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Mirador de Lobeira

Voz de ultratumba y autodiagnóstico

Voz de ultratumba y autodiagnóstico

Primera hora de la mañana de un lunes cualquiera y en las oficinas y empresas suena un teléfono conocido del que sale una voz de ultratumba de un trabajador vs. funcionario que con dolor del alma explica que el fin de semana dio positivo en el test y no sabe si aislarse del mundanal ruido o recurrir al teletrabajo, que es la opción menos mala para la economía nacional.

La conversación es corta pues los protocolos son dispares y en lo único que coinciden es en la necesidad del uso permanente de la FFP2, de esas que no dejan casi respirar, bien apretada. Nada de mascarillas quirúrgicas, que ahora se sabe que solo sirven para no manchar de líquidos extraños a los que sufren el bisturí en la camilla del quirófano. Vamos, como un salvamanteles.

Y ¡hala!, a ver qué dicen los responsables. Toca saber el resultado del test de antígenos, quizá mejor una PCR para confirmar que la baja es oficial. Pero como ahora no hace falta ni eso, quien más y quien menos se hará la prueba en casa y con un desembolso de 2,94 euros ya es suficiente.

Son quince minutos de espera y las dos rayitas ya garantizan que uno se podrá coger siete días de prolongación navideña a mitad de enero, que no está nada mal, aunque luego haya que quejarse de la inflación, que se dispara.

Entretanto sigue la conversación. La voz mejora bastante y llegan las bromas. ¿No habrá puesto unas gotitas de zumo de naranja en el reactivo de la tira? Ja,ja,ja. Ojalá fuera así, responde el trabajador vs.funcionario, cada vez con un mejor tono de voz, como cuando a uno se le pilla despistado y a sabiendas de que en el guasap tiene fotos del artilugio de Genrui, ese que da falsos positivos..., preparadas por si acaso. Y nadie piensa que la conversación es entre Rinconete y Cortadillo y tampoco se duda de que el trabajador, si lo es, a veces se despierta desganado, cansado, molesto e incluso con dolor de cabeza.

Pero el COVID las pinta calvas sobre todo en momentos de explosividad como el de la sexta ola que contagia solo con citar su nombre. Existe, claro está, mucha aprehensión pues en estos dos años ha habido muertos, enfermos muy graves que se han pasado meses en las UCI, secuelas persistentes e incapacidades graves que nadie puede dejar al margen.

Y entonces llega el momento de pensar en que el sistema sanitariose ha quedado ahora de brazos caídos, dicen que por el bien de la sociedad y por salir del precipicio. Un sistema que escurre el bulto con bajas médicas automáticas en vez de supervisadas por un especialista para evitar contagios y picardías. Entre otras cosas porque es necesario proteger a la sociedad y que una autoridad marque con criterio las pautas a seguir en el caso de que el positivo sea en realidad un enfermo y, por otro, para evitar un doble rasero entre listos y parvos, entendiendo que los segundos son aquellos que cuando remolonean al madrugar, o les apetece procrastinar no piensan en un contagio de coronavirus sino en un buen desayuno.

De ahí la responsabilidad de una administración que sigue dando bandazos con protocolos que sirven hoy y que mañana están desfasados, en los que quedan tantas lagunas que resulta imposible entender lo que quieren decir. Una vulnerabilidad que ha quedado de manifiesto desde el primer momento cuando ni las multas impuestas en el confinamiento estricto o durante los cierres perimetrales fueron efectivas. Errores imperdonables que simplemente hacen dudar y que alientan la nueva picaresca. Se trata de modular la voz del interfecto.

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