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El último verano del Carrito que endulzó Vilagarcía durante 60 años

Tras recoger el testigo de sus padres, José Ángel García convirtió el Carrito de la Plaza de Galicia en mucho más que un negocio durante los últimos 42 años. En octubre bajará la persiana y cerrará una historia familiar iniciada por su padre en 1966, sostenida después por su entrañable madre Angelita, junto a su hermano Manuel, y ligada para siempre a la memoria de Vilagarcía y de muchas generaciones

Ángel dejará atrás su vida laboral para disfrutar de un más que merecido descanso.

Ángel dejará atrás su vida laboral para disfrutar de un más que merecido descanso. / Pedro Mina

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Vilagarcía

Algún día del próximo mes de octubre, José Ángel García Blanco bajará la persiana del Carrito de la Plaza de Galicia y permanecerá unos segundos frente a ella. Quizás suene todavía la música que acostumbra a poner y mire hacia una plaza casi vacía antes de marcharse. No será un cierre más. Al otro lado quedarán 42 años de trabajo, miles de conversaciones y buena parte de una vida ligada a uno de los rincones más reconocibles y entrañables de Vilagarcía.

Será el final de una historia profesional y familiar que alcanza los 60 años. El Carrito vive su último verano con Ángel tras un mostrador desde el que ha vendido dulces, puesto música y escuchado a muchas generaciones. Su jubilación cerrará una etapa iniciada por su padre en 1966 y dejará en el aire la continuidad de un negocio integrado en la memoria sentimental de la ciudad.

«No paro de pensar cómo será el último día», admite. Sabe que entonces acudirán los recuerdos sin respetar ningún orden: su padre, su entrañable madre Angelita, las primeras garrapiñadas, el desaparecido cine Cervantes, los inviernos bajo la lluvia y los niños que regresaron convertidos en padres.

La historia comenzó en 1966. Una enfermedad pulmonar obligó a su padre, Eladio García Ortigueira, a abandonar los trabajos que exigían un gran esfuerzo físico. Los médicos le aconsejaron buscar otra ocupación y la necesidad lo llevó a un oficio desconocido. Montó un pequeño carro y comenzó a elaborar garrapiñadas, cacahuetes, pirulís y manzanas de caramelo.

Aprendió probando, equivocándose y volviendo a intentarlo. Por las mañanas vendía en el entorno de la plaza de abastos y por las tardes se instalaba frente al cine Cervantes. Allí permaneció hasta 1977, cuando el incendio que destruyó la sala provocó el traslado del negocio a la Plaza de Galicia. Aquel cambio unió para siempre el apellido García a ese lugar.

Eladio falleció cuatro años después. Su esposa, Ángela Blanco López, Angelita para todos, mantuvo el negocio en pie con la ayuda de su hijo Manuel. Ángel se encontraba entonces cumpliendo el servicio militar. A su regreso en 1984, decidió ponerse al frente del Carrito junto a su mujer, María Luisa. Su hermano había encontrado trabajo y su madre acumulaba demasiado cansancio. «Dijimos que íbamos a probar», recuerda. Aquella prueba ha durado 42 años.

Ángel ha hecho de la música otra característica de su establecimiento.

Ángel ha hecho de la música otra característica de su establecimiento. / Pedro Mina

El camino de Ángel parecía destinado a transcurrir entre partituras y conciertos. Comenzó en la música con solo 13 años, después de formar parte de una banda municipal de cornetas y tambores. Primero tocó la trompeta, aunque pronto se pasó al teclado y se formó a las órdenes del maestro Alfonso Galbán.

Durante una de aquellas sesiones lo escuchó el responsable de la Orquesta Novedades y le propuso incorporarse. Ángel apenas era un adolescente. Después llegarían otras orquestas, escenarios, viajes y largas noches de actuaciones en un mundo apasionante, pero con muchas incógnitas a la vez.

La responsabilidad familiar terminó pesando más. Después del servicio militar dejó las orquestas, se colocó detrás del mostrador y asumió una tarea que parecía provisional. Nunca volvió a abandonar el Carrito. La música, sin embargo, tampoco lo abandonó a él.

Continúa acompañándolo cada día. Ángel la pone de fondo para dar vida a la Plaza de Galicia, especialmente durante las noches en las que desaparecen los peatones y únicamente queda su establecimiento iluminado. Su gusto sorprende a clientes y aficionados; algunos incluso le han regalado memorias llenas de música barroca y le ha llevado a compartir pasión con vilagarcianos y visitantes de muchas partes del mundo.

Porque el Carrito nunca fue solamente un lugar en el que comprar golosinas, bebidas o palomitas. Es también un punto de referencia, una pequeña oficina de información y, en muchos momentos, una especie de confesionario abierto en medio de la ciudad. Allí todo el mundo conoce a Ángel y Ángel conoce a media Vilagarcía.

Da igual que llueva, haga frío o el calor se vuelva sofocante. Siempre está allí, dispuesto a vender, escuchar o ayudar. Unos le preguntan por una calle; otros, por un comercio. También llegan mayores desorientados ante trámites por internet o vecinos que necesitan resolver algún papeleo.

«Esto es como las antiguas peluquerías, a las que la gente iba casi más a hablar que a cortarse el pelo», explica. Alrededor de su mostrador se ha hablado de política, deporte, música, problemas familiares y de la transformación de Vilagarcía. Ángel escucha y aprende de quienes se detienen a charlar.

Por delante han pasado trabajadores, estudiantes, jubilados y niños que gastaban sus primeras monedas en una golosina. Muchos regresan ahora con sus hijos. El producto ha cambiado, pero Ángel continúa en el mismo lugar.

El negocio también se transformó. En sus comienzos, buena parte de la producción era artesanal. Se elaboraban garrapiñadas, palomitas, pirulís y manzanas de caramelo o se vendían aquellos famosos chicles Cheiw. Hoy casi todo es industrial y han aparecido productos que antes no existían. Ángel, sin embargo, se ha negado a vender bebidas energéticas a los menores. El negocio nunca estuvo por encima de sus convicciones.

Su negocio se ha convertido en parte de la historia de Vilagarcía de los últimos 60 años.

Su negocio se ha convertido en parte de la historia de Vilagarcía de los últimos 60 años. / Pedro Mina

Ahora llega una jubilación que desea y, al mismo tiempo, teme. La incapacidad de su mujer, María Luisa, y el escaso tiempo que durante tantos años pudo compartir con ella y con su hija, Fátima, le recuerdan que ha llegado el momento de recuperar la vida familiar aplazada detrás del mostrador. «Todo tiene un principio y un final. Esperemos que sea para bien», afirma.

Le preocupa el futuro del Carrito. Ha habido interesados, pero nadie dio todavía el paso definitivo. A Ángel le gustaría que continuase, porque sabe que su desaparición dejaría un vacío que no se mide únicamente en ventas. Sería como retirar una pieza del mobiliario emocional de Vilagarcía.

«Voy a echar mucho de menos el trato con la gente y las conversaciones», confiesa. Antes de marcharse quiere dar las gracias a quienes ayudaron a sostener el negocio: a su padre Eladio, que lo puso en marcha; a Angelita, su entrañable madre, que evitó que desapareciese; a su hermano Manuel, a su mujer, a su hija y a los clientes que terminaron siendo amigos.

En esa despedida habrá un lugar para quienes ya no están. Ángel los lleva consigo, desde la discreción, en esa parte de la vida que no necesita palabras. También ellos regresarán cuando llegue el último día.

Cuando baje la persiana en octubre, Ángel habrá cerrado la historia que su padre no pudo terminar. Lo hará con pena, pero también con la tranquilidad de haber mantenido vivo durante cuatro décadas un negocio familiar. Después se apagará la música y la Plaza de Galicia parecerá, al menos durante un instante, un poco más silenciosa y, sobre todo, bastante menos dulce.

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