20 de agosto de 2017
20.08.2017
cartas al director

Recuerdos

20.08.2017 | 02:58

Ayer, sin querer, me acordé de mi madre cuando me di cuenta tremendamente asustado de que acababa de rezar el segundo padrenuestro. El primero había sido justo al pasar por delante de otra casa. Lo que ella solía hacer cuando por allí pasaba. Y escuché, por encima de la alegre música clásica del coche, las mismas palabras que ella siempre decía y que todos teníamos más que memorizadas a fuerza de repetirnos, señalándonos la ventana del comedor en donde cosía aquella mañana rompiendo varias sábanas para hacer un vendaje a un "foucella" recién herido en un tiroteo en una aldea cercana en su huida. Triste suceso histórico al que tuve el honor de asistir en el cuerpo de mi madre gestante. Año de 1949.

Y sin darme cuenta, en un suspiro, me asusté sobremanera de que la estaba remedando, pues cuando pasaba por delante de la casa de alguna persona ya fallecida, se portara bien o mal con ella, siempre le rezaba algo, lo que era motivo de no distraerle ni perturbarle. Es más, si otra persona nos acompañaba y la importunaba casualmente en tal piadosa situación siempre contestábamos por ella.

Aquel nimio suceso me mantuvo inquieto durante unos días perturbándome durante el día y haciéndome dormir mal y a sobresaltos de noche. No dejaba de pensar que estaba cogiendo la deriva de los últimos años; esa que la edad infunde en el cuerpo y en la mente. Fue ayer, casi de golpe, cuando me detuve poco antes de las doce delante de una esquela que se pone por costumbre en algunas paredes de este pueblo. Aún bien no había acabado de leerla y todavía algo conmocionado, sintiendo lástima por tan sensible pérdida, cuando volví a darme cuenta de que le estaba rezando con verdadero sentimiento un padrenuestro, pero ahora en compañía de la voz de mi madre. Y de repente me sentí alegre y contento ya sin ninguna clase de miedos o asechanzas. Bendita la rama que al tronco imita, pensé, y la sonrisa no desapareció ya de mi mustio rostro. A quien si así se le quedó la cara fue al camarero, al preguntarme, todo extrañado por segunda vez, si lo que realmente quería era un gintonic bien cargado a las doce de la mañana en lugar de la habitual agua mineral con gas. Incrédulo. Que poca psicóloga es alguna gente. Y sobre todo en un camarero.

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