Cultura popular
Meis pone la tradición labrega de rabiosa actualidad
La Feira Labrega de Mosteiro volvió a demostrar este sábado en Meis que la tradición conserva poder de convocatoria. Oficios antiguos, artesanía, juegos, música folk y una oferta gastronómica con los callos como reclamo convirtieron el Campo da Feira en una celebración de la cultura popular gallega

Un carpintero trabajando la madera artesanalmente. / Gustavo Santos
La Feira Labrega de Mosteiro recuperó este sábado en Meis algo más que una cita en el calendario. Recuperó una manera de mirar hacia la tradición, de reivindicar los oficios de siempre y de convertir el Campo da Feira en un espacio en el que lo artesanal, lo popular y lo gastronómico volvieron a ejercer como elementos gravitatorios de una jornada pensada para todos los públicos. La decimocuarta edición confirmó así la buena salud de un evento que regresó el pasado año tras un parón de cinco ejercicios por la pandemia y que vuelve a ocupar un lugar propio dentro de la programación estival del municipio.
El recinto de Mosteiro funcionó durante toda la jornada como un escaparate de la memoria rural gallega. Las muestras de artesanía y las exhibiciones de oficios antiguos fueron uno de los grandes atractivos de una programación que buscó poner en valor aquello que durante generaciones formó parte de la vida cotidiana en las aldeas. El trabajo manual, las técnicas heredadas y los materiales nobles encontraron su sitio en una feria que no mira al pasado solo con nostalgia, sino que lo presenta como una seña de identidad viva. Cada puesto, cada demostración y cada herramienta evocaban una forma de vida vinculada al esfuerzo, a la transmisión familiar y al aprovechamiento inteligente de los recursos del entorno.
Ese fue, precisamente, uno de los grandes valores de la jornada: la capacidad de convertir la tradición en experiencia. La Feira Labrega no se limitó a mostrar objetos o productos, sino que invitó a reconocer el proceso que hay detrás de ellos. La artesanía apareció como oficio, pero también como relato; como una forma de entender el tiempo, el trabajo y la relación con la tierra. Frente a la producción rápida y despersonalizada, la feria reivindicó la pieza hecha a mano, el saber acumulado y la belleza de lo sencillo. En ese contexto, el Campo da Feira recuperó su sentido más profundo: el de lugar de intercambio, encuentro y comunidad.

Los callos no podían faltar en Mosteiro. / Gustavo Santos
Esa defensa de la tradición estuvo presente también en los espacios de ocio. Los juegos populares acercaron a los más pequeños a formas de entretenimiento alejadas de las pantallas y vinculadas a la convivencia en la plaza, mientras que la ambientación del Campo da Feira reforzó la idea de una cita concebida como punto de encuentro vecinal y comarcal. La Feira Labrega volvió a ser una celebración de la cultura compartida: una jornada para pasear, conversar, probar y reconocer en los detalles una parte del patrimonio inmaterial de Meis. Familias, vecinos y visitantes encontraron en el recinto una propuesta con ritmo pausado, pensada para disfrutar sin prisas y para reconectar con una identidad colectiva que sigue teniendo capacidad de convocatoria.
La gastronomía ocupó un lugar destacado. Los puestos de comida sumaron sabor a una feria en la que los productos y las preparaciones tradicionales tuvieron protagonismo. Entre ellos, los callos formaron parte de la oferta culinaria y reforzaron el carácter popular de una cita que entiende la cocina como otra forma de memoria. El plato, asociado a las comidas colectivas y a las celebraciones de siempre, encajó en una programación en la que la mesa también sirvió para reivindicar el territorio, el producto y las recetas transmitidas de generación en generación.
La presencia de los callos ayudó además a subrayar el tono labrego de la feria. No fue un complemento menor, sino una pieza más dentro de ese universo de sabores reconocibles que forman parte de la cultura popular gallega. En eventos de estas características, la gastronomía cumple una función que va más allá de alimentar al visitante. Genera conversación, fija recuerdos y convierte la jornada en una experiencia compartida. La comida tradicional, servida en un contexto festivo y comunitario, contribuyó a reforzar esa imagen de feria recuperada, cercana y auténtica.

El pan de siempre también se transmite entre generaciones. / Gustavo Santos
La música tradicional y folk completó el ambiente de la jornada. Por el Campo da Feira pasaron el Grupo Folclórico O Trevo, la Banda de Música da Vertula, el Grupo de Gaitas A Roda Pequena de Paradela, el Grupo Folk Os Druídas, las Pandereteiras de Nogueira y las Cantareiras Madialeva. Gaitas, voces, percusión y repertorios populares acompañaron el tránsito de visitantes por un recinto en el que la cultura gallega sonó como hilo conductor. La música no actuó solo como fondo festivo, sino como otro elemento de afirmación cultural. Al igual que la artesanía o la gastronomía, sirvió para enlazar generaciones y para situar la tradición en el presente.
El cierre musical llegó a partir de las 21.30 horas con el concierto gratuito de Louband en el escenario principal. La formación nacida en Sarria en 2017 aportó un final festivo con versiones de piezas clásicas en gallego y castellano, pasadas por arreglos que mezclan ska, reggae, cumbia, pop y rock, con especial presencia de las voces y de la sección de viento. En su repertorio figuran adaptaciones de «O Tren», de Andrés do Barro, o «Quen puidera namorala», de Luís Emilio Batallán, además de tributos a Lamatumbá, Siniestro Total o Heredeiros da Crus.
La XIV Feira Labrega de Mosteiro dejó así una imagen de continuidad. Después de los años de ausencia, Meis volvió a demostrar que estos eventos tienen sentido cuando consiguen ser algo más que una programación cerrada. La feria funcionó como homenaje a las raíces y como herramienta para transmitirlas. En torno a la artesanía, los oficios, los juegos, la música y la gastronomía, Mosteiro volvió a reunir a distintas generaciones alrededor de una idea sencilla y poderosa: la tradición no se conserva guardándola, sino poniéndola de nuevo en la calle.
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