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Vilanova

El beso de despedida al paso de peatones de su vida

José Luis Maquieira Devesa besó el paso de peatones del colegio Xulio Camba tras 31 años ayudando a cruzar a sus alumnos. Fue su forma de dar las gracias a una profesión que hizo suya el día que ayudaba a cruza la calle por úlitma vez

«Maqui», como le conocen todos, ayer en Pontevedra.

«Maqui», como le conocen todos, ayer en Pontevedra. / Rafa Vázquez

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Vilanova

Hay despedidas que no necesitan palabras. A veces basta un gesto para contar una vida entera. José Luis Maquieira Devesa esperó a que cruzara el último niño del colegio Xulio Camba de Vilanova, miró aquel paso de peatones en el que había pasado más de 31 años de mañanas, lluvia, mochilas y sonrisas, hizo una flexión y besó el suelo.

Seguirá trabajando hasta el 31 de julio, pero aquel último día de curso cerró una parte esencial de su vida. «Hice una flexión porque era el último día que cruzaba a los niños», explica. Sus compañeros lo fotografiaron e incluso quedó grabado. Pero lo importante no estaba en la imagen, sino en todo lo que escondía: miles de escolares protegidos y una forma de entender el uniforme como cuidado.

Maquieira nació en Caldas de Reis, vivió 30 años en Vilagarcía y regresó a Caldas al casarse. Antes de ser policía trabajó en una frutería, fue celador en Montecelo, en el ambulatorio de San Roque y en la Casa del Mar de Vilagarcía, y también pasó por una empresa de electricidad. En 1993 y 1994 fue interino en Vilagarcía. El 15 de abril de 1995 llegó a Vilanova. Tenía 29 años.

«Siempre quise ser militar», recuerda. Pero en aquellos primeros años descubrió que su sitio estaba en la Policía Local. «En los dos años en Vilagarcía me gustó tanto mi profesión que entendí que era mi vocación». Desde entonces, el uniforme dejó de ser una ropa de trabajo. «La camiseta azul de la Policía Local se me metió dentro», dice.

En ese camino cita nombres que fueron raíz y guía. «Mis guías fueron mi maestro, Ramón Luis Martínez Torrado, y mis padres José Luis y María Teresa», subraya. Y junto a ellos, su mujer, Ana Margarita, y sus hijos, Judá y Uxía.

En Vilanova acumuló 20 años como oficial y tres como jefe accidental. También servicios duros y accidentes de tráfico que no se borran. Vio demasiado de cerca el dolor de la carretera. Por eso hizo de la prevención una causa personal. «Los de la carretera los podemos evitar», sostiene.

Momento en el que besó el paso de peatones que marcó gran parte de su vida.

Momento en el que besó el paso de peatones que marcó gran parte de su vida. / Cedida

De esa convicción nació la Generación 0,0, una iniciativa de educación vial que comenzó tras una visita al CEIP Sestelo de Baión junto a una compañera. «Se me metió la educación vial en la vena», resume. Durante dos décadas, unos 3.000 escolares de Vilanova recibieron sus clases.

«Los niños de la Generación 0,0 son como míos», afirma. Recuerda las placas que les entregaba, las fotos que preparaba en casa con la ayuda de su familia y escenas que todavía le emocionan. «Les dabas una placa y no se me olvida nunca. Venían a devolvérmela y les decía que era suya, y se echaban a llorar».

Las prácticas llegaron primero con karts cedidos por la DGT y después con karts a pedales gracias al apoyo del Concello y de patrocinadores. Maquieira reparte los méritos. «No soy el que tiene mérito. Yo puse la idea y lo llevamos adelante entre todos».

Para Maquieira, los niños son «esponjas» y también «policías de sus padres». Los imagina en el asiento de atrás recordando el cinturón, avisando de una imprudencia o corrigiendo una mala maniobra. En esa confianza infantil se apoya una de sus frases más sentidas: «Mis niños lo van a evitar».

El final llega antes de lo que él hubiese querido. Maquieira se jubila con 60 años. Le habría gustado quedarse dos más, pero el cuerpo también tiene memoria. El 20 de abril de 2024 sufrió un accidente con un árbol que estuvo a punto de costarle la vida. «Me partió el cráneo por dos sitios y también me dañó la espalda, el hombro y la rodilla», relata. Perdió audición.

Desde aquel accidente, la Generación 0,0 está parada. Él espera relevo, aunque de momento nadie aparece. Aun así, no se aparta del todo. «Yo estaré para colaborar siempre con eso», asegura. Como si jubilarse del uniforme no significara jubilarse de una manera de mirar a los niños.

Después del beso al paso de peatones, llegó otro momento que guardará para siempre. La conductora del autobús escolar le pidió que subiera. Dentro había una veintena de niños esperándolo para aplaudirle. «Fue una recompensa enorme», confiesa.

Ese aplauso fue la devolución de todo lo dado. De todas las mañanas. De todos los «espera», «ahora cruza», «cuidado», «ponte el casco», «mira antes de pasar». Fue el reconocimiento más puro, el de quienes quizá no conocen todavía el valor exacto de una trayectoria, pero sí saben distinguir a quien los cuidó.

En casa, su hijo Judá trabaja en una empresa de residuos orgánicos y su hija Uxía acabó en León con muy buenas notas. Este sábado se examinaba en Pontevedra para lograr una plaza como profesora de niños. Maquieira ya lo tiene decidido: «Si Uxía aprueba la plaza haré una plancha aquí también».

La primera ya pertenece a la memoria de Vilanova. Un policía local, de rodillas ante el suelo que pisó durante 31 años, besó mucho más que un paso de peatones. Besó su oficio, a sus niños, la vida que casi pierde y una camiseta azul que, aunque se jubile el 31 de julio, ya no se quitará nunca.

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