La reiteración de agresiones y abusos machistas por parte de individuos o grupos de jóvenes (tristemente conocidos como "manadas") manifiesta un déficit de educación sentimental o emotiva a la vez que sexual. De hecho, no es en el colegio ni en casa donde muchos niños y adolescentes aprenden la mayor parte de lo que creen saber sobre el sexo, sino en la pantalla de su móvil u ordenador a través de vídeos en los que los personajes femeninos suelen aparecer como un mero objeto erótico. Sin capacidad de juicio suficiente para distinguir lo real de lo ficticio y lo válido de lo inaceptable, no pocos intentan luego llevar a cabo en la práctica las proezas visualizadas, en ocasiones sin respetar la voluntad, los sentimientos y los derechos de otras personas.

Una educación sentimental, complementaria de la sexual, debería enseñar a reconocer las emociones y deseos ajenos sin violentarlos; a cultivar la empatía, la inteligencia interpersonal y el diálogo, así como a aplicar la regla de oro moral también en las relaciones íntimas: no solo tratando al otro como uno mismo desea que le traten, sino, sobre todo, no tratándole como él o ella no desea ser tratado.

No debería resultar tan díficil que la sociedad y sus representantes políticos se pusieran de acuerdo, más allá de sus diferencias ideológicas, en este mínimo común denominador moral para promover una más adecuada educación de los afectos en familias y escuelas, y un mayor control de los contenidos audiovisuales a los que tienen acceso los menores.