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Música

La familia Galbán: tres generaciones unidas por la música y el legado de Duende en Vilagarcía

La familia Galbán, propietaria de Duende Instrumentos Musicales, ha mantenido viva la pasión por la música en Vilagarcía desde hace décadas, transmitiendo un legado que abarca tres generaciones.

Las tres miembros de la familia Galbán simbolizan pasado, presente y futuro de un sello inconfundible.

Las tres miembros de la familia Galbán simbolizan pasado, presente y futuro de un sello inconfundible. / Iñaki Abella

Vilagarcía

Hay casas en las que la música suena. Y hay otras en las que la música, además, se queda a vivir. En la familia Galbán lleva décadas instalada como una forma de sentir, de trabajar y de entender la vida. Ha pasado del piano y del solfeo a los escenarios, de los viajes y los ensayos a la enseñanza, del taller al mostrador de una tienda que en Vilagarcía, y en toda la comarca, se ha convertido en mucho más que un negocio. Se ha convertido en un símbolo. Porque hablar de Duende es hablar de una saga familiar, de la música que también les une y por una manera de hacer las cosas basada en el oficio, la cercanía y la pasión.

Esa historia empieza con Alfonso Galbán Rico, el patriarca. Su vínculo con la música nació siendo un niño, cuando estudiaba en el colegio San Francisco y escuchaba el piano con la fascinación de quien aún no sabe que está encontrando el rumbo de su vida. Su abuelo materno lo llevaba a oír a la Banda de Música de Vilagarcía y aquellas sensaciones primeras fueron dejando una huella decisiva. «A los 10 años me aficioné y a los 12 años empecé con Marcelo González, director de la banda de música. Me daba clase de solfeo y piano. Era un fenómeno». A partir de ahí llegaron años de estudio, exámenes en el conservatorio de Santiago y en Madrid para seguir formándose. Pero, sobre todo, llegó la certeza de que la música no iba a ser un simple acompañamiento, sino un asidero vital.

Mucho antes incluso de abrir la tienda, Alfonso ya estaba plenamente volcado en ese mundo. Ayudó a poner en marcha la tuna de Vilagarcía, reactivó la de Peritos de Vigo y formó parte de una generación que vivió la música con seriedad y entrega. Su etapa en Los Duendes, nacidos en 1967, lo situó en una época de escenarios, viajes y noches largas, pero también de enorme aprendizaje. En aquel grupo compartió camino con nombres como Manolo Lassa, Mingos Rodríguez, Manolo Reboredo, Xanote, Manolo Conde y Pilo, dejando una huella que todavía perdura en la memoria musical de la zona. De la mano de Espectáculos Castilla, el grupo acompañó a cantantes como Julio Iglesias, Raphael o Peret en un tiempo en el que recibían la música y la interpretaban casi a primera vista, «porque todos leíamos partituras». Alfonso recuerda con emoción la voz de Lassa y también una de las grandes apuestas de aquella etapa: «Un canto a miña rula», el último disco del grupo, grabado en gallego. La compañía dudó de su recorrido, pero la realidad fue otra. «Tuvieron que hacer tres ediciones porque la emigración lo compró también muchísimo». Aquel éxito tuvo algo de reivindicación y mucho de verdad.

Formación de Los Duendes.

Formación de Los Duendes. / Cedida

De la mano de Espectáculos Castilla, Los Duendes acompañaron a artistas conocidos y vivieron una etapa de enorme intensidad como aquellos tres meses en una convulsa Argelia tocando en un hotel francés Le Biarrtiz. Pero toda esa vida de carretera, de montajes, viajes y escenarios, también fue empujando hacia la necesidad de sentar raíces. Y así, a finales de los años setenta, nació Musical Duende, un proyecto con el que Alfonso encontró otra manera de seguir viviendo para la música, ya desde un lugar más estable y más pegado a la vida diaria de Vilagarcía. En esa apertura comercial tuvo también importancia Milagros, su mujer, dentro de esa nueva etapa familiar y asentada. La tienda se convirtió pronto en referencia en una provincia donde apenas había negocios especializados. Allí no solo se vendían instrumentos: también se reparaban, se aconsejaba y se creaba una relación de confianza con generaciones enteras de músicos.

La aportación de Alfonso no terminó en la tienda. También fue clave en la enseñanza. En 1985 recibió el encargo del Concello para poner en marcha la actual escuela de música de Vilagarcía. Bajo su dirección, el centro creció, obtuvo la categoría oficial de escuela de música y ayudó a formar cantera para la banda y para muchas trayectorias posteriores. Cuando dejó esa responsabilidad lo hizo con más de 600 alumnos. Y aún hoy sigue estudiando, como si la música siguiera exigiéndole la misma humildad del primer día. Conserva además una reliquia que resume por sí sola todo un recorrido: uno de aquellos escasos órganos Hammond con Leslie, casi un emblema de una época y de una fidelidad absoluta a su vocación.

El gusto por la música se ha transmitido entre las generaciones de los Galbán.

El gusto por la música se ha transmitido entre las generaciones de los Galbán. / Iñaki Abella

El segundo capítulo de esta historia lo encarna Carlos Galbán Zaragoza, uno de los cuatro hijos de Alfonso y actual responsable de Duende Instrumentos Musicales. En su caso, la música no fue un descubrimiento, sino el paisaje natural de la infancia. Empezó en el grupo de gaitas de Segundo Barcala, siguió en la Banda de Música y fue creciendo entre instrumentos y clientes en la tienda familiar. Más adelante se formó durante cinco años en Lugo en la construcción y reparación de instrumentos tradicionales, hasta el punto de participar en la reconstrucción de los instrumentos del Pórtico de la Gloria. Y fue también en esa etapa donde conoció a Mar, su mujer, que entendió desde el principio que la música no era para él solo una afición ni solo un trabajo, sino una parte esencial de su equilibrio vital.

Aunque él mismo admite que «nunca quise tener tienda», la propia evolución familiar y su vocación por el taller lo acabaron situando al frente del negocio. Primero desde la reparación y después asumiendo el peso total de la actividad tras la jubilación de sus padres. El nombre cambió, de Musical Duende a Duende Instrumentos Musicales, pero no cambió lo importante. El negocio siguió apoyándose en la cercanía, el consejo, la confianza y la atención personalizada, precisamente aquello que más valor tiene en un tiempo dominado por la compra rápida y lo impersonal.

La tercera generación la representa ya Carlos Galbán Castro, criado entre instrumentos, clientes y conversaciones sobre música. En él no hay pose ni obligación, sino admiración sincera por un legado que ha visto de cerca desde pequeño. «Para mí, mi padre y mi abuelo son referentes y es un orgullo que la gente reconozca su trabajo y su trayectoria en la música y por lo que son como personas». Le gusta la tienda, le gusta el trato con la gente y contempla el relevo como una posibilidad real. También vive la música con naturalidad, como una pasión compartida con amigos y familia, sin necesidad de convertirla en una promesa grandilocuente: «Cuando uno se da cuenta que no va a ser un Rolling Stone lo mejor es disfrutar de tu pasión con amigos».

La historia de los Galbán conmueve porque habla de continuidad, pero también de verdad. De Alfonso, que puso los cimientos desde el escenario, la enseñanza y la tienda; de Carlos, que sostuvo y adaptó el legado a otros tiempos; y de «Carletes» –como le llama su abuelo–, que crece con esa misma música de fondo y con la posibilidad de prolongarla. Tres generaciones enlazadas no solo por un negocio, sino por una misma forma de sentir la música y de compartirla con los demás. Por eso, cuando en Vilagarcía y en la comarca se habla de Duende, no se habla solo de una tienda. Se habla de una familia que hizo de la música su memoria, su trabajo y también su manera de quedarse.

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