Entrevista | Pepe Cabido Experto en sexualidad
«La peor frase que se le puede decir a un niño es que sea un hombre de verdad»
Profesor de Filosofía en el IES Antón Fraguas de Santiago, participa este martes en el Salón García (18.00 horas) en charlas sobre deconstrucción de la masculinidad

Cabido defiende el feminismo en su esencia. / FdV
La conversación pendiente sobre sexualidad es la temática que argumenta el encuentro previsto hoy en el Salón García en el que participará Pepe Cabido.
—¿Qué mensaje principal le gustaría que se llevaran quienes asistan?
—La idea es muy simple. A todos nos enseñan a actuar y a comportarnos en base a una socialización diferenciada según el sexo. No es lo mismo el mandato de la masculinidad que el de la feminidad. A un hombre se le valoran determinadas conductas, mientras que a una mujer se la penaliza por lo mismo. También se nos educa para ser proveedores, para mantener a la familia, y si quien la sostiene es nuestra pareja parece que dejamos de ser el hombre que deberíamos ser. Esos estereotipos tienen consecuencias y hacen daño. Perdemos la importancia de los cuidados, de la empatía, del afecto entre hombres e incluso de una sexualidad sana. Deconstruir es comprender de dónde viene esa formación clásica y tóxica para avanzar hacia una masculinidad más cuidadora. Tenemos mucho que ganar. El feminismo libera también a los hombres porque se opone al patriarcado, no a los hombres.
—Cuando hablamos de deconstrucción de la masculinidad, ¿de qué estamos hablando exactamente?
—Hablamos de revisar un modelo que limita la expresividad emocional. Buena parte de las conductas disruptivas en los chicos tiene que ver con la falta de afecto masculino en casa. Hay padres que nunca dicen «te quiero» a sus hijos. Mostrar los sentimientos ayuda a uno mismo y a quienes le rodean. El prototipo equivocado de masculinidad nos impide expresar vulnerabilidad, ternura o miedo, y eso es un error que hay que corregir.
—¿Deconstruir la masculinidad significa dejar de ser hombre o repensar qué significa serlo?
—Ahí está el problema. Muchos chicos parten de la idea de que las mujeres tienen privilegios por culpa del feminismo. Como si el feminismo buscara culpabilizar a los hombres. Yo les reto a encontrar un libro feminista que diga eso. Lo que llevo a las charlas son datos y pensadoras feministas que hablan de amar a los hombres. También intento hacerles entrar en contradicción. Soy un hombre heterosexual, masculino en apariencia, pero como profesor quiero conectar con el alumno desde la empatía, como hacía mi madre, y no desde la violencia ni la imposición. El feminismo es una ética del cuidado. La pregunta es qué tipo de hombre quieres ser. Un hombre cuidador puede vivir mejor y relacionarse mejor.
—¿Qué mandatos tradicionales siguen pesando más: la dureza, el éxito, la competitividad, el silencio emocional o no mostrarse vulnerable?
—Todo eso es un hándicap. Yo hablo de ese vigilante social que controla la masculinidad: no puedes parecer una «nenaza», no puedes parecer homosexual, no puedes salirte del molde. Es como el ojo del Gran Hermano. Nadie debería controlar cómo quiere ser cada uno. Los niños distintos son muy sancionados por el grupo, pero si no aparecen masculinidades disidentes no podremos ser como queremos ser. La peor frase que se le puede decir a un niño es que sea un hombre de verdad. Hay que romper ese círculo de la masculinidad tóxica.
—En las aulas, ¿detecta cambios reales en la forma en que los adolescentes entienden las relaciones, los cuidados o la igualdad?
—Hay muchos avances. Muchos chicos reconocen que tienen padres cuidadores y que colaboran en casa. Eso existe. Pero también hay un retroceso por culpa de las redes sociales y de discursos que repiten sin haberlos pensado. Tienen interiorizada la idea de que las mujeres quieren ser superiores o que el feminismo ataca a los hombres. Los datos ayudan a desmontar ese problema de concepto.
—¿Cómo se trabaja con los jóvenes para que entiendan que la ternura, la empatía o los cuidados también forman parte de una masculinidad sana?
—Con talleres, encuestas y diálogo. Cuando comprenden que esa actitud también les sirve a ellos, empiezan a cambiar. Además, que estos talleres los imparta un hombre heterosexual tiene un valor añadido, porque les desmonta el sesgo. Que un hombre defienda el feminismo y la igualdad cala más en muchos chicos y les deja sin argumentos para reducirlo a una cuestión contra ellos.
—Usted habla de nuevos referentes masculinos. ¿Qué tipo de referentes necesitan hoy los chicos?
—Necesitan modelos distintos. En mis charlas pongo ejemplos como Borja Iglesias o Carles Francino, entre otros. Muchos chicos no saben cómo estar en este nuevo espacio porque no tienen referentes. Faltan modelos que ayuden a poner en positivo la masculinidad, pero feminizándola en el buen sentido: incorporando cuidados, empatía y afecto.
—Después de su paso por Vilagarcía, ¿qué reflexión le gustaría dejar entre jóvenes, familias y comunidad educativa?
—A las familias les diría que no tiene sentido cuestionar que se hable de feminismo o sexualidad cuando estamos ante la primera generación pornoeducada. Como docente hombre creo que debemos ejercer como modelos y enseñar otras formas de estar. También hay que conseguir que los llamados raros se sientan cómodos aunque no cumplan el estereotipo impuesto. Y a los padres les diría que tienen que ejercer como modelos positivos. Las administraciones públicas deben abordar pronto la educación afectivo-sexual. Hay programas que funcionan desde infantil y primaria, como Eskolae en Navarra, y convendría mirar hacia ahí. Hay que enseñar a los padres a decir «te quiero». Ese también es el camino del respeto.
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