El hogar donde Vilagarcía rueda desde 1945
Moto Bazar cumple 80 años como un clásico del comercio de Vilagarcía: tienda y taller con sello familiar, hoy en manos de Rocío Louzán, tercera generación. De la moto del cura a la bicicleta eléctrica, el negocio ha sabido adaptarse sin perder oficio, cercanía y servicio.

Rocío Louzán en la tienda que suma 80 años de trayectoria generacional. | Iñaki Abella
En la calle Arzobispo Andrade, donde el tiempo se mide más por el giro de una rueda bien centrada que por el reloj, Moto Bazar sigue siendo un punto fijo en el mapa comercial y sentimental de Vilagarcía. No es solo una tienda y un taller: es una manera de vivir. Desde 1945, este establecimiento ha acompañado cambios de época, de movilidad y de hábitos de consumo sin perder su sello familiar. Hoy lo sostiene Rocío Louzán Blanco, tercera generación al frente, en un presente que exige adaptarse a la revolución digital y física sin renunciar a lo que siempre marcó la diferencia: cercanía, oficio y atención vocacional.
La historia arranca con Manuel Blanco Moroño, padre de Pili y abuelo de Rocío, que en 1945 decidió dar un paso valiente: dejar Santiago y asentarse en Vilagarcía tras un periodo duro para la familia. «Se le murieron los dos primeros hijos. Mi abuela cogió una pequeña depresión… y se vinieron nada más abrir la tienda a vivir a Vilagarcía», rememora Rocío. La primera Moto Bazar había nacido en Pontecesures, donde Manuel trabajaba y abrió el negocio. Ya en la villa, la tienda se instaló primero en la plaza de A Independencia, antes de trasladarse a su ubicación actual en Arzobispo Andrade, lugar que para muchos funciona como referencia de toda la vida.
En aquella casa se respiraba comercio. Hermosinda Vila Fontán, «Sinda», también mantuvo una tienda propia: un negocio de lanas junto al río de O Con, en Doutor Tourón. Era otra época, con menos escaparates y más conversación, cuando el trato al público se aprendía en familia. Ese aprendizaje, subraya Rocío, acabó siendo parte de la identidad de Moto Bazar: «Desde niños nos acostumbramos a tratar con la gente y a estar de cara al público».
En los inicios, la moto era casi un privilegio y la mecánica, un oficio artesanal. Manuel Blanco fabricaba ruedas en la fábrica de Honorino Méndez en Santiago y fue sumando conocimientos hasta especializarse en motos cuando todavía eran pocas en la calle. De aquellos años queda una imagen que hoy suena a postal costumbrista: «Una de ellas era la moto de Don José, del cura, que se la tenía siempre a punto». Cuidar la moto del cura del pueblo y, décadas después, diagnosticar una bicicleta eléctrica por un fallo de asistencia en una cuesta, pertenece a mundos muy distintos. Pero hay un hilo continuo: confianza y responsabilidad.
Ese hilo sostuvo el relevo. En 1985, cuando Manuel Blanco se jubiló, la segunda generación tomó las riendas: Manuel Louzán y Pili Blanco, hija del fundador. Él era taxista en Vilagarcía; ella llevaba años vinculada a la tienda y al mostrador. Rocío reivindica con orgullo el papel de su madre: «Fue pionera… una de esas muy pocas mujeres que trabajaban en tiendas de motos». No se define por la anécdota, sino por el conocimiento: «No metía las manos en el motor, pero controlaba tanto o más… de piezas, recambio o la tienda».
Moto Bazar vivió entonces una etapa de expansión que todavía se recuerda como un boom. «Llegamos a ser cinco trabajadores… incluso hubo años de vender 300 vespinos en un año», cuenta Rocío situando aquella explosión en los últimos años de los ochenta. Fue la década del ciclomotor como símbolo social: juventud, independencia, veranos interminables. Luego llegaron los scooters y, más tarde, el golpe de la normativa y las exigencias fiscales terminó por apagar aquel mercado. «Decidimos quedarnos solo con las bicis», explica, como quien relata una decisión estratégica para sobrevivir sin perder el alma del negocio.
Rocío entró joven, con 23 o 24 años, primero como empleada. En 2005 se jubiló su padre y quedó junto a su madre. Más tarde Pili también se retiró; su hermana Cristina estuvo un tiempo, pero hoy Rocío sostiene el timón. «Al principio era más fácil con mis padres, pero luego asumes la responsabilidad». Y lo hace en un sector que está «medianamente bien», aunque cada vez más exigente: «No vendes una bici igual que hace 10 o 15 años».
En ese cambio de producto se resume el cambio social. Del auge de la bicicleta de montaña se ha pasado a un uso más cotidiano: «Ahora se está utilizando como medio de transporte». Ahí encaja el fenómeno que marca el presente: la bicicleta eléctrica. «Para desplazamientos cortos es una bici muy fácil y limpia para llegar a trabajar sin sudar», resume Rocío sobre una demanda que se ha disparado. Y con la e-bike llega otra clave: el servicio técnico como valor diferencial en una época de compra rápida por internet. «Ofreces otro tipo de cosas como es el servicio técnico… le ofrece una seguridad al cliente», apunta.
El taller, en realidad, es el corazón de Moto Bazar. Lo fue incluso para el abuelo hasta el final. «Prácticamente hasta el día que falleció venía por Moto Bazar… le relajaba muchísimo centrar ruedas». Con problemas de sordera, mantenía una sensibilidad asombrosa para detectar averías: «Sabía perfectamente lo que pasaba… tenía interiorizado el sonido de cada avería». La escena explica, mejor que cualquier eslogan, lo que significa oficio.
En la era de la competencia virtual infinita, Moto Bazar se defiende con lo que no se puede empaquetar: disponibilidad, conversación y fidelidad. Rocío habla de clientes que vuelven por generaciones, de vecinos que venían a reparar sus bicis y ahora llegan con las de sus hijos o nietos. Recuerda incluso urgencias a deshora: «Tenemos llevado vespinos en Reyes a la 1 y a las 2 de la mañana». La lógica del comercio de proximidad no es solo vender: es estar.
Quizá por eso Moto Bazar es, para su responsable, mucho más que un negocio. «Para nosotros es la vida… siempre es casa nuestra y de muchos». Sueña con una cuarta generación, aunque sabe que ya no es lo habitual: «Mis hijas no cogieron ese aliciente… ahora ya pocos negocios tienen relevo en casa». Aun así, la persiana sigue subiendo cada mañana. Y en ese gesto diario, aparentemente simple, se condensa una idea mayor: que una ciudad también se construye con sus tiendas de siempre, las que sostienen memoria, oficio y comunidad.
Una expansión en A Illa como fruto de una respuesta natural a una clientela fiel
Más allá del mostrador de la calle Arzobispo Andrade, Moto Bazar también se explica por lo que sucede fuera del local. Rocío Louzán Blanco compagina el día a día del negocio con la presidencia de Zona Aberta, la asociación de comerciantes y hosteleros de Vilagarcía, desde donde vive en primera línea el cambio de hábitos de compra y el desafío de mantener vivo un tejido comercial que da identidad a las calles. Su mirada no se queda en lo propio: habla de ecosistema, de cómo cada cierre deja menos vínculos en beneficio del anonimato de lo virtual.Otra pieza menos conocida de la historia es la expansión a A Illa. No nació como apuesta «de crecimiento», sino como respuesta natural a una clientela fiel: la demanda era tanta que el servicio tenía que estar más cerca. Es, en esencia, una prolongación del mismo modelo de proximidad, pero en otra orilla.Y hay un tercer factor silencioso: la dificultad creciente para encontrar relevo de taller. Rocío lo resume con preocupación: faltan mecánicos de bicicletas. No es solo un problema interno; amenaza a un oficio que sostiene seguridad, mantenimiento y confianza. Sin manos formadas, la movilidad cotidiana se queda sin respaldo.
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