Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

El «lloro» de la vid anuncia la primavera y el comienzo del ciclo vegetativo

La viña se despierta del letargo invernal y en las heridas de la poda se aprecia que la savia vuelve a circular

Las últimas podas.

Las últimas podas. / Iñaki Abella

Manuel Méndez

Manuel Méndez

Val do Salnés

La llegada de la primavera hace que la viña entre de lleno en un periodo que resulta crucial, pues del mismo dependerá, en cuestión de seis o siete meses, la obtención de una mayor o menor cantidad de uva, así como la elaboración de un vino de más o menos calidad.

Es el momento del «lloro» de la vid, cuando la subida de las temperaturas hace que empiece a desarrollarse todo el ciclo vegetativo.

Ya está lanzado en muchas parcelas, y muy particularmente en aquellas que se habían podado en noviembre y diciembre.

Más tardío o lento puede resultar el proceso en aquellas otras viñas que han tenido que esperar hasta hace apenas unos días para ser podadas, dado que el tren de borrascas impedía intervenir antes sobre los predios.

En la Denominación de Origen Rías Baixas explican que «el pistoletazo de salida de la primavera en el viñedo lo da el lloro de la vid, que arranca habitualmente en marzo».

Es cuando «las raíces de las cepas empiezan a activarse, captando la humedad y nutrientes del suelo». Después de un invierno en el que la viña «duerme», la savia vuelve a circular por la planta, lo cual se aprecia en las heridas de la poda, que empiezan a segregar esa savia y a anunciar la brotación.

Es como si lloraran, de ahí que a este arranque del ciclo vegetativo se le conozca como lloro. Un proceso breve –apenas diez días–, dado que los cortes realizados en la poda cicatrizan pronto, al que sigue el abultamiento de las yemas, «que se cubren de una especie de pelusa que se denomina borra» y las ayuda a protegerse.

Es el momento de la brotación, cuando el verde de las hojas empieza a asomar. Durante este proceso influye, y mucho, la temperatura, y si bien es cierto que resulta «difícil que los cambios de tiempo la echen por tierra», una vez que la brotación arranca lo deseable es que el mercurio de los termómetros se asiente, «sin fenómenos extremos como heladas o granizo».

En ello abunda la DO Rías Baixas, antes de aclarar que «una vez que la brotación se generaliza, las cepas entran en la fase de foliación y las hojas empiezan a crecer».

Lo más deseable en ese momento son «temperaturas suaves» y al alza, aunque se produzcan las precipitaciones habituales de la primavera en la DO Rías Baixas, siempre y cuando sean también ligeras.

Ese es el escenario ideal para que todo marche bien, dado que «un repentino enfriamiento, la aparición de lluvias fuertes o granizo», pueden tener consecuencias «fatales» para el desarrollo de las hojas, tan necesarias «para asegurar que los pámpanos y sarmientos crezcan y se preparen para acoger las flores de las que saldrán los racimos».

En su afán divulgador, y para familiarizar al conjunto de la población con el sector vitivinícola y su trabajo, la propia DO remarca que «la influencia de la meteorología en el desarrollo de la vid es mayor a medida que avanza el ciclo vegetativo», de tal forma que a medida que éste avanza resulta más trascendente «que el sol se imponga sobre las lluvias».

Sobre todo después de un invierno tan lluvioso como el que está a punto de finalizar, pues «con una humedad excesiva o nieblas, combinadas con la falta de sol o de brisas suaves, pueden favorecer la llegada de enfermedades fúngicas de la vid, como el mildiu, que es la más peligrosa durante esta fase del ciclo vegetativo».

Por eso en la fase de foliación, entre abril y mayo, «son más bienvenidos los días de sol que de lluvia». Y tampoco importará en exceso que se registren semanas de ausencia total de precipitaciones, dado que tras tanta agua caída «la vid tiene reservas suficientes». Sin olvidar su «gran capacidad natural de profundizar en el subsuelo en busca de la humedad que necesite».

Ya entre mayo y junio se vivirá otro momento decisivo, como es el de la floración. Será entonces cuando «empiecen a asomar inflorescencias con pequeñísimas flores blancas».

Será entonces el momento de determinar el volumen de la futura cosecha y empezar a calcular cuándo tendrá lugar la vendimia, sostiene la DO.

También entonces «la vid necesitará más sol que lluvia» y los viticultores cruzarán los dedos para que no se registren granizadas, lluvias intensas ni vientos fuertes, dado que es fundamental que las flores «se mantengan intacta durante la polinización y la fecundación».

Si las adversidades meteorológicas aparecen durante esa etapa puede producirse lo que se denomina «corrimiento de flor», lo cual supone reducir drásticamente las tasas de fecundación y cuajado de las bayas, «mermando considerablemente la cosecha».

Una de las podas más tardías, hace solo unos días.

Una de las podas más tardías, hace solo unos días. / Iñaki Abella

Por el contrario, si el tiempo acompaña, a mediados de junio se completará el cuajado, es decir, «la transformación de las inflorescencias en pequeños ramilletes con gránulos verdes», que son «el germen de los posteriores racimos de uvas».

Al dar estas explicaciones sobre cómo tiene que ser la primavera para obtener una buena cosecha, la DO Rías Baixas sentencia que «si el cuajado es satisfactorio, las posibilidades de que el clima eche por tierra la cosecha se reducen muchísimo».

Y todo porque «la llegada del verano suele ser sinónimo de altas temperaturas y de largos días de sol en la DO Rías Baixas, con alguno que otro de lluvia», siendo ésta «la situación ideal para que las cepas avancen por la fase de maduración hasta que llegue la vendimia».

«Santiago Ruiz 2025», ejemplo de un desarrollo fenológico perfecto

Ahora que comienza un nuevo ciclo vegetativo en la vid, bueno es aludir a Bodegas Santiago Ruiz, una de las referencias indiscutibles y mejor valoradas de la Denominación de Origen Rías Baixas. Y todo porque lanza al mercado, con un precio de 15,50 euros la botella, su añada 2025, cuya mayor particularidad, al margen de su contrastada calidad, radica en que es el primer vino elaborado por el enólogo Chema Ureta.

Se trata de un «coupage», es decir, el resultado de la técnica enológica francesa consistente en mezclar diferentes variedades de uva, parcelas o añadas para crear un vino más equilibrado, complejo y consistente.

En este caso es un compendio de las cinco variedades emblemáticas de la subzona productora de O Rosal, como son el albariño, godello, treixadura, loureiro y caíño blanco.De este modo se transmite en cada botella «frescor e identidad», pero también «el alma» del sello de calidad que amparaa esta popular bodega de O Rosal.

El «Santiago Ruiz 2025» es resultado de un ciclo vegetativo altamente positivo, con «un invierno y una primavera cálidos y lluviosos» que dieron paso a una brotación «homogénea y con buenas perspectivas», a finales de marzo.

Aunque el mildiu era una amenaza en abril y principios de mayo, la llegada de «una de las primaveras y uno de los veranos más secos y calurosos que se recuerdan, alcanzando los 40 grados y sin lluvias en tres meses», propiciaron «una floración perfecta y sin pérdidas por enfermedades», dando como resultado una uva con un estado sanitario «excelente» y mostos «con gran equilibrio y tipicidad varietal».

Así nació el «Santiago Ruiz 2025», un característico Rosal «de color amarillo pajizo con reflejos verdosos, de aspecto limpio y brillante», que en boca se muestra «fresco y equilibrado, con una acidez viva que aporta tensión y un final largo, cítrico y sutilmente salino».

Un blanco, por qué no decirlo, «de compleja expresión aromática» capaz de combinar como pocos los cítricos y la frescura del albariño, las notas florales del loureiro y los matices frutales del godello y la treixadura».

Todo ello «conviviendo con recuerdos herbales y la marcada mineralidad aportada por el caíño blanco», explican en la bodega, que desde 1984 elabora vinos «que reflejan la esencia más pura del paisaje en el que nacen».

Fue en la década de los 80 cuando, ya jubilado, Santiago Ruiz «decidió dedicar su vida a lo que de verdad le emocionaba: crear vinos de alta calidad elaborados con las uvas más representativas de su región».

Y desde entonces, «cada añada ha sido un reflejo fiel de su espíritu visionario», hoy en día canalizado Sogrape, una firma fundada en 1942 por Fernando Van Zeller Guedes «para mostrar la calidad de los vinos portugueses al resto del mundo».

Ahora, con más de 44 hectáreas de viñedo en propiedad en la subzona de O Rosal y presencia en más de 25 mercados, «busca capturar la esencia de su creador en cada nueva cosecha de los dos vinos de la bodega», el «Rosa Ruiz», un monovarietal de albariño procedente de cepas viejas, y el citado «Santiago Ruiz».

Dicha compañía, por cierto, «tiene negocios en más de 120 mercados y está en posesión de más de 1.600 hectáreas de viñedos en Portugal, España, Chile, Argentina y Nueva Zelanda».

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents