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Mirador de lobeira

Duelo por las víctimas de Ribadumia

Ahora que la estadística ha recuperado su hueco en el campo del conocimiento común, cuando todo el mundo habla de gráficas, curvas y puntos de inflexión, o de picos y mesetas, es como mejor se valora la dimensión de la catástrofe. Seis personas fallecidas en una semana puede suponer una anécdota, ora porque la cifra apenas rebasa los dedos de una mano, ya porque es el sino de los mortales.

Pero si se traslada al plano de la ponderación a través de coordenadas y curvas, lo que ha ocurrido en Ribadumia alcanza el grado de desastre, a idéntico nivel que en las grandes ciudades cuando se comparaba el accidente de un boeing con el número diario de víctimas por coronavirus. Pues bien, al extrapolar esos parámetros, esos vectores de los que tanto habla el doctor Simón, el parangón de Ribadumia podría ser el de un minibús que se estrella y deja seis víctimas mortales en apenas unos días y otros pasajeros del SARS que todavía siguen hospitalizados en espera de evolución.

Para conocer la dimensión de la calamidad humana basta con hacer simples reglas de tres o una ecuación de primer grado; es decir cálculos elementales de x e y que deberían conocer los gobernantes, las instituciones religiosas o civiles y las numerosas asociaciones que defienden cualquier atisbo de discriminación humana.

El ejercicio consiste en una simple multiplicación en el que el enunciado sería: “Si una localidad de 5.000 habitantes tiene seis fallecidos por Covid en una semana, si ocurriera en otra de 4.000.000 de vecinos como Madrid ¿cuántas serían las víctimas?”

Pues como ven la solución es sencilla, bastaría con poner tres ceros al lado del seis y salen las cuentas: un total de 6.000, o lo que es lo mismo, mil cada día.

Esa cifra si que permite comparar la magnitud de la tragedia con un Yak estrellado cada día, y las autoridades saldrían de inmediato a dar explicaciones, los periódicos escribirían decenas de páginas y los colectivos se echarían las manos a la cabeza.

Claro que es un terremoto social excepcional como demuestran las Matemáticas más simples, pero sobre todo una tragedia porque las víctimas son precisamente las más vulnerables, aquellas que se ganaron el derecho a seguir en este mundo el tiempo que su naturaleza les tuviera reservado. La indiferencia es precisamente lo que en estos convulsos tiempos no se debe admitir. Las familias tienen todo el derecho a recibir el calor, el abrazo, el respeto, la comprensión de quienes tenían la obligación de cuidarles, y no lo han hecho. ¡Claro que hay que pedir responsabilidades!

Pero como la Justicia es lenta, es la sociedad la que debe actuar de inmediato, ese primer paño de lágrimas. Las seis víctimas, que tienen nombre y apellido, se merecen el homenaje de todo el pueblo en el que se han pasado los últimos cinco, diez o quince años de sus vidas. También de la comarca, de la provincia y de Galicia.

Y ni una mísera flor, ni un homenaje póstumo, ni un solo día de luto, ni un mensaje de amor fraterno, ni una mano en el corazón o un simple gesto con el codo.

Simples presupuestos del Humanismo y sus preceptos de razón, ética y moral, que a estas alturas del siglo XXI es la gran secuela que deja el despreciable Covid.

Pero se está a tiempo de reaccionar: un telegrama, un ramo de flores, un abrazo por videoconferencia, un gesto de comprensión... Mejor, un homenaje en la plaza del pueblo, un crespón en las banderas o tres días de duelo en estos tiempos de dudas e incertidumbre.

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