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¿En qué se parecen una uva y una fresa? La cruda vida de los migrantes en los campos de Huelva

Chabolas de Lepe en las que se alojan migrantes que han cruzado el Estrecho. | // A. VÁZQUEZ

Son dos recogidas de dos frutos que, junto al turismo y al mar, dan de comer a dos comarcas. En eso se parecen una uva y una fresa, para el caso que nos ocupa. Cada año, O Salnés se aventura en las parras para pelar sus ramas y nutrir de uvas la cosecha de la DO Rías Baixas, con el esfuerzo siempre de sus gentes, sirviéndose los bodegueros tanto de manos familiares como de otras contratadas. Estas últimas, por supuesto, acuden a las fincas con la mayor de las libertades, conscientes de lo que es vendimiar y con un salario previamente pactado con su empleador. Así, los viñedos de Cambados, Meis o Portas se contagian de una actividad sana, aunque dura por sus características y, seguro, con muchas cosas a mejorar, pero también con muchas otras ya mejoradas.

Migrantes comparten su cuscús en el albergue de Asnuci. | // ANDRÉS VÁZQUEZ

Quien esté familiarizado con la industria frutera onubense sabrá que las similitudes laborales y sociales de esta con la vendimia se acabaron con el primer punto del primer párrafo. Así lo ha constatado un equipo de la ONG gallega Agareso, la Asociación Galega de Comunicación para o Cambio Social. Como viaje de cierre del XI Seminario de Comunicación Social y Cooperación Internacional, que realiza en dependencias de la Universidade de Santiago, se ha ido a Lepe (Huelva) con algunos de sus alumnos para grabar un documental sobre la realidad de los temporeros de la fresa en el campo de Huelva. Ese documental, dirigido por el ganador de un Mestre Mateo Antonio Grunfeld, estará más pronto que tarde a disposición del público narrando una realidad que su equipo avanza a una de las ediciones “vendimiadoras” de FARO DE VIGO.

Restos del poblado tras uno de los frecuentes incendios. | // A. VÁZQUEZ

Dos por uno en mentiras

Muchas de las personas que se afanan en recoger la cosecha fresera de las fincas de Lepe o Palos de la Frontera vienen desde África. Existen dos perfiles mayoritarios: el hombre que cruzó el desierto del Sáhara en condiciones infrahumanas durante un viaje de varios días y que luego pagó miles de euros para subirse a una patera en algún lugar del Magreb para llegar a Andalucía, y que fue engañado cuando le vendieron un futuro mejor en Europa; y, por otro lado, la mujer marroquí a la que le prometieron unas condiciones laborales dignas con un contrato temporal y un salario a la altura del español que le serviría de mucho una vez de vuelta a territorio magrebí. Como los primeros, muchas de estas últimas sueñan con quedarse en Europa una vez terminado el contrato, a pesar de conocer la precaria vida que pasarían a sufrir.

Las mujeres que llegan de Marruecos ven limitados sus derechos básicos

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A las mujeres les prometen cómodos barracones durante su estancia recogiendo fresa, pero lo que se encuentran es una especie de ley de la selva donde manda el capataz. A su merced, son hacinadas en casas sin apenas servicios básicos, donde esperan a ser recogidas cada día para trabajar. En la práctica tienen privada su libertad, pues no pueden entrar o salir sin el permiso de sus capataces. Muchas de ellas, por ello, quedan expuestas a la vulneración de sus derechos, no solo a la pérdida de la libertad de movimientos, también a carecer de una integridad física y mental que se ve puesta en jaque constantemente por las situaciones de presión y trabajo casi esclavo a las que se ven sometidas. Ellas son fuertes, dicen, están dispuestas a aguantar por sus hijos, a los que no ven desde que dejaron Marruecos.

Prohibido alquilar

A causa del racismo que rebosa gran parte de la sociedad lepera, muchos propietarios se niegan a alquilar sus pisos a temporeros migrantes, por lo que se crean los poblados chabolistas como respuesta a esta situación. Aunque trabajen y tengan dinero se ven condenados a malvivir entre plásticos, bombonas de butano y suciedad.

La convivencia en los poblados no está exenta de riesgos y son habituales los incendios en las infraviviendas

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No solo eso, las sociedades que allí se forman están fuertemente tensionadas, al tener todos sus habitantes grandes necesidades económicas y un enorme desarraigo social, por lo que la convivencia suele ser peligrosa para los migrantes.

De este modo, abundan los incendios de chabolas, bien por la mala combustión de las bombonas que usan para cocinar y calentarse, bien por las venganzas personales. Pero no hace falta la catástrofe de quedarse sin hogar, por precario que sea, para comprobar las penurias sociales, económicas y hasta biológicas que viven estas personas, que llegan a Europa pensando descubrir El Dorado y lo único de ese color que se encuentran son los invernaderos a la luz del sol.

Solo interesan cuando hay fruta para recoger

Los migrantes no pueden más que ponerse en las manos de las ONG ante el rechazo que sufren por parte de todos. Y eso de “todos” no es una exageración, pues tanto las instituciones públicas como la propia sociedad de Lepe o Palos de la Frontera son, a todas luces, hostiles contra ellos. El racismo impera sobre el caliente asfalto de esta costa tan turistificada, generando un rechazo social manifiesto luego en las opresivas relaciones laborales.

El Ayuntamiento de Lepe puso las bases en 2008 para la construcción de un albergue público que acogiera a estas personas temporeras, un edificio que, a día de hoy, todavía sigue con sus columnas al aire. Es por ello que la Asociación de Nuevos Ciudadanos por la Interculturalidad (Asnuci) se ha liado la manta a la cabeza para construir por su cuenta un albergue.

“Aquí conviven personas de las más diferentes nacionalidades que sin estas cuatro paredes estarían en la calle”, sentencia Alba Rudolph, trabajadora social en Asnuci, evidenciando que las ONG “están haciendo el trabajo que correspondería a los gobiernos”.


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