Día Internacional de la Danza
El refugio que reencuentra cuerpo y alma
Gema Pizarro, directora de la escuela que lleva su nombre en Vilagarcía reivindica, con motivo del Día Internacional de la Danza, el valor artístico, físico y emocional de una disciplina que sigue buscando más reconocimiento

Noé Parga
Gema Pizarro no entiende la danza como una parte de su vida, sino como el hilo que la cose por completo. «La danza ha sido mi medio de vida. Desde que tengo uso de razón siempre quise dedicarme a ella. Para mí es la vida. No puedo separar la danza de mi vida», resume. Con motivo del Día Internacional de la Danza, la directora de la escuela que lleva su nombre en Vilagarcía mira hacia atrás y también hacia delante: a lo vivido como intérprete, al camino abierto desde la docencia y a todo lo que esta disciplina puede aportar a cualquier edad.
Su escuela abrió sus puertas el 1 de junio de 2010, aunque su llegada a Vilagarcía se produjo unos años antes. «Vine en 2007 a dar clases y a partir de ahí generé un alumnado. En 2010 formé mi propia escuela», recuerda. Hasta entonces, su vida había estado marcada por el movimiento, los escenarios y la exigencia profesional. Se desarrolló como bailarina antes de reciclarse a la docencia. Bailó en el Ballet de Zaragoza, en Sybba Dance Company, trabajó con bailarinas internacionales durante su etapa en Aragón, compartió proyectos con grupos freelance madrileños y también formó parte de Sinerxia, una compañía en México. «He hecho muchas producciones», apunta.
A Vilagarcía la trajo ese proceso de transición hacia la enseñanza, pero también algo más íntimo. «Galicia, el mar y un lugar mucho más pequeño que donde había vivido. Me gusta el mar y eso me atrajo», explica. Desde entonces, su trabajo ha consistido en sembrar cultura de danza en una ciudad donde, según señala, existía tradición, pero no tanto en el ámbito clásico. «No tenían los códigos de la danza y ha dado tiempo a crear una generación que ya sí tiene referentes», afirma.
Casi dieciséis años después, Pizarro considera que la escuela se encuentra en un momento sólido. «Ha habido el suficiente tiempo para educar a la gente en danza», señala. Por sus aulas han pasado alumnas que han continuado su formación artística y otras que han encontrado en el baile un espacio de crecimiento personal. «Se está haciendo labor en Vilagarcía y las alumnas mayores ya están trabajando muy bien», destaca. En su centro conviven niñas desde los tres años con jóvenes en formación académica y también alumnas adultas de 40 o 43 años. El rango más habitual, explica, va de los 3 a los 26, pero la danza no entiende de edades cerradas.

Destaca la disciplina que requiere la danza. / Noe Parga
La docente insiste en que queda mucho camino por recorrer. «Podría estar más gente haciendo artes escénicas. Tenemos que seguir cuidando aquello que se hace con el cuerpo», defiende. Su diagnóstico sobre el sector es claro: «En este país la danza es una gran desconocida». Considera que España cuenta con profesionales de enorme nivel, pero no con el respaldo suficiente. «Todas las compañías del mundo están formadas por bailarines españoles. Hay muy buen profesional en este país, pero no hay apoyo institucional. Nos tenemos que ir fuera y no te puedes ganar la vida en tu país», lamenta. Ella misma tuvo contratos como bailarina, pero también tuvo que salir a México e Italia para poder desarrollar su carrera.
Para Pizarro, la danza exige una preparación física extrema. «El entrenamiento es militar. La disciplina corporal es brutal y se convierte en deporte de élite», explica. Pero reducirla únicamente al esfuerzo sería dejar fuera su verdadero alcance. La danza, sostiene, es una herramienta de conocimiento, expresión y reconstrucción. «Coincido con la bailarina del mensaje de 2026, la canadiense Crystal Pite, cuando dice que el cuerpo es el espacio donde el ser se puede encontrar», señala.
En esa idea se condensa buena parte de su forma de enseñar. La danza aporta disciplina, trabajo físico y técnica, pero también seguridad personal, capacidad narrativa, energía, emoción y resiliencia. «Es un lenguaje universal. La narrativa de tu historia se concentra en la danza. Es la llave que te conduce a saber quién eres. Te potencia todo lo que tú ya eres», afirma.
La celebración del Día Internacional de la Danza la vivieron este año por adelantado, con una invitación a Lugo para participar en un encuentro de centros de danza. Allí compartieron convivencia y espectáculo en el teatro Gustavo Freire, una forma de celebrar colectivamente una disciplina que para Pizarro nace mucho antes de la técnica. «El niño cuando baila es feliz. Su primer vocabulario siempre es corporal y ahí ya hay una danza», recuerda.
Por eso anima a todo el mundo a bailar. Porque para ella la danza no es solo escenario, aula o profesión. Es una manera de estar en el mundo. «La tierra es la primera bailarina que baila. Todo lo que nos sucede cada día es una danza interna, movimiento generador de vida», concluye. En Vilagarcía, desde su escuela, Gema Pizarro sigue enseñando precisamente eso: que el cuerpo también piensa, habla, recuerda y sueña.
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