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Una usuaria de Cáritas en silla de ruedas: “Vivía en un remolque de camión y ahora en una nave”

Zoila Díaz y Miguel Carreiro preparan las dosis de Janssen para administrárselas a 19 usuarios del comedor de Cáritas, ayer.

Olga Toledano y su amiga C.P.R. son las primeras de la fila a las puertas del comedor social de Cáritas, en Vilagarcía. Están a la espera de ser vacunadas contra el COVID gracias a las gestiones realizadas por la entidad ante el Sergas. “Estamos muy agradecidas, la trabajadora social es majísima. ¡Hasta nos vacunan!”, recalcan.

Ambas son usuarias de Cáritas desde hace un par de semanas. La vida no les ha ido bien y han recurrido a la ONG religiosa en busca de ayuda. “La gente no debe tener vergüenza de venir aquí. En esta situación de necesidad puede encontrarse cualquiera”, comenta la amiga de Olga, una vilagarciana de 32 años que carece de hogar, trabajo e ingresos: “Me quedé tirada y ahora estoy viviendo con un amigo que me acogió en su casa. Vengo todos los días a comer a Cáritas y también me dan una bolsa con comida”, relata la joven, dispuesta a contar su experiencia para animar a otras personas en situación de vulnerabilidad a pedir ayuda.

Titulada en idiomas

“Tengo títulos de alemán e inglés de la Escuela Oficial de Idiomas, ¿pero dónde trabajo ahora en turismo? La pandemia ha afectado a todo”, manifiesta. “Y ahora mismo no tengo coche, lo que complica la posibilidad de encontrar un empleo”, añade. Su automóvil está en el taller, pero sacarlo reparado le cuesta unos 300 euros que no posee. “Cuando me den la prestación que estoy tramitando iré a buscarlo”, dice con optimismo.

“La gente no debe tener vergüenza de venir aquí. En esta situación de necesidad puede encontrarse cualquiera”

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Enferma y sin hogar

Su amiga Olga se encuentra en una situación todavía más grave y desesperada. Sufre serios problemas de movilidad (se desplaza en una silla de ruedas), enfermedades “irreversibles” y no tiene casa. Actualmente ella y su marido viven en una nave industrial situada en el casco urbano de Vilagarcía que el propietario les deja de forma totalmente desinteresada. “Ahora estamos nosotros y otra persona más. Hasta nos empadronamos allí”, confiesa Olga Toledano. “El dueño se porta muy bien, acoge a todo el que no tiene a donde ir”, apostilla C.P.R. mientras dentro del comedor de Cáritas los enfermeros Miguel Carreiro y Zoila Díaz preparan las dosis de Janssen que administrarán a 19 usuarios del comedor social tras el acuerdo alcanzado entre la ONG y el Sergas.

Prestación de 400 euros

Olga dispone de una paga de 400 euros, una cantidad de dinero insuficiente para vivir. El precio del alquiler en Vilagarcía -y también en municipios del entorno, apunta- supone un fuerte obstáculo a la hora de salir del pozo, de emprender el camino hacia una ansiada reinserción sociolaboral.

Tiene 49 años y es natural de Huelva, aunque lleva más de tres viviendo en Arousa. Su marido está actualmente trabajando en la vendimia, “pero es algo puntual”, aclara Olga.

“Nos quedamos sin casa. Bueno, vivíamos en el remolque de un camión, pero allí teníamos nuestras cosas y nos las tiraron a la calle”, lamenta esta vecina que se mueve en silla de ruedas.

Al igual que su amiga, agradece enormemente “lo que Cáritas ha hecho por mí”, especialmente la trabajadora social, Tonia Vidal.

MAR VIQUEIRA, PRESIDENTA DE CÁRITAS: "EL PRECIO Y LOS REQUISITOS DE LOS ALQUILERES SON UN PROBLEMA"


La nueva presidenta de Cáritas Interparroquial de Arousa, Mar Viqueira, ha observado un repunte en la demanda de ayuda. “Está empezando, derivada de la crisis económica. Antes aún estaban los ERTE pero ahora mucha gente se ha quedado sin nada”, comenta Viqueira.

Entre los nuevos usuarios asegura que hay tanto personas a título individual como familias enteras con menores a su cargo. Con respecto al tipo de ayuda, también son diversas pero la falta de vivienda se lleva la palma: “El alquiler es un gran problema”, dice en alusión a los altos precios y “a los requisitos que se piden que mucha gente no cumple”.

El comedor social no ha cerrado en toda la pandemia. El único cambio aplicado es que el domingo se facilita a los usuarios una bolsa con comida en lugar de almorzar en las instalaciones. El motivo es que ese día el comedor es atendido por voluntarios y estas personas dejaron de acudir a la se de la plaza de la Constitución por motivos de prevención tras estallar la crisis del COVID. “Ahora queremos empezar a retomar todas las actividades, como la formación o las que hacíamos en San Cibrán”, anuncia Mar Viqueira. Aclara que el ropero está en funcionamiento.

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