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El eclipse del siglo

A Compostela transforma el eclipse en una ceremonia con miles de invitados

La profesora María Brea aportó la divulgación a una velada que contó con música y que algunos prolongaron para contemplar las Perseidas en una playa convertida en un gran anfiteatro

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Arousa

Mucho antes de que la Luna comenzase a interponerse entre el Sol y la Tierra, A Compostela ya se había convertido en un inmenso mirador. La playa, el pinar de A Concha, el parque y el paseo marítimo acogieron a miles de personas dispuestas a compartir un acontecimiento excepcional. Todo el frente litoral se transformó en un gran anfiteatro abierto al cielo.

Algunos permanecieron sobre las mismas toallas que habían ocupado durante la tarde, alargando la jornada de playa. Otros llegaron provistos de comida y bebida para asegurarse un sitio entre los árboles de A Concha, absolutamente abarrotados, o sobre el césped del parque de A Compostela. Hasta la balaustrada del paseo se convirtió en un banco corrido para una multitud que buscaba el mejor ángulo. Aquel fue el mirador más concurrido de O Salnés.

Las gafas especiales pasaban de mano en mano y las conversaciones fueron apagándose a medida que avanzaba el eclipse. En ese escenario, la astrónoma María Brea Mato, profesora de Matemáticas y colaboradora del Observatorio Astronómico Ramón María Aller de la USC, puso palabras y explicación científica a lo que ocurría sobre las cabezas de todos. El Concello reunió divulgación, música y seguridad en un espacio amplio y accesible, capaz de absorber una afluencia extraordinaria.

Hubo, además, una imagen tan llamativa como el propio gentío. Durante los instantes centrales apenas circulaban coches por las calles próximas. La ciudad pareció detenerse, como si nadie quisiera que el eclipse lo sorprendiese pendiente del volante. El silencio del tráfico reforzó la sensación de estar asistiendo a una ceremonia colectiva.

A Compostela vivió el fenómeno como una celebración compartida. Hubo música, familias enteras, grupos de amigos y curiosos llegados con tiempo para no perder detalle. Cuando el Sol recuperó poco a poco su aspecto habitual, muchos continuaron en el lugar. Para algunos, la cita se prolongó con comida y conversación hasta bien entrada la noche, esa que sí regresa cada día, pero que esta vez traía otro espectáculo: las Perseidas. Del eclipse a las estrellas fugaces, la playa enlazó dos miradas al cielo en un día de dos noches destinado a permanecer en la memoria de Vilagarcía.

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