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Las últimas tabernas que sobreviven en O Salnés del siglo XXI

“Además del chiquiteo se vendían telas, alimentos e incluso hubo años en que venía el barbero a cortar el pelo a los vecinos”

María Jesús Castro, en la taberna “O Chosco” que regenta con su madre Fina. | // IÑAKI ABELLA

Las tabernas tradicionales del rural son hoy un modelo en extinción. En Meaño, había más de una decena repartidas entre las siete parroquias: tabernas de Félix, Galiñáns, Victorino, Enrique, Cayetano… que así las mentaban los vecinos, a falta de nombre comercial. De ellas tan solo subsisten hoy dos, que son las de Valentín en Meaño y O Chosco en Xil, agotando ambas el postrero relevo generacional. Era un modelo de comercio local multisectorial donde en algunas al uso, amén de comestibles, eran lugar de chiqueteo, venta de telas, ropa, ferretería, comercio agrario y sede local de juegos. La más longeva es la taberna de “O Chosco” en Xil, con un siglo a cuestas en el mismo local a lo largo de cuatro generaciones. Delfina Castro García (Fina), a sus 89 años, y su hija Mª Jesús, madre (que regentó) e hija (que lo hace hoy) este establecimiento hacen memoria en esta entrevista.

–¿Cuándo se gestó la taberna y a qué debe el nombre?

– Fina: La abrieron mis abuelos (bisabuelos de Mª Jesús), Vicente García Rosas y Delfina Moldes García. Él acababa de regresar de trabajar en Cuba, donde había quedado tuerto al perder un ojo. En su lugar traía uno de cristal, de ahí le quedó el nombre de “O Chosco”.

–¿De qué años está hablando?

– Fina: Yo nací en 1933. A mi abuela ya no la conocí porque falleciera, pero sí al abuelo Vicente. Cuando tenía yo unos cuatro o cinco años, recuerdo ya esta taberna. Calculo que podía llevar abierta diez o más. El abuelo Vicente contaba que esta taberna había sufrido el ataque de ladrones que bajaban con mulas de robar en el monasterio de Armenteira.

– Una tienda que lleva, ahí es nada, abierta un siglo.

– Mª Jesús: Si, a excepción de un año, en que al acabar la Guerra Civil las autoridades franquistas mandaron cerrarla.

– Fina: Fue la tirria entre los dos bandos. Se conoce que el abuelo simpatizaba con los republicanos y el otro bando (el franquista) lo sancionó cerrándole la taberna por un tiempo. En ese tiempo mismo abrió una segunda tienda en Xil, que era la de Martiño.

–¿El establecimiento pasó de sus abuelos a sus padres?

–Fina: Así fue. Pasó a manos de mis padres, Ramón Castro Torres y Rosa García Moldes. Mi madre falleció cuando yo tenía 13 años (1946). Nosotros éramos cinco hermanos, de ellos tres mujeres. Como yo era la más joven me quedé al cargo de la taberna y de mi padre; y mis otras dos hermanas hicieron vida, una en Ribadumia y otra en Pontevedra.

– ¿La taberna fue el modo de vida de la familia?

– Fina: La taberna y las ferias. Mi madre vendía telas por las ferias: en las de Meaño (cada 13 y 29 de mes), en las de Cambados, Mosteiro... Hacían kilómetros y kilómetros con los fardos a cuestas en un carrillo. Aquellos eran tiempos duros. Mi madre acabó cogiendo una anemia, le afectó al pulmón, y ello precipitó su muerte a los 43 o 44 años.

– ¿Cuándo asumió usted la taberna?

– Fina: Muy joven. Con 20 años estaba ya al frente de ella. Y siempre soltera… A mis 89 años creo que ya no tengo edad para casarme (risas).

– ¿Recuerda las cartillas de racionamiento cuando venía a comprar la gente?

– Fina: En la cartillas apenas había cupones para dos o tres cosas: aceite, harina y azúcar, poco más.

– ¿Cómo era la taberna de aquellos años 50-60?

– María Jesús: Era tienda de comestibles, telas, ropa, sulfatos, ferretería… y bar a un tiempo. Abría todos los días de la semana… y del año. Aquí se vendía de todo. Añadido, al fondo, en un local al que se entraba por la propia taberna, cortaba el pelo y afeitaba el barbero de Xil, Hermosindo Solla, que acudía dos o tres veces por semana, domingo incluido. Además, aquí ensayaban los vecinos las “xaneiras” para salir luego con ellas de noche por Navidad. Por lo demás, la taberna, con una zapatería que había justo al lado, eran lugares de encuentro de vecinos cada noche. Aquí compartían tiempo, juegos, y otras veces discutían o incluso peleaban.

– ¿Qué artículos de alimentación se vendían entonces?

– María Jesús:: El aceite se vendía a granel por cuartillo, lo mismo el azúcar, la harina... Había que pesarlo todo. Recuerdo como hasta el chocolate, que era el duro de tableta gruesa de “La Perfección”, se vendía por onzas.

– Fina: Tales eran las dificultades, que recuerdo bien como, cuando por Navidad, una mujer muy humilde entró a comprar dos pesetas de membrillo, casi una lámina: “Hoxe nace o Neno Xesús -dijo- e debo levar un postre para que a familia poida mollar os beizos con este dóce”, dijo.

– ¿Y qué se vendían en las demás secciones?

– M.J. Solían venderse telas, como mahón y lienzo. Por entonces las mujeres confeccionaban sábanas, pantalones, camisas… De aquella toda mujer sabía de costura para tratar de vestir a la familia. También se vendían jerséis, chaquetas, un poco de todo. Luego estaba la venta de sulfato de piedra y otros artículos de ferretería, herramientas de campo como “sachos” (azadas), rastrillos, “peneiras”…

– Esto debía ser como unos grandes almacenes en el rural, ¿no? Y a la hora de financiar la compra ¿se contemplaba fiar?

– Mª Jesús: Había un gran abanico de productos y fiar era una práctica habitual en unos años de muchas dificultades: algunos vecinos lo compraban así, añadiendo el “anótame ahí”. Era un acuerdo oral, que se basaba en la confianza. Luego pagaban poco a poco, por semana, a fin de mes… según podían.

“Había albariño, pero no era vino de mostrador”

–En cuanto a la sección de bar: qué era lo que más se servía en el mostrador en aquellos 50-60?

– Mª Jesús: En las horas punta de bar, sobre todo se servía tinto país y catalán blanco. Aquí era también parada de los autobuses de la firma Balea, y a la hora en que llegaba, se apeaba la gente que venía de Pontevedra e incluso el conducto tenía ya preparada en el mostrador su chiquita diaria de vino. 

–¿Recuerda servir los primeros albariños?

– Mª Jesús: El albariño era un vino que había algo en esta casa, pero se tomaba en una ocasión especial, no era vino de mostrador. A lo sumo, se tenía servido en alguna ocasión, y recuerdo la protesta de un cliente que le decía al abuelo que aquello no era vino… Cuando pedían un vino blanco, se servía catalán (vino hoy prácticamente desaparecido).

–¿También servían café?

– Fina: No. La gente que podía de solía tomárselo en casa. Bueno, café no, se tomaba agua con achicoria, que era más barato. En ocasiones, si podía permitírselo, mezclaban un poquito de café 

– Decían que la taberna era también local de juegos. ¿Cuáles eran aquéllos en los que más mataba el tiempo la gente?

– Fina: Sobre todo se jugaba a las cartas. En aquellos años, cuando se producía un incendio en el monte, era obligado subir a apagarlo. Si eso sucedía, los que estaban echando la partida en la taberna, se escabullían saliendo por una escalera de atrás, para no ser reclutados por las autoridades.

– Mª Jesús: Otro de los juegos era la llave. Se tenía una en la taberna y la colocaban ahí fuera cuando la pedían los clientes. En los 90, cuando se retomaron un tanto los juegos populares olvidados, alguien nos la pidió que la teníamos ahí parada, y ya no volvió.

–¿Y para cuando llegaron los primeros refrescos?

– Mª Jesús: Los primeros que recuerdo aquí era el Fis-Fas en los años 70. Luego, la gaseosa Pitusa, la Mirinda, los primeros helados de Avidesa. Por aquellos años cinco o seis pesetas cundían mucho.

– ¿Cuándo entran en decadencia estas tabernas del rural?

– Fina: En alimentación fue con la llegada de los supermercados en los años 80. Luego, más aún, con las grandes superficies. Las crisis afectan más a los comercios más pequeños.

¿Percibió algún repunte en ventas con la irrupción de la COVID?

– Mª Jesús: Testimonial. Cuando el confinamiento y el miedo a salir, algunos vecinos optaban algo más por este comercio inmediato y cercano.

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