En algunas aldeas había un “Sabido”. Un hombre que presumía de saber mucho y tenía seguidores a los que discurseaba. Acudía raras veces a la taberna pero no faltaba nunca a misa. Cuando las aldeas casi se terminaban de vaciar lo primero que cerraba era la taberna e inmediatamente la Iglesia. Era el fin del film, me dijo uno que había estado en Brasil. Quedaron muchas veces los sabidos haciendo su vida y quizás leyendo el mismo libro de siempre.

Hace meses, en una aldea, un agricultor ya mayor se puso muy enfermo. En un coche de un vecino y El Sabido, como acompañante, lo llevaron al médico del centro de salud más cercano. El médico de guardia dijo al verlo que estaba en coma. El Sabido le preguntó entonces si era coma etílico, o renal, o cerebral o… muchos nombres más.

El médico estuvo a punto de decir algo “gordo” pero se contuvo, miró bien al enfermo y se di cuenta de que había hecho bien.

Y habló: “Mire señor, o coma era de morte”. El Sabido impasible solo dijo “pues se ha muerto sin saber que coma lo llevó a tan fatal desenlace”.

El médico llamó a la enfermera. “Maite, ocúpate de todo por favor”, firmó el certificado de defunción y se marchó.

Fuera de las aldeas, en ciudades y villas ilustradas, hay en este momento de dolor muchos sabidos que quizás quieren saber cuál es el coma con el que mata el coronavirus…

Llegó cuando parecía imposible que apareciera algo igual, los estados vivían en un mundo que veían inatacables por la enfermedad, se atendía a las dolencias cotidianas e interesaba a las grandes fortunas convertir la sanidad pública en privada. Querían muchos que también en la salud mandara y ganara el mercado. Y cuando llegó la gran plaga ningún gobierno del mundo sabía qué hacer. Eso es lo que no debe volver a pasar jamás pero, a mi entender, los partidarios del mercado están aprovechando el trágico momento para, con la connivencia de algunos gobiernos, hacer lo contrario y debilitando una buena sanidad pública. Ellos atesorarán más dinero y nosotros “vamos dados”.

Esta pandemia ha llevado para siempre a personas muy queridas, conocemos enormes sufrimientos, sentimos miedo, mucho miedo por nosotros y todos, pero casi todos, los días encontramos un “sabido” urbano, que no sabe nada ni de vacunas ni de genética ni de virus, pero niega la enfermedad insultando con su actitud a las familias de millones de muertos.

Otros nos sentimos indignados porque en esta situación siga privando el mercado de las multinacionales y sus patentes, su vocación de ganar dinero por encima de la vida dejando a quien no pueda pagarlo fuera de las vacunas. De los países pobres con este mercadeo pueden salir nuevas variantes de virus que hundan a los opulentos. Ojalá en esta ocasión, como se apunta tímidamente, la variante ómicron sea el final. Pero no va a ser así siempre.

Por lo que hacen falta muchos más estudios sobre lo que puede venir, tener una sanidad pública por encima de intereses comerciales y saber desde el principio claramente las normas que se deben imponer. Los gobiernos de todos los países no pueden estar dando palos de ciego como ha pasado y quizás sigue pasando ahora.

Hay que estudiar más que el Sabido de nuestras aldeas.