Sociedad vilagarciana
Susiño, el guardián a quien San Roque confía su casa
Cada mañana, cuando el eco de la Festa da Auga ya se ha apagado, Susiño abre la capilla de San Roque. A sus 70 años, cuida en silencio el santuario y también el de Santa Eulalia, prolongando una devoción familiar que Vilagarcía sabe reconocer. El dueño de las llaves de San Roque

Diego Doval
La marea humana se había retirado. Horas antes, miles de personas rodearon la capilla de San Roque, siguieron al santo por Vilagarcía e hicieron del santuario el corazón de la fiesta. Cuando la ciudad recuperaba el aliento tras el agua y los cánticos, Juan Jesús Reguera Lores, Susiño para todos, seguía allí. Recogía los enseres, limpiaba el retablo y devolvía cada cosa a su sitio. La fiesta había terminado; su trabajo no termina nunca.
Asumió por completo el cuidado de la capilla en 2017, tras el fallecimiento de la señora Toñita. Murió un 15 de agosto, día de San Roquiño, como si su despedida hubiese quedado unida al calendario sentimental del barrio. Cuando las fuerzas comenzaron a faltarle, ya había pedido ayuda a Suso. Él recogió aquel testigo sin ceremonia. La responsabilidad solo era nueva en apariencia: para entonces acumulaba una vida entrando y saliendo de los templos vilagarcianos.
Su historia empezó a los nueve años. «A esa edad empecé como monaguillo», recuerda. El atrio de Santa Eulalia fue escenario de su infancia. Allí pasaba horas al cuidado de la señora Lola, esposa de su primo José Lucio, cuando su madre tenía que trabajar. Entre misas y campanas aprendió que una iglesia también se sostiene con tareas pequeñas e invisibles: preparar, ordenar, encender, esperar. Gestos de niño que acabaron trazando el camino de una vida.
La vocación venía escrita en su familia. «Mi bisabuela ya era sacristana y mi primo José Lucio también lo fue», explica. Por eso nunca dudó en atender la iglesia cuando los sacerdotes no estaban. En su memoria permanecen don Satiro y don José, unidos a una estampa de infancia: «A los dos les encantaban las motos y tenían dos motos enormes».
Fue monaguillo hasta los quince años. Después llegaron la antigua Megasa, donde trabajó 38 años, y las obligaciones de la vida adulta. La fábrica marcó su juventud, pero no cortó su vínculo con la vida eclesiástica ni lo alejó de San Roque, su barrio de siempre. Casa, fábrica, Santa Eulalia y capilla: distancias cortas para una entrega inmensa.
Una llamada desde la parroquial volvió a situarlo en primera línea. Buscaban entonces repartidores para el periódico Ondas de Arosa y Susiño respondió como tantas veces: estando disponible. Aquel encargo lo acercó de nuevo a responsabilidades que nunca le fueron ajenas. Desde entonces hizo del cuidado de los templos una presencia permanente. En San Roque, el 24/7 es su forma de entender el compromiso.
«Todos los días a las nueve de la mañana abro la capilla, recojo, limpio y pongo la bandeja para los velones, porque todos los días hay velones», relata. La rutina revela una certeza oculta tras la Festa da Auga: la fe no se limita al 15 y al 16 de agosto. Todo el año llegan vecinos que se detienen ante la reja, dejan una vela, una estampa, unas monedas o unos minutos de silencio. Susiño hace posible ese encuentro con el santo.
La experiencia le ha obligado a proteger esa confianza. «Nos robaron muchas veces y tuve que echar la bandeja más para atrás», lamenta. Ahora los velones quedan en la puerta y él los coloca dentro, lejos de la reja y de cualquier mano ajena. Ni esos episodios quiebran su constancia: protege las ofrendas y vuelve a abrir al día siguiente.
En la pequeña iglesia nunca falta algo por hacer. «Las paredes necesitan ser recebadas y pintadas porque la humedad obliga», advierte mientras golpea el revestimiento y escucha. Conoce tan bien la capilla que el sonido le basta para detectar una debilidad. No habla desde la queja, sino desde la preocupación de quien siente el santuario como propio y sabe que conservar el patrimonio exige actuar antes de que el deterioro gane terreno.
Su vigilancia se vuelve más minuciosa ante el retablo. No olvida que hubo que restaurarlo por completo cuando estaba apolillado. Ahora limpia con delicadeza, observa cada cambio y procura que perdure, incluso después de recibir a una multitud. En cada gesto hay un agradecimiento callado a quienes cuidaron la capilla antes que él.
San Roque no es su única responsabilidad. Minutos después puede ir a Santa Eulalia para abrir y acondicionar un funeral. A su lado están su hermana Rita y el marido de esta, Enrique, que lo ayudan en las jornadas de mayor actividad. Su colaboración resulta esencial a mediados de agosto, cuando los preparativos empiezan días antes. Todo debe quedar dispuesto para que San Roque encuentre su casa floreciente a su llegada acompañado de miles de personas y comparta unas horas con San Roquiño antes de regresar a su morada.
Susiño conoce la iglesia vacía y la plaza abarrotada. «Me emociona ver a tanta gente honrar a San Roque con la Festa da Auga, pero me parece mucho más de verdad la misa de San Roquiño. Eso es devoción de verdad, igual que las personas que salen en procesión por la tarde con San Roque, pero cada año es más difícil ver a mucha gente esa tarde», confiesa. No cuestiona la alegría; pide que detrás del agua permanezca el sentido de la celebración.
A sus 70 años, agradece a quienes reconocen su trabajo en San Roque y Santa Eulalia. Ese cariño es su única recompensa y admite que le agrada, aunque reste importancia a lo que hace. No busca focos ni espera homenajes. Su premio cabe en un saludo o en la tranquilidad de cerrar una puerta sabiendo que todo está en orden para abrirla a la mañana siguiente.
Hablar del relevo no entra en sus planes. Pensarlo sería aceptar que no parece fácil encontrar un Suso 2.0 en un tiempo en el que la fe escasea cuando la fiesta no acompaña. Por eso merece ser mirado ahora, mientras recorre las iglesias de su infancia. Cuando se seca la última camiseta de la Festa da Auga y la multitud desaparece, San Roque no se queda solo. A las nueve, Susiño vuelve a girar la llave. Con ese gesto mantiene abierta mucho más que una capilla: mantiene viva una memoria de Vilagarcía. Una memoria que pertenece a todos.
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