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Fiestas de San Roque | Más de 35.000 personas empapan la ciudad de celebración

Vilagarcía se moja hasta el alma en una sublime Festa da Auga

El gaiteiro Cristian Silva fue el pregonero de una cita en la que tradición, orgullo y sentimiento demostraron por qué el 16 de agosto es más que una fiesta para la ciudad

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Vilagarcía

Después de la noche más larga, Vilagarcía vivió la mañana más húmeda. La Festa da Auga volvió a convertir la ciudad en un océano de personas, agua, música y sentimiento en una edición que congregó a 35.000 personas, según cifras oficiales, y que dejó la sensación de haber desbordado todos los registros. Gente en cada esquina, balcones convertidos en surtidores y una certeza compartida: el 16 de agosto no es un día cualquiera en Vilagarcía.

La historia comenzó hace más de cuatro décadas con un gesto espontáneo. Unos cuantos pidieron agua para combatir el calor después de acompañar a San Roque y alguien respondió lanzando un cubo. Aquel juego improvisado terminó convirtiéndose en una de las fiestas más reconocibles de Galicia y este domingo celebró los veinte años desde su declaración como Fiesta de Interés Turístico Nacional. Pero por mucha agua que caiga, todo sigue empezando en el mismo sitio: en San Roque.

Porque antes del agua está el Santo. Antes de los cubos, las mangueras, las pistolas y la música hay silencio, respeto y una emoción difícil de explicar a quien nunca haya vivido un 16 de agosto desde dentro. La noche anterior puede alargarse hasta confundir la madrugada con el amanecer. Para muchos la fiesta es un «non stop» de casi 24 horas. Pero cuando se acerca la hora de sacar la imagen de la iglesia parroquial todo cambia.

Así disfrutan miles de personas la noche y la madrugada previas de la Fiesta del Agua

Manuel Méndez

Los minutos previos tienen algo de ceremonia íntima en medio de una multitud. Se aprietan los cuerpos, se levantan móviles y se busca cualquier resquicio desde el que mirar. Y, de repente, suena «Triunfo». El pasodoble se convierte entonces en la banda sonora de una explosión emocional. El Santo se eleva sobre los hombros de sus porteadores y Vilagarcía estalla en voces, palmas, bailes y lágrimas. Son apenas unos metros, pero allí la distancia deja de importar. Todo ocurre en ese instante.

Por primera vez, un cordón de seguridad privada acompañó el recorrido para facilitar el paso de la imagen entre una concentración de público que parecía no tener fin. San Roque avanzó entre una lluvia de confeti, atrapado visualmente entre fachadas y cabezas, como si navegase por un mar humano. Miles de personas aguardaban el momento del agua y, sin embargo, la guardaban. Nadie rompe la regla no escrita. Hasta que el Santo no entra en la capilla, se respeta su camino.

La llegada volvió a ser uno de esos momentos que explican por sí solos por qué esta celebración trasciende cualquier programa festivo. Los más fieles se acercaron cuanto pudieron a la puerta y, a escasos metros, el himno de Galicia sonó con una fuerza solemne. La imagen se alzó sobre los hombros de los porteadores mientras alrededor se mezclaban aplausos, emoción y orgullo. Después, San Roque cruzó la puerta de la pequeña capilla. Y entonces sí. Terminó el rito y comenzó el delirio.

Cristian Silva fue el pregonero de esta edición.

Cristian Silva fue el pregonero de esta edición. / Noe Parga

El encargado de prender la mecha fue el gaiteiro carrilexo Cristian Silva, pregonero de la Festa da Auga. Gaita en mano, reivindicó el origen de la celebración y tuvo palabras para la Peña Os Gloriosos, aquellos con los que empezó todo. Tampoco faltaron guiños a Carril y a ese orgullo local que Silva lleva por bandera. Incluso se atrevió a entonar con la multitud un clásico de la cultura carrilexa antes de que llegase el instante que todos esperaban.

Desde el camión grúa, Silva compartió protagonismo con Ramón Caldas, funcionario municipal próximo a jubilarse después de 44 años de servicio al Concello de Vilagarcía. Para uno era la primera vez allí arriba; para el otro, la última. Cuando el agua cayó sobre la multitud se cerró una cuenta atrás y se abrió el desorden más perfectamente organizado del calendario vilagarciano.

A partir de ahí, Vilagarcía dejó de caminar y empezó a chapotear. Cubos, mangueras, pistolas de agua, barreños y cualquier recipiente capaz de empapar al de al lado entraron en acción. La marea humana era tal que avanzar desde San Roque hacia el centro se convirtió en una misión lenta, complicada y extraordinariamente divertida. Cada metro tenía su propio baño. Cada balcón podía esconder una descarga. «¡Agua!», se pedía desde abajo. Y desde arriba casi siempre llegaba respuesta.

A Baldosa, Méndez Núñez, Clara Campoamor y la Praza de Galicia fueron epicentros de un desparrame que alcanzó también O Castro, la Alameda o Ravella. La zona húmeda hizo honor a su nombre. Familias enteras, grupos uniformados y visitantes comprendieron pronto que allí no existe la condición de espectador: en la Festa da Auga todos acaban formando parte de la escena.

Las barras exteriores de los locales se convirtieron en puntos de peregrinación permanente. La música llegaba de todas partes: altavoces, plataformas, escenarios improvisados y establecimientos que ponían banda sonora a una ciudad que no necesitaba demasiados estímulos para bailar. Entre tanta escena apareció incluso el Freddie Mercury vilagarciano, capaz de marcarse sus «playback» alentado por miles de personas que celebraron su presencia como se celebra casi todo en San Roque: con ganas de sumarse.

La estación de tren y las salidas de Vilagarcía ofrecieron después la medida más evidente de la capacidad de atracción de la Festa da Auga. Grupos enteros caminaban todavía mojados hacia los andenes o buscaban el camino de regreso después de una jornada que, a la espera de los datos oficiales, dejó la percepción de haber sido la más multitudinaria que se recuerda.

La devoción por San Roque es el origen de todo.

La devoción por San Roque es el origen de todo. / Noe Parga

Pero reducirla a cifras sería quedarse en la superficie. La Festa da Auga es multitud, espectáculo, música, exceso y agua. Pero para Vilagarcía es mucho más. Es reencontrarse con amigos que solo aparecen cada agosto. Es ver crecer a los hijos dentro de una tradición que antes vivieron sus padres. Es recordar a quienes faltan. Es el primer beso de algunos, la resaca inolvidable de otros, la comida familiar después de la fiesta, las pandillas que se reconstruyen con los años y el regreso de quienes viven fuera.

Quizá solo alguien de Vilagarcía pueda entender por completo lo que ocurre cada 16 de agosto. Porque hay fiestas que se celebran y otras que forman parte de la biografía de una ciudad. San Roque pertenece a las segundas. En esas horas caben los excesos, los amores, las amistades, la familia, la memoria, los vínculos, el respeto y una forma muy concreta de sentirse de un lugar.

Después quedó el regreso, la ropa empapada, las calles limpiándose y esa sensación de haber vivido algo que no se repite exactamente igual nunca, aunque vuelva cada año. Porque la Festa da Auga puede crecer, atraer a más gente y llenar cada vez más calles. Pero su secreto sigue intacto desde aquel primer cubo: todo empieza y termina alrededor de San Roque.

Y como canta la ciudad cuando ya no necesita explicar nada más: «…como San Roque no hay ninguno».

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