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En defensa del rico patrimonio

En defensa del rico patrimonio

Arreglar las calles, convertir las ciudades en habitables y humanizadas, parece un compromiso que cae de cajón. Incluso eliminar los coches -eso sí, todos los coches, excepto los de emergencias- puede tener un pase cuando a punto se está de superar el primer cuarto del siglo XXI.

Pero todo tiene que ir en consonancia. Hacen falta medidas adecuadas y complementarias para que una ciudad sea atractiva, que invite a recorrerla con ilusión, con agrado, que provoque querer volver a vibrar con ella.

Y para eso no solo son necesarias unas aceras anchas o carriles minúsculos, ni siquiera deberían tener que pintarse sendas para bicicletas o patinetes eléctricos, sino que es preciso actuar en el conjunto, convertirlo en armonioso y que produzca sensaciones más allá de la comodidad de pasear sin riesgo por el centro de la ciudad.

Vilagarcía tiene mucho que enseñar, pero para ello hay que poner sus tesoros en valor, desde los urbanísticos, al patrimonio cultural, natural, medioambiental y gastronómico.

Y para potenciar esa riqueza todo el mundo debe ir de la mano. Se trata de dar brillo a un pueblo que ha perdido lustre a pesar de las inversiones que cada año se dedican a mil y una historias.

Empezando por lo más lejano en el tiempo. ¿Por qué O Montiño, para otros Castro Alobre, sigue sin ser el polo de atracción urbana cuando debería ser paseo inexcusable de todos los días? La respuesta es sencilla, pues nadie le quiere dar un empuje, ni comercial, ni cultural, ni siquiera festivo.

Y a su lado, un convento de Vista Alegre y un pazo, conjunto declarado BIC, que hoy conmemora a su patrona Santa Rita, que sus dueños privados guardan con tanto celo que privan al pueblo en general de su disfrute ¡Ojalá llegue el día en que ocurra lo mismo que en Pontevedra con el convento de Santa Clara!

Pero basta dar unos pasos más -muy pocos por cierto- para encontrarse con una casona, el pazo de los duques de Hannover, que en su día lo ha tenido todo y que hoy solo soportan unas ruinas a las que nadie hace caso. Algo que en un día producía embeleso y que hoy supone una vergüenza para quien se atreve a mirar hacia ese magno palacio.

Por qué no continuar hacia uno u otro lado, en dirección contraria a la depuradora de aguas fecales de la ciudad, también en medio de la población. Bien, pronto se llega al complejo policial y judicial, cuando se encuentra un horroroso muro de bloques de hormigón que cierra un solar que Hacienda quiere vender pero no puede y que desde hace muchos años debería formar parte del patrimonio municipal para que ese espacio sea una espléndida plaza de la que disfrute el pueblo.

Y si se siguen con ideas lógicas, habrá que acudir a la antigua calle de la Prosperidad que ya todo el mundo conoce como del Abandono, no solo por el edificio del Balneario sino porque hace mucho tiempo que la han querido convertir en una simple avenida de salida hacia un Carril que también quisieron condenar a ser un arrabal en vez de impulsar su estratégica situación junto a la paradisíaca Cortegada.

Finalmente, para no aburrir con otros muchos ejemplos, ¿Por qué el Ayuntamiento deja que el hórreo de A Xunqueira esté así? ¿Qué pasa con la Casa Jaureguízar, ese ejemplo de arquitectura indiana del que se desalojó a los okupas y que Dorado conservaba mejor? La lista es eterna, inabarcable. Una pena.

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