01 de octubre de 2009
01.10.2009

La locura de cada día

Julio M. Prado - Ourense

30.09.2009 | 22:30

Aunque esta ciudad que me cobija está bastante lejos del mar, salgo alegre cada día a recorrer sus playas y acantilados, sus faros, puertos y bahías. La ironía propia de las mareas a veces se vuelve ahogo momentáneo y otras emerge de las profundidades para invadir todos los espacios, arrastrando su caudal hasta una orilla de verbos y sonrisas, en el que las imágenes quedan flotando en las retinas delirantes de quien las contempla extasiado. Somos hijos del mar y primos de los ríos; en nuestro cuerpo llevamos una gota de cada océano y arrollo del mundo, por ello nos atraen todas las corrientes cristalinas, la placidez de la lluvia y la magia del cielo azul reflejado en todas las lagunas. En nuestro diario recorrido por Ourense, abrevamos en cada una de sus calles milenarias, plazas adoquinadas de leyenda y avenidas sembradas de claridad; nos salpicamos de rocío en la frescura de cada gris amanecer y buscamos refugio en la taza humeante del bar de turno, para guarecernos de la soledad y encontrar nuestro lugar en aquella esquina donde podemos lamer el tiempo y escapar a la intemperie. La vieja Auria nos regala su tiempo detenido en cada piedra de siglos, un inexplicable reloj de arena que no cesa, campanadas de historia retumbando en las horas del letargo, y el poeta enfrentado, no a la hoja en blanco, sino al inescrutable espejo de la palabra. Cualquiera puede volverse loco por una mujer, un libro, una profesión o una ciudad, pero si la locura le visita nada más despertarse, le sirve el desayuno, le hace la cama y le acompaña a comprar el periódico para ojear las mínimas ofertas de trabajo, entonces ya se vuelve parte integral de su diario acontecer. "Desempleo". Palabra compuesta que nos descompone el alma y destruye todas las metas imaginables. Palabra tantas veces pronunciada y muchas más ignorada deliberadamente. En esas cuatro sílabas aparece un país angustioso, víctima de muchísimas desviaciones de un gobierno desorientado en su aventura vial, sin señales visibles ni semáforos en rojo. Se habla de una herencia, de los desaguisados cometidos por un poder donde las ganancias iban a un sólo lado. Como hoy, como siempre. Un país que se debate entre el ruido y la búsqueda de una utopía remota; aunque todos sabemos que las utopías, por el hecho de serlo, son irrealizables. A todos nos gustaría regresar al paraíso de Adán y Eva, pero con papel higiénico, una nevera y el infaltable teléfono móvil. Casi todos quisiéramos retornar a aquella infancia donde éramos el centro del universo. Sin embargo, el almanaque no viaja en marcha atrás. Por allí andan algunos en plena batalla con los fantasmas del pasado y con los monstruos que la historia recrea para su beneplácito. Ya se sabe que las monsergas inútiles (¿algunas no lo son?) y el enredo de los discursos traen más confusión. Somos parte de esta Babel desde que se inventaron los idiomas y se repartieron ideologías. Pero se impone desde el espíritu, no desde la calle, un lugar para reflexionar, pensar en lo que somos y en aquello que podemos conseguir sin más demora. Pensar en lo que nos han convertido sin que calcularan las consecuencias. Porque muchos aún no han logrado disipar la soberbia y la prepotencia; pero ya sabemos quienes son y en qué mesa se sientan a comer. Si no hemos asimilado los dictados del tiempo, mucho menos podremos aprender del equilibrio. Allá abajo, donde los espectadores esperan la caída, hay alguien que corre por una malla de circo buscando la salida. No es fácil el país que soñamos. Pero casi imposible el que tratamos de arrancarnos con cuchillos, el que se abate en el barro de un odio inexplicable, de los amores que reclaman la hora y se pierden en su propio ahogo. Así, ni el equilibrio ni los sueños serán una posibilidad. Sólo la pesadilla de eso que llaman desempleo en una ciudad, un país, con heroico pasado, pero lastimoso presente y un oscuro futuro.

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