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Una fiesta secular en la ciudad

Vilagarcía honra a Santa Rita, la abogada de los imposibles, en una devoción que une fe, tradición y clausura

Santa Rita vuelve a convocar a Vilagarcía alrededor de una devoción que mezcla fe, memoria y sentimiento popular. Las monjas agustinas de Vista Alegre y un grupo de fieles colaboradores mantienen viva una celebración que cada 22 de mayo convierte el convento en epicentro espiritual de la ciudad.

Vilagarcía honra a Santa Rita, la abogada de los imposibles

Iñaki Abella / Eli Regueira

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Vilagarcía

La fiesta de Santa Rita no se entiende en Vilagarcía solo como una fecha del calendario religioso. Es una de esas celebraciones que forman parte de la identidad sentimental de la ciudad, un punto de encuentro entre la fe íntima de quienes acuden a pedir, agradecer o recordar, y la dimensión colectiva de una romería urbana que cada 22 de mayo desborda el entorno del convento de Vista Alegre. Allí, en la iglesia de las monjas agustinas de clausura, la abogada de los imposibles conserva una devoción que atraviesa generaciones.

La madre priora, María Jesús Zárate, vive estos días con la intensidad de quien sabe que la festividad exige entrega, organización y mucha oración. Pero también con la alegría de sentirse acompañada por un pueblo que mantiene vivo un vínculo secular con Santa Rita. «Es una fiesta muy grande. Las hermanas trajeron la primera imagen de Santa Rita a Vilagarcía en 1652. Una imagen que tenemos junto al Nazareno. Después tenemos una talla más grande junto al altar y una tercera que es la que sacamos en procesión», explica.

La congregación agustina custodia así una tradición de enorme arraigo. Las misas de la novena, a las 11.00 y a las 20.00 horas, llenan de actividad los días previos al 22 de mayo, jornada grande de la celebración, en la que las puertas se abren prácticamente desde la madrugada. Santa Rita, invocada como abogada de los imposibles, genera un fervor especial en quienes llegan a Vista Alegre con peticiones, promesas o agradecimientos. Para muchas personas, su imagen representa consuelo en los momentos difíciles.

«Es una fiesta que le tenemos mucho cariño. Es una santa de la orden agustiniana. Somos una familia a la que también pertenece el Papa León XIV», señala María Jesús Zárate. Actualmente son diez las hermanas que conviven en el convento de Vista Alegre. Todas se implican en una preparación que no se limita al templo. En los días grandes aumentan la producción de bizcochos, tarta de almendra, galletas y otros dulces que también venden durante el año por el torno o por encargo. «También vestimos a San Agustín. El Ayuntamiento nos pone dos puestos. Se venden nuestros artículos religiosos y también los dulces», apunta la priora entre sus muchas actividades además de la oración.

Juan Luis Quintáns es uno de los colaboradores en el desarrollo de todos los actos.

Juan Luis Quintáns es uno de los colaboradores en el desarrollo de todos los actos. / Iñaki Abella

La celebración permite además abrir una ventana entre la clausura y la ciudad. Las religiosas se sienten arropadas por una devoción que no desaparece. «Son muchas las personas que vienen en Santa Rita a la iglesia, pero también los domingos. Nos sentimos contentas y muy alegres en esta festividad. Nos sentimos queridas en la fraternidad y en la unión», afirma la madre priora. Esa relación con los fieles es parte esencial de una fiesta que se sostiene gracias a una cooperación discreta pero imprescindible.

Ahí aparece el trabajo de colaboradores como Juan Luis Quintáns Bravo, portavoz de un grupo de personas que ayuda a que todo funcione. Lleva siete años implicado en la organización y resume su labor como un ejercicio de coordinación permanente con la madre superiora. «Empezamos con la novena. Nueve días antes de Santa Rita acude muchísima gente, a las 11.00 de la mañana y a las 20.00 horas. Hacemos una reunión con todos los colaboradores y marcamos el trabajo con la madre para que todo se desarrolle como debe», explica.

Las tareas son muchas y comienzan antes de que la ciudad despierte. El día 22 hay misas desde las 6.00 de la mañana. Siempre hay colaboradores atendiendo las estampas, los cirios, las velas o la apertura de puertas. También se colocan sillas para ordenar la presencia de fieles en el templo. «Con sillas y todo son 260 lugares. Al cabo del día 22 pasan más de 2.600 personas», señala Quintáns. La cifra ayuda a entender la magnitud de una devoción que convierte Vista Alegre en lugar de peregrinación durante toda la jornada.

La procesión de cada 22 de mayo es una demostración de fervor.

La procesión de cada 22 de mayo es una demostración de fervor. / Iñaki Abella

La procesión es el momento de mayor carga simbólica. El recorrido sale del convento, avanza hacia el entorno de la Praza de Galicia, entra en la Baldosa y regresa por Rey Daviña hasta la iglesia. Quintáns recuerda que hubo que corregir la organización para evitar que la comitiva se dispersase en medio de tanta devoción. En la procesión participan las imágenes, las autoridades, la banda de música y numerosos fieles que acompañan a Santa Rita por el centro urbano.

Portar las tallas es también un gesto de fe. Hacen falta al menos 32 personas, aunque durante el recorrido se van produciendo relevos. «Hay gente enferma y mayor que me pide llevar. Durante la procesión vamos rotando para cumplir con el deseo de la gente», relata Quintáns. Para él, esa entrega resume el verdadero sentido de la celebración: «Santa Rita genera un sentimiento único y especial. Los fieles somos los protagonistas y tienen que participar».

La madre priora también agradece esa ayuda constante de quienes preparan las misas, adecúan el templo, portan las imágenes o colaboran en la procesión. Y lanza una invitación especial a los jóvenes para que se acerquen sin prejuicios a Vista Alegre. «Hemos optado por esta vida religiosa y de oración. Somos como una familia que queremos a Dios con un solo corazón. Que no nos miren con miedo», afirma.

Santa Rita mantiene así su lugar en el corazón de Vilagarcía. Entre la clausura y la calle, entre la oración y la romería, entre la promesa personal y la tradición compartida. Cada 22 de mayo, Vista Alegre recuerda que hay devociones que no se heredan solo por costumbre, sino porque siguen ofreciendo refugio cuando la vida se vuelve difícil.

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