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¿Qué tienen en común la piel de oveja, el rapto de una doncella y los cascos con cuernos?

Moncho Bouzón, protagonista de 50 ediciones de la Romaría Vikinga, rememora los orígenes

El jefe vikingo es uno de los catoirenses que llevan este evento en la sangre y lo hicieron grande

Todo empezó cuando Cedonosa pagaba 500 pesetas por tripulante y siguió por amor a la fiesta

Un momento del homenaje tributado al jefe vikingo Moncho Bouzón, tras 50 años en la Romaría Vikinga.

Un momento del homenaje tributado al jefe vikingo Moncho Bouzón, tras 50 años en la Romaría Vikinga. / Gustavo Santos

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Manuel Méndez

Manuel Méndez

Catoira

Hace 64 años se celebraba la primera edición de la Romaría Vikinga de Catoira. En aquella época venía al mundo Ramón Conde Bouzón, al que casi todos conocen como Moncho Bouzón.

Nadie podía imaginar entonces que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes protagonistas de aquel evento que, con el paso del tiempo, se convirtió en Fiesta de Interés Turístico Internacional.

Mi familia, ‘Os Calderillas’, se llevaba bien con la de Serafín, el gerente de Cedonosa, y yo tenía una buena relación con sus hijos, lo cual ayudó a que aquel mismo verano me llevaran en el barco

Moncho Bouzón

— Jefe vikingo

Un acontecimiento en el que iba a “debutar” Moncho Bouzón en 1974, un mes antes de cumplir los 15 años.

Aquel fue solo el primer Desembarco Vikingo de los 50 en los que ha participado activamente –ya fuera en barco o desde tierra firme–, convirtiéndose así en uno de los grandes referentes de este acontecimiento social, cultural y turístico.

La ceremonia de homenaje al rey vikingo.

La ceremonia de homenaje al rey vikingo. / Gustavo Santos

El domingo pasado, durante la 64 edición de la Romaría Vikinga, fue homenajeado y honrado como se merece. Como el auténtico referente que es, un jefe vikingo en toda regla que ha sido ejemplo para varias generaciones de catoirenses.

Cristina Conde Escaloni

Lógicamente, también un ejemplo para su hija, Cristina Conde Escaloni, una investigadora de la historia local y una apasionada de la arqueología y la propia Romaría Vikinga que, como su padre, reivindica el empleo de los cuernos en los cascos de los guerreros catoirenses.

Tras el emotivo ritual de homenaje a este rey vikingo vivido en la última edición de la fiesta, del que ya dio cuenta FARO DE VIGO aquel mismo día, bueno es recordar ahora cómo empezó todo.

Desde Cedonosa

El propio Moncho Bouzón cuenta con nostalgia que acostumbraba a visitar la desaparecida fábrica de Cedonosa, en la que trabajó durante casi toda su vida y que fue la empresa matriz de la Vikinga, para ver cómo los guerreros preparaban escudos, cuernos y lanzas.

Dado que era aún un niño de 14 años, no había podido participar en el Desembarco, al menos no como guerrero.

Cristina Conde y su padre.

Cristina Conde y su padre. / Concello de Catoira

“Mi familia, ‘Os Calderillas’, se llevaba bien con la de Serafín, el gerente de Cedonosa, y yo tenía una buena relación con sus hijos, lo cual ayudó a que aquel mismo verano me llevaran en el barco”, rememora el jefe vikingo Moncho Bouzón.

Emocionándose como un niño cada vez que recuerda aquellos tiempos, añade que al año siguiente empezó a trabajar en Cedonosa, por lo que ya se ganó “el derecho” a ser un auténtico guerrero vikingo y a protagonizar el Desembarco.

Con la abuela Consuelo.

Con la abuela Consuelo. / FdV

Todo un logro para esos niños de Catoira que, como él, llevaban y llevan aún la cultura vikinga en la sangre, mamando la tradición desde muy pequeños.

La evolución

Y es que “ser vikingo es sentir parte de la historia”, proclama un Moncho Bouzón que fue testigo directo de la espectacular evolución de esta fiesta que en sus orígenes “preparábamos una semana antes”.

Llegó el frío invierno: los vikingos toman Catoira en un desembarco épico

Gustavo Santos / Manuel Méndez

Lo que se hacía era “aprovechar que rapaban las ovejas para hacer la carne para las comuniones y bodas del desaparecido restaurante Casa Emilio, pues nosotros usábamos las pieles como vestimenta”.

Las cosían ellos mismos, los vikingos de Catoira, quienes el día del Desembarco soportaban estoicamente tanto el calor que daban aquellas pieles como el mal olor que desprendían.

Enfundados en las calurosas y maolientes pieles de oveja.

Enfundados en las calurosas y maolientes pieles de oveja. / FdV

De igual modo, “pintábamos los escudos, preparábamos los cuernos y las lanzas, acondicionábamos el barco” y, en definitiva, se encargaban de cada detalle de la romería.

Así, siendo aún un niño, Ramón Bouzón se implicaba al máximo y, junto a otros jóvenes (y no tanto) preparaba los sólidos cimientos de una fiesta que vio crecer y no quiere ver morir.

El futuro es de los niños

De ahí su satisfacción al ver el interés que este año ha despertado el primer Desembarco Vikinguinho –una réplica de la invasión ideada para niños–, en el que quedó claro que la sangre vikinga sigue corriendo por las venas de los más jóvenes catoirenses y que esta cita internacional tiene el relevo generacional asegurado.

Los orígenes.

Los orígenes. / FdV

Futuras generaciones a las que habrá que explicar, por ejemplo, que un buen día a Moncho Bouzón se le ocurrió enriquecer el Desembarco aprovechando la proximidad de la isla de Castrivello a las Torres de Oeste para escenificar también en ella las incursiones vikingas.

En la isla de Castrivello

En este caso se hizo quemando una cabaña o una torre de madera y “raptando” a una doncella que era subida al drakkar.

Una idea que se le ocurrió a principios de los años 80 y el jefe vikingo propuso a los encargados de Cedonosa, que incluso aconsejaron completar aquella escenificación poniendo gente en la isla para defenderla.

El experimentado vikingo es un firme defensor de los cascos con cuernos.

El experimentado vikingo es un firme defensor de los cascos con cuernos. / Gustavo Santos

El propio Moncho Bouzón y Juanjo López, hijo del que era presidente de la Romería Vikinga, se encargaban de levantar la cabaña y demás preparativos en la isla.

Una representación que muchos recuerdan aún y echan de menos, pues dejó de celebrarse hace años porque el Concello no estaba interesado.

1981

Por aquel entonces, en 1981, decidió personalizar su casco. Los que se usaban eran de plástico y color azul. Cedonosa los encargaba a una empresa alicantina que exigía un pedido mínimo de mil unidades, ya que en caso contrario no los hacía.

Días antes de la Vikinga “vi que había unos cuernos donados por Cedonosa para caracterizarnos como vikingos y se me ocurrió hacer un casco de poliéster y cambiar los cuernos de plástico por unos naturales”.

Y resultó que a sus compañeros les gustaron tanto “que al año siguiente cada uno tenía su casco personalizado, aprovechando que en la fábrica sabíamos manejar el poliéster.

Yo les dije que un vikingo auténtico participa no por dinero, sino porque le gusta esta fiesta y la siente como suya

Por eso los cascos de los vikingos catoirenses tienen los característicos y singulares cuernos, con los que se quiere “aparentar agresividad y más veteranía”.

1982

También puede contarse a los más jóvenes que en 1982 el presidente de la Romería Vikinga, Juan López Castro, pidió a Bouzón “que hablara con los demás vikingos para ir gratis en el barco”.

No hay que olvidar que desde los orígenes de este evento, y para fomentar la implicación de los vecinos, Cedonosa pagaba 500 de las antiguas pesetas a los tripulantes.

Algunos decidieron dejar de acudir, “pero yo les dije que un vikingo auténtico participa no por dinero, sino porque le gusta esta fiesta y la siente como suya”, manifiesta.

Desde ese momento “empecé a organizar el Desembarco Vikingo tratando de consensuar entre todos el modo de ir vestidos”.

Lo que hacía era determinar cómo portarse en la dramatización de la batalla e incluso valorar quién podía embarcar y quién no.

Es decir, que se ocupaba de preparar a fondo y a conciencia aquel Desembarco Vikingo que cada verano crecía un poco más, tanto en intensidad como en espectacularidad y afluencia de público.

Moncho Bouzón junto a miembros del Ateneo Vikingo.

Moncho Bouzón junto a miembros del Ateneo Vikingo. / Gustavo Santos

1985

Ya en 1985, “Cedonosa y el Concello dejaron de encargar los cascos azules de plástico que regalábamos a los que estaban en las Torres, al igual que los escudos y lanzas”.

Era una época en la cual los vikingos esperaban el momento del Desembarco comiendo mejillones y bebiendo vino aguas abajo, en la isla Gabeiras.

Y tras conquistar las Torres, a eso de las dos de la tarde, las bombas de palenque “anunciaban que teníamos que embarcar rumbo al puerto de Cedonosa, donde nos cambiábamos para volver caminando a las Torres y comer allí”.

1990

Fue en 1990 cuando la organización pasó a manos del Concello de Catoira, y aunque en un principio los vikingos queríamos organizar un patronato, finalmente se descartó porque era económicamente inviable.

A pesar de los cambios, la Vikinga siguió siendo “un evento que crea una hermandad por el simple hecho de participar e ir vestido para la ocasión; da igual de dónde seas o de dónde vengas”, espeta el jefe vikingo.

Una persona muy popular en la localidad que, en buena lógica, fue testigo directo de todo tipo de anécdotas, recordando entre ellas la de una mujer que, a finales de los años setenta, acudió por primera vez a la Vikinga “y se puso a rezar pensando que íbamos a atacarla”.

Es un evento que crea una hermandad por el simple hecho de participar e ir vestido para la ocasión; da igual de dónde seas o de dónde vengas

Tampoco se olvida de aquel año que la Guardia Civil hizo un pasillo a los vikingos para que llegaran a las Torres.

Ni de que las mujeres participan en el Desembarco Vikingo desde 1978, sumándose inicialmente al evento disfrazadas con pelucas negras.

En resumen, que Moncho Bouzón, que a principios de los años noventa dejó de enrolarse a bordo de los drakkar y pasó a formar parte del “ejército” vikingo que interviene en la fiesta desde tierra firme, es historia viva de la Romaría Vikinga.

Esa cita que cada primer domingo de agosto escenifica en medio de una multitud un Desembarco que para los catoirenses no es solo una fiesta. ¡Es un modo de vida!

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