplemente mirando a los bellísimos ojos de azabache de mi madre. Lo que luego demostró el bueno de Fernando Franco.

Les recuerdo esto porque yo también sé y presumo de ser capaz, por las viejas fotografías que aún tengo de todos ellos, de conocer a cada uno de los porteros sin haberlos visto jugar nunca y que nacieron mucho antes que yo. Esto lo hace el conocimiento que uno pueda tener de lo que tiene que ser un portero de fútbol, en todas sus facetas y lances. Es lo que se puede decir "la memoria de la especie". Por eso puedo catalogar, sin equivocarme, quién fue y por qué el mejor, si nos sacamos de encima la falsa hipocresía en la que nos envolvemos cuando hablamos a favor o en contra de uno de los compañeros que jugaba en el equipo, en nuestro mismo puesto.

Lo que también pude comprobar en la comida del día en que cumplí mis 85 años, en la que disfruté, como hacía mucho tiempo que no lo hacía, en compañía de mis más que amigos y compañeros, "familiares" que, sin darnos cuenta, la vida nos otorga y nos hace querer y sentir como tales. Que además, no nos son impuestos socialmente, sino que los elegimos nosotros. Pues en esa inolvidable comida "familiar", de tan grato recuerdo para mi, en la que, lógicamente solo hablamos de lo que verdaderamente sabemos, de fútbol, olvidándonos de votos y acciones, salió a relucir, como no podía ser de otra manera, la valía de los porteros.

Fue entonces cuando el exdirectivo del Deportivo que nos acompañaba hizo una sobrevaloración de la calidad de Juanito Acuña como portero, pues para él había sido el más grande, como para mí el ídolo a imitar, que me pareció estaba dentro de un juicio más apasionado que sensato. Fue entonces cuando eché mano de mis viejos recuerdos del gran guardameta coruñés, y mostrándoselos, le hice ver lo que aún estaba plasmado en ellas, a pesar de que algunas eran del año 1928. Allí estaba un paternal Ricardo Zamora, de vuelta ya de sus diez años defendiendo la portería del equipo nacional español, con un novel Juanito Acuña, que pretendía, también, ser el mejor portero, y cuyas poses así nos lo decían.

Luego le enseñé otras como una en la que el magnífico portero bloca, con fuerza, una pelota con los tacos por delante del delantero que le acosa. Por la que le hice ver: "Aquí el portero, tenga el nombre que tenga, nos muestra una relativa confianza en sí mismo y un dominio del área y de la jugada, solo impuesta por la fuerza y valentía de la que hace gala. Pero nunca por su saber estar, ya que era un portero que, como casi todos de aquella época, como los rebotes de los pies de los de ahora, su confianza estaba en el despeje de puño, como lo muestra esta otra vieja fotografía en la que, incluso con el brazo cambiado, quiere intentar el despeje de puño para alejar el peligro del marco, solo con su valentía y arrojo".

Luego le mostré las de otros guardametas, como la del espigado y tranquilo Martorell, del Español de Barcelona, que dominaba el área y la jugada sin esa fuerza y valentía de Acuña, colocando simplemente a los defensas. Aunque sí con el balón blocado fuertemente contra su pecho. Y ya entrando en mi época le mostré las del extraordinario portero francés, del Atlético Madrid y Español, Marcel Domingo, que daba plena confianza en la resolución de la jugada, con el balón entre manos, con la misma seguridad con la que juega a encestar un jugador de baloncesto.

Sí, amigo Rubén, permíteme llamarte así, pues no solo quiero que seas el mejor, para bien del Celta y de su afición, pero que lo seas de verdad, como deseas, en todas las facetas del juego. Para ello siempre debes de hacer un análisis ecuánime de tus actuaciones y despejar tus dudas con las personas que realmente saben de la materia, que son muy pocas y escasas, pero nunca las que presumen y no saben de ella. Para que tu análisis no se pierda en la vulgaridad de los porteros de hoy.

Antes de hacerte ver que los porteros no deben ¡de ninguna manera! jugar con las manoplias con las que juegan hoy, por mucho que digan los "ignorantes", que los hay y muchos, pretendo sacarte de la cabeza esa "torpe" enseñanza que, inculcan los "bienvenidos" del fútbol, para provecho propio, y dicen, sin saber lo que dicen, que el portero debe jugar adelantado como antiguamente hacia un líbero. Porque, como verás, es una gran mentira de esos recién llegados. Ya que antiguamente los porteros nunca jugaron de líbero, ni siquiera adelantados de los marcos de la portería. Porque el portero líbero nace con el ruso Yashin, que es de mi época.

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