Cultura popular
Mondra convierte la muiñeira en la apertura de las Letras Galegas
El artista de Teo abrió en Vilagarcía la programación de las Letras Galegas con un taller de música y baile tradicional para el alumnado de los IES O Carril y Armando Cotarelo. La actividad empezó con timidez y acabó como una auténtica foliada juvenil

Iñaki Abella
La programación organizada por la Concellería de Cultura de Vilagarcía para conmemorar las Letras Galegas arrancó con una foliada en horario escolar. No fue un serán al uso, porque tuvo lugar por la mañana, pero acabó teniendo todos los ingredientes de una fiesta tradicional. El encargado de prender la mecha fue Mondra, el artista de Teo que llevó al alumnado de los IES O Carril y Armando Cotarelo un obradoiro de música y baile tradicional que empezó con cierta timidez y terminó con la rapazada bailando muiñeiras.
El alcalde, Alberto Varela, y la concejala de Cultura, Sonia Outón, se desplazaron hasta el IES O Carril para presenciar una actividad organizada por el Servizo de Normalización Lingüística del Concello en colaboración con los centros educativos. La propuesta abría el programa conmemorativo de las Letras Galegas con una fórmula pensada para acercar la cultura popular a una generación que muchas veces la percibe como algo lejano.
Mondra se presentó ante los estudiantes como Martín, «ou Mondra, como queirades», y les pidió que se sentasen en el suelo formando una rueda. Desde ahí empezó a romper la barrera inicial a base de preguntas sencillas. El objetivo era explicar qué eran las rondas, foliadas, seráns, fiadas o fiadeiras, según la zona de Galicia. Para hacerlo más fácil, recurrió a una imagen directa: eran «las discotecas de nuestros abuelos y bisabuelos», lugares en los que la gente se reunía para pasarlo bien, bailar y también «ligar».

El artista de Teo con los alumnos. / Iñaki Abella
La actividad fue mucho más que una clase de baile. Mondra convirtió el taller en una pequeña lección de historia, sociología y cultura popular, explicando cómo socializaban las generaciones anteriores y qué papel jugaban la música y el baile en la vida comunitaria. Aquellas fiestas se celebraban en cortes o alpendres, normalmente los domingos, el único día de descanso. En primavera y verano eran menos habituales en las zonas agrícolas, porque en tiempo de siembra o cosecha el trabajo mandaba, salvo que coincidiese con el día del patrón.
También recordó el papel fundamental de las mujeres en aquellas reuniones. Con panderetas, botellas de anís, panderos, latas de pimiento o conchas de vieira, muchas eran las encargadas de poner la música y entonar las cantigas que después bailaban los demás. Esa explicación sirvió para que la rapazada entendiese que detrás de cada paso había una memoria compartida y una forma de relacionarse con la lengua y con el territorio.

La visita reivindicó el orgullo de lo propio. / Iñaki Abella
Con el contexto aprendido, llegó la fiesta. Los alumnos se pusieron en pie, se organizaron en filas enfrentadas y comenzaron a seguir los pasos que Mondra les iba marcando. Tocaba aprender un «solto», es decir, una muiñeira o una jota gallega, piezas con las que solían arrancar los seráns antes de dar paso a los «agarrados», como el pasodoble o la rumba, y volver de nuevo al ciclo de la muiñeira.
En el taller, el «solto» fue el rey y la muiñeira, la reina. «Brazos arriba y separados del cuerpo, pasos, puntera y tacón», fue marcando Mondra, entre movimientos que por momentos podían confundirse con códigos del baile urbano. Poco a poco, los jóvenes fueron perdiendo la vergüenza, entrando en el ritmo y dejándose llevar por el folclore gallego.
El resultado fue una actividad divertida y formativa con la que Vilagarcía abrió las Letras Galegas mirando a sus raíces, pero sin nostalgia. Mondra demostró que la tradición también puede hablar el lenguaje de la juventud y que una muiñeira, bien explicada y mejor vivida, todavía tiene capacidad para llenar de energía un instituto.
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