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De México a España

Artista callejera por imperativo: «Me despidieron y no quiero ser una migrante irregular»

La soprano Dolores González paró peatones en Vilagarcía con su talento, pero detrás hay una lucha por convertir su visado de estudios en una residencia

Dolores Irene González: «Me despidieron, así que me puse a cantar en la calle»

Iñaki Abella

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Vilagarcía

Un músico de Vilagarcía llegó el martes a casa de su hija con una feliz advertencia: «Si bajas a la calle vete a la esquina de Zara, hay una chica que canta…». Era Dolores Irene González León, una joven mexicana que estudia en el Conservatorio de Vigo y cuyo nombre bautismal parecía una premonición, porque ya en la adolescencia recibió un golpe de esos que deberían estar reservados solo a la vida adulta. Pero también es una mujer que se expresa feliz y que canta como los ángeles, tanto que esta semana paró transeúntes, sentó posaderas en los bancos de la plaza de Galicia y recibió aplausos gracias a su talento.

Era su primera incursión como artista callejera y aunque lo disfrutó, desveló que no lo hacía por gusto, sino porque, de la noche a la mañana, el plan que había trazado para pasar de su visado de estudios a un permiso de residencia y trabajo en España se ha desmoronado.

El proceso de regularización extraordinario abierto por el gobierno español le daba una oportunidad, pero «justo después de pedirle a mis jefes que me ayudaran con los trámites para demostrar el arraigo, me despidieron, y aunque estoy yendo a entrevistas de trabajo mientras no encuentro nada tengo que seguir pagando las facturas, así que decidí enfrentar mi inseguridad y el hecho de que soy una persona vergonzosa y cantar en la calle», confiesa esta soprano que vive en Vigo desde hace algunos meses.

Cuenta que se conformaba con juntar las suficientes monedas para cubrir la pequeña inversión realizada en esta aventura: la compra de un altavoz y el billete de tren. Esperaba tan poco que incluso había ensayado cómo se retiraría humildemente en cuanto alguna autoridad o vecino mostrara el mínimo indicio de desalojo o molestia: «Me decía a mí misma: si no saco nada, por lo menos me sirve de entrenamiento para calmar los nervios y ganar confianza».

Precisamente, eligió la ciudad arousana para «evitar encontrarme con alguien conocido en esta primera vez» y después de hacer una pequeña investigación de urbes con trasiego diario. Al final, la experiencia le resultó tan gratificante que espera repetir: «Fue muy bonito y estoy muy agradecida, incluso noté la energía que me transmitía la gente».

La joven charla con una espectadora de su concierto callejero en Vilagarcía.

La joven charla con una espectadora de su concierto callejero en Vilagarcía. / Iñaki Abella

Pero recuerda que solo es un intento desesperado por evitar convertirse en una irregular, por encontrar una solución estable para cambiar su estatus migratorio transformando el visado de estudios que le abrió las puertas en 2024, después de titularse en la Escuela Superior Diocesana de Música Sagrada de Guadalajara, en la licenciatura de canto gregoriano, y en la escuela de la Universidad de Guadalajara como ejecutante en canto lírico.

Y es que, si perder el sustento siempre es un drama, en su caso encadena múltiples consecuencias: «Mi presión ahora mismo es que se me está terminado la estancia y quedaría de manera irregular, y no quiero. Necesito trabajar para poder llegar a solicitar el TIE -una identificación similar al DNI- y también porque no puedo hacer uso del dinero ahorrado, puedo poner en riesgo el propio visado ya que el gobierno español exige demostrar contar con los medios económicos suficientes, que es como demostrar por lo menos un año de salario mínimo en tu cuenta, además de que tienes que aprobar todas las asignaturas, contar con un seguro de enfermedad… Para que te renueven».

Asesinaron a su padre

Asegura que adora su pueblo en el estado de Jalisco, Mascota, y su país en general, pero no quiere volver: «México tiene cosas muy buenas, también la gente, pero también es muy inseguro. Me fui porque quería cambiar de vida, vivir una vida mejor».

Y lo dice visiblemente emocionada porque lo sufrió en sus propias carnes: «Cuando tenía 16 años asesinaron a mi padre durante un robo y esa fue una de las razones más grandes por las que quería venir a España. Me quedó como un trauma de vivir en alerta continuamente».

Pero «no quiero dar pena, solo trabajar», añade, accediendo a conceder una entrevista por si le ayudara en su búsqueda de empleo y porque la mexicana tiene la cualidad de la dulzura humana.

Ha llamado a algunas puertas y le han recomendado estudiar alguna formación profesional en la que te computa educación y horas de trabajo.

Un momento de su actuación.

Un momento de su actuación. / Iñaki Abella

«Todos al migrar sabemos que no va ser fácil, pero uno se hace resiliente y se da cuenta de quién es a pesar de quedarse sin muchas cosas», añade la artista que, cuando nadie mira, le llora a su madre al otro lado del teléfono.

Ella fue quien le animó a dar el paso y también a dedicarse al canto porque la suya fue una vocación más tardía de lo habitual: «No quería dedicarme a esto desde niña. Empecé a estudiar Derecho en honor a mi padre, que era abogado, pero estaba amargada y mi madre se dio cuenta. Me dijo que buscara algo que verdaderamente me gustara y pensé en el canto. Me gustaba, pero con lo tímida que soy nunca me lo había planteado, no cantaba ni el «Feliz Cumpleaños» ni «La Regadera».

Y así, durante años estuvo en coros, actuando en bodas, misas, quinceañeras, participando en audiciones… «Como es habitualmente la vida del artista, buscarse la vida», resume. Y ahí sigue Dolores a sus 30 años, buscándose la vida.

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