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XXXI Festa da Ameixa

Memoria viva de la gran celebración de Carril

Juan Vidal Longa recuerda cómo un reducido grupo de promotores puso en marcha el mayor evento carrilexo en 1992 sin disponer siquiera de ollas para cocinar

Juan Vidal Longa «Lemina» delante del puerto de Carril que tan bien conoce.

Juan Vidal Longa «Lemina» delante del puerto de Carril que tan bien conoce. / Pedro Mina

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Vilagarcía

Cuando Juan Vidal Longa, «Lemiña» para cuantos lo conocen en Carril, retrocede hasta 1992, el origen de la Festa da Ameixa aparece marcado por la improvisación. Lo primero que recuerda es que no tenían ollas. Fue uno de los promotores de una celebración nacida de una reflexión en la cofradía: si Carril era tierra productora de almeja, también debía tener una fiesta capaz de promocionarla. «Empezamos a movernos, pero al principio no teníamos ni las tarteras», rememora.

Vidal habló con su hermano Ventura y con otros integrantes del cabildo. Recorrieron los restaurantes para pedir prestado el material con el que cocinar. La respuesta de la hostelería fue decisiva. «Íbamos muy agobiados. Los restaurantes nos salvaron», admite. Con aquellos medios y un grupo reducido de personas dispuestas a trabajar comenzó una aventura que superó las previsiones. La primera edición fue un éxito y permitió servir alrededor de mil kilos de almeja.

La precariedad inicial dio paso a una estructura más sólida. En la tercera edición compraron en Catoira veinte tarteras enormes, que aún conserva la fiesta. También recuerda la ayuda de Emilio Barreiro, concejal por aquel entonces y que «se volcó» con la iniciativa consiguiendo traer mesas a la Alameda de Carril de todos los lugares posibles. Los puestos rodeaban la lonja y, cuando quedaban visitantes sin sitio para comer, la organización instalaba más mesas presumiendo de hospitalidad, servicio y acogida.

Detrás de aquella imagen de Carril lleno había incontables horas de trabajo y una red vecinal que se activaba sin esperar recompensa. Juan Vidal cita a su hermano Ventura, Jesús Longa, Ramón Longa, Guillermo Berete, Moncho «Pelones» o Eulogio, además de Fernanda y Rosi, entre quienes empujaron la celebración. «Había una unión total. No existían tonterías ni politiqueos», subraya. Incluso llamaban a los productores para pedirles que donasen almeja que, sin reparo, accedían a ello.

Nadie cobraba un céntimo. Quienes se implicaban aportaban tiempo, material y cuanto tenían a mano. Lemiña continuó colaborando hasta que cambió la gestión, pero conserva la satisfacción de haber abierto una senda. «Dejamos el camino hecho a los que vinieron detrás», resume. Ver ahora la capacidad de convocatoria alcanzada es su recompensa: «Me llena de orgullo que venga tanta gente a Carril. La fama que ha conseguido es impresionante».

El parquista carrilexo ve en perspectiva la trayectoria desde la Festa da Ameixa desde sus inicios.

El parquista carrilexo ve en perspectiva la trayectoria desde la Festa da Ameixa desde sus inicios. / Pedro Mina

Para Juan Vidal, la fiesta siempre fue más que una jornada multitudinaria. Era, y continúa siendo, un escaparate para un producto y una forma de vida. A sus 78 años, lleva vinculado al mar desde los nueve. Era uno de los cuatro mayores de una familia de nueve hermanos y recuerda que entonces «no había nada», solo trabajo en condiciones muy duras. Entre sus recuerdos permanece el frío de O Polvorín, ese que parecía meterse en el cuerpo mientras faenaban.

Su trayectoria no transcurrió únicamente en tierra. A los 17 años comenzó a navegar en barcos que transportaban grano desde Argentina hacia Brest y Valencia. Permaneció embarcado hasta que se casó. Rondaba los 25 cuando decidió quedarse en Carril. Primero trabajó con el berberecho y, a finales de los años ochenta, inició la explotación del vivero que la familia mantiene en O Porrón. De los concesionarios de aquel momento, asegura, él es el único que queda.

El parque de cultivo es hoy una actividad familiar. En él trabaja su mujer, Manuela Muñiz, y también están ligados Bibiana, Eugenia y Juan Vidal. «Somos cuatro matrimonios viviendo del vivero», explica. Sus hijos se acercaron al mar por voluntad propia. Él, conocedor de su dureza, no deseaba ese camino para ellos, pero acabaron quedándose. Esa continuidad contrasta con un problema del sector: el escaso relevo generacional.

A esa inquietud se suma el delicado momento productivo. La almeja babosa, protagonista absoluta de los inicios de la fiesta, atraviesa dos años especialmente difíciles. «Babosa no hay; hay japónica», afirma. Las lluvias perjudicaron a los bancos y la japónica, sembrada en numerosos lugares, ganó presencia. Pero el público mantiene una preferencia clara: «La gente quiere la babosa. Cuando empezamos, todo era babosa». Sus palabras reflejan la transformación de la ría y el desafío de conservar el producto que dio identidad a la celebración.

Lemiña conoce las dificultades del presente, pero también cuánto puede lograrse cuando un pueblo se une en torno a su producto. Aquellos promotores que recorrían restaurantes pidiendo ollas no imaginaban el alcance de su iniciativa. Más de tres décadas después, cada visitante que llega a Carril prolonga la historia que comenzaron casi sin medios, sostenidos por la colaboración desinteresada y la certeza de que la almeja merecía una fiesta a la altura de su nombre.

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