24 de febrero de 2019
24.02.2019

El decálogo de un buen guardameta

24.02.2019 | 18:19
Eusebio, en un partido con el Benfica.

Siguiendo con lo que es el decálogo del portero, no puedo dejar atrás la postura dominante que debe adoptar un buen portero para el control del balón y no que el balón domine al guardameta. Esta deberá ser de forma casi erigida, en toda la amplitud de altura del guardarredes, ligeramente hacia adelante, en actitud dominante del cuero y de la jugada. Buscando el preciso momento para desbaratar el lance, y no encogido o con el cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás, lo que permite abrir más los huecos, tanto por los laterales como por arriba, dando la sensación de estar vencido e incapacitado para actuar con la presteza requerida. Así como la sensación de ser batido con facilidad, por su actitud descontrolada en la jugada.

Durante mi entrevista con el joven Rubén Blanco se lo hice ver, en un lance que tuvo contra el Athetic de Bilbao a un remate de cabeza de los bilbaínos, que Rubén desvió a córner en una descontrolada acción de la jugada. Pues aunque resultó espectacular para el público e incluso para el jugador del Athletic que hizo el remate, no podía ser de otra forma, el caso es que con el innecesario e espectacular despeje del portero a córner, el peligro seguía estando latente al tener que ejecutarse de nuevo el córner. Le hice ver que con ello había hecho una "triquiñuela" para hacerse con el público y la opinión de la prensa, pero que no había dado ninguna confianza de seguridad a sus compañeros de equipo, ni a los contrarios. Pues los unos comentarían "la encontró", los otros "tuvo suerte" y los más: "Estuvo sensacional, evitó un gol cantado".

Yo le hice ver lo que de verdad había hecho y conseguido con su "cantado" despeje". Primero que estaba en posición irregular, inclinado ligeramente hacia atrás, con lo que ampliaba el espacio del gol, luego que el remate del delantero fue un remate directo al rostro del guardameta, por lo que, si estuviese en posición correcta para dominar la situación, no tendría más que levantar los brazos, a la altura del rostro, y hacerse con el balón. Con ello cortaba todo peligro y les daba a los compañeros una seguridad en la defensa de la portería que les haría luchar con más fe por el triunfo, al sentirse respaldados por la seguridad que les había dado su guardameta. Mientras que los contrarios tendrían la impresión de tener la dificultad de batir a un magnífico portero. Ante mi análisis de la jugada, me quedé sorprendido por la respuesta del joven Rubén, que supo captar perfectamente lo que le pretendía aclarar: "Tampoco nadie ve lo que tú ves". Y tenía razón, pues nadie, aunque hubiera jugado de portero, se percataría de estos pequeños, pero grandes, detalles para ser un buen portero, a no ser que tuviera un maestro como yo tuve en Yayo, día tras día, año tras año, analizando partido por partido y jugada por jugada.

Y para dejarles más claro aún lo que le pretendía hacer comprender a Rubén, les voy a exponer un ejemplo de la verdad del mismo. Para ello nos debemos de trasladar a la temporada 1962-63, jugando el Trofeo Teresa Herrera con el Deportivo contra el Benfica de Eusebio y campeón de Europa, aquel año, al vencer al Real Madrid, al que le había endosado cinco goles. Recuerdo que habíamos jugado tan magníficamente que habíamos "arrollado", como se suele decir, al cuadro portugués. Por lo que yo intervine muy poco, sin hacer nada fuera de lo normal, para salir destacado como me destacaban por mi magnífica actuación, con la que le había dado confianza y seguridad al equipo, frente a los campeones de Europa. Y como las enseñanzas de Yayo me habían enseñado a llevar a cabo un análisis completo de todas mis actuaciones en cada partido, hice el de aquel encuentro y encontré la respuesta en una simple jugada de aquel encuentro.

El árbitro, francés nos había pitado, en contra, una falta bastante fuera del área grade, así como a unos 25 metros de la portería. Cuando estoy colocando a los defensas para contrarrestar el peligro, veo que uno de ellos, Dominguez, está formando barrera.

- ¡Pepe, ¿que fas?!-, le grito.

- ¡Te estoy haciendo la "barrera, ¿ o no la quieres?-, me contestó repreguntando como buen gallego, con cierta ironía, dado al peligro al que me enfrentaba, si no le hacía la barrera al terrorífico disparo del gran jugador, que además colocaba el balón donde quería.

-¡Claro que non a quero!. ¿Cómo me vai a marcar ese un jol desde aí?-, le contesté al mismo tiempo que ya colocaba a los defensas en su zona, vigilantes de sus contrarios.

Cuando el público se dio cuenta de que no quiero barrera, un extraño silencio se apoderó de todo el estadio. Aquel extraordinario jugador, salido de sus condiciones futbolísticas y no de las periodísticas, se disponía a lanzar uno de sus terribles disparos contra mi portería. Disparo que yo detuve con seguridad, tanta que el respetable me premió con una larga y sonora ovación. Al alargar su corta carrera, Eusebio se acerca a mí y yo, sin pretender para nada, pues el color del ser humano no me preocupa, salvo mitigar su pobreza o el hambre que pueda tener, por causa de cínicos e hipócritas que las provocan, le enseño el balón y para comerle la moral le digo: " E ti, nejro do carallo, crees que eu son Aranquitain que lle tiras desde Irlanda lle marcas gol".

Esto, querido Rubén, es la seguridad que tiene que dar y transmitir un buen portero. El resto son fábulas de advenedizos, atraídos por el dinero que se puede ganar en el fútbol.

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