Calzados Acosta, el comercio más antiguo de Vilagarcía que resiste tras más de 120 años de historia
El referente más antiguo del comercio en VIlagarcía lleva el nombre de Calzados Acosta. Regentado ahora por la tercera generación personificada en Luis Acosta, el negocio lleva desde 1904 adaptándose a las diferentes realidades sociales y consumistas, si bien el relevo generacional no llegará.

Luis Acosta ya suma más de 3 décadas al frente de un negocio que ejemplariza la tradición del comercio local. | FdV
En pleno corazón de Vilagarcía, hay un local que es casi una cápsula del tiempo. Tras el puerta de Calzados Acosta «casa fundada en 1904», se esconde el comercio más antiguo de la ciudad, un local que ha visto pasar tres generaciones de la misma familia y más de 120 años de cambios en la manera de comprar y de vivir.
Al frente está hoy Luis Manuel Acosta Crespo, de 58 años. Miembro de una tercera generación y que ahora está solo detrás del mostrador, pero acompañado «por toda una historia». Lleva 32 años al frente desde que su padre le dio el relevo a la llegada de su jubilación y tiene muy claro que «Calzados Acosta aguantará mientras yo esté aquí», en otro caso más de la falta de relevo generacional en muchos comercios familiares.
El origen de esta emblemática casa de calzado se ubica en un gesto de rebeldía. Fue cuando Benito Marcial Acosta Vicente, el abuelo, se marchó siendo muy joven a Uruguay porque su padre quería que fuese barbero en contra de su voluntad. Se escapó de casa y pasó alrededor de cinco años al otro lado del océano. A su regreso, la familia lo había dado por muerto hasta el punto que un hermano nacido durante su exilio voluntario llevaba su nombre a modo de homenaje. Entre ambas orillas del Atlántico, aquel joven había acumulado algo más valioso que el dinero: las buenas ideas.
Trabajó con un cargo de responsabilidad en unos grandes almacenes de textil y fue ahí donde aprendió como funcionaban los negocios, cómo se organizaban los stocks, cómo se atendía al público o cómo se pensaba en términos de clientela y fidelidad. Cuando decidió volver a Vilagarcía, lo hizo «con algo de dinero», pero, sobre todo, «con la idea de cómo funcionaba el comercio, que es aún más importante», resume su nieto.
Esa inquietud, sumada al apoyo de la familia, fue el origen de Calzados Acosta. Unos inicios en los que era mucho más que una zapatería: «empezó vendiendo zapatos, pero también todos los accesorios para los zapateros. Era como un mayorista y venían de muchos sitios a buscar accesorios para arreglar zapatos», recuerda Luis Acosta.
En los tiempos de mayor bonanza, el negocio llegó a contar con 1o personas empleadas que incluso fabricaban sus propios zapatos, yendo un paso más allá que la propia reparación. Fue así como la vinculación de la ciudad fue cada vez a más. Calzados Acosta llegaba muchos más allá que su propio mostrador. Sin ir más lejos, desde su pequeño taller salían, por ejemplo, las primeras botas que calzaron los jugadores del Arosa. Luis conserva todavía la máquina con la que se hacían los tacos que se colocaban en aquellas botas, una pieza de arqueología industrial que guarda como un tesoro, igual que los antiguos libros de contabilidad.

Luis junto a la placa que indica la fecha de apertura de puertas del establecimiento. / FdV
Con el tiempo, el negocio pasó a manos de la segunda generación: José Acosta —padre de Luis— y su hermano Benito. Y, cuando José se jubiló, llegó el turno del actual propietario. Él tenía otro camino trazado: «Yo hice electrónica y tenía una oferta para empezar a trabajar en una empresa, pero mi padre me dijo: Si vas a la empresa vas a ser empleado, y si te quedas con la tienda vas a ser jefe. Y me quedé con la tienda».
Del pasado le quedan muchas imágenes grabadas: la tienda llena, el trajín constante, los días en que había que atender a seis o siete clientes a la vez. Hasta el punto de que, en una de esas jornadas frenéticas, un directivo que lo vio trabajar le dijo a su madre que quería llevárselo para Zara. Hoy el panorama es otro. «Ahora el único que está en la tienda soy yo. Hago la función de siete u ocho personas, pero como tampoco hay mucho movimiento, vamos tirando». La frase resume la realidad de buena parte del comercio tradicional: menos ventas, más tareas y una soledad detrás del mostrador que contrasta con las fotos antiguas de un local lleno de vida comercial.
A pesar del cariño por la tienda, Luis habla sin dramatismos de algo que se ha convertido en un mal común del pequeño comercio: la falta de relevo generacional. «No le voy a dejar esto a nadie», afirma con serenidad. Tiene 58 años y nunca se ha ido de vacaciones. A partir de enero, su idea es empezar a adaptar el horario, reducirlo poco a poco para poder descansar algo después de una vida entera pegado al mostrador.
Mientras tanto, cada mañana levanta la persiana de ese local en el que coexisten la máquina de hacer tacos de las botas del Arosa, los viejos libros de contabilidad y las sandalias, botas y zapatos que se siguen vendiendo hoy. Calzados Acosta es, en el fondo, mucho más que una zapatería. Es un pedazo de la historia de Vilagarcía que aún se cuenta desde detrás de un mostrador de madera.
«Vilagarcía tiene que hacer algo para atraer a la gente de fuera que es la que viene a gastar»
Calzados Acosta ha sobrevivido a guerras, crisis, cambios de moda y, ahora, a internet. Luis no tiene página web espectacular ni grandes campañas en redes sociales, pero sí algo que muchas superficies han perdido: clientela fiel y un criterio afinado.
«El que viene a comprar aquí ya sabe a lo que viene, y eso nos defiende ante el acoso de la venta por internet. Competencia siempre la hubo y toca afinar más». Reconoce también Luis que una parte importante de su clientela llega de fuera. Son personas que veranean en la ría o visitantes que se dejan caer por Vilagarcía y se sienten atraídos por ese pequeño comercio que parece detenido en otro tiempo: «ven un comercio rústico y cercano y quiere entrar porque ya está cansada de tanta gran superficie comercial».
Desde el escaparate de Calzados Acosta se observa la evolución del centro urbano de Vilagarcía. Para Luis Acosta, el comercio local necesita algo más que buena voluntad para seguir vivo: «El comercio de Vilagarcía siempre atrajo a muchísima gente de fuera. Aquí venía la gente en barcos y venían a comprar a la tienda. Pero Vilagarcía tiene que hacer algo para atraer a la gente de fuera, que es la que viene a gastar. Hay que ganar atractivos que motiven a la gente de muchos sitios a venir aquí».Lo dice alguien que ha visto la ciudad cambiar de arriba abajo, que recuerda a muchos clientes que ya han fallecido y que sigue recibiendo, verano tras verano, a hijos y nietos de aquellos primeros compradores.
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