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Una experiencia truncada por el Covid

El cesureño Raúl Piñeiro tuvo que huir de Grecia en pocas horas debido al confinamiento decretado allí cuando disfrutaba de una beca en el laureado Panathinaikos de baloncesto

Raúl Piñeiro posando delante del escudo del Panathinaikos. FdV

El covid también tiene la facultad de echar por tierra sueños e ilusiones. Eso fue lo que le sucedió a Raúl Piñeiro Rodríguez, que tuvo que abandonar de manera abrupta Grecia cuando allí se encontraba disfrutando una beca para formarse como entrenador de baloncesto en la estructura de cantera del Panathinaikos de Atenas, uno de los clubes más laureados del baloncesto europeo.

Alumno del ciclo técnico de entrenador de baloncesto del IES Fermín Bouza Brey, Raúl no dudó ni un solo segundo cuando le fue planteada la posibilidad. Por delante tenía diez meses para convertirse en uno más dentro del organigrama de trabajo de la cantera ateniense y desde el 6 de septiembre, día de su llegada a la capital helena, puso todo el empeño posible para adaptarse a las exigencias que la empresa implicaba.

“Al principio costó mucho hacer cada día lo mismo que hacía en toda una semana en mi club, pero una vez estabas adaptado la verdad que todo estaba siendo increíble en todos los sentidos. Te hacían sentir como uno más y cada día que pasabas allí era una experiencia alucinante”, expresaba el cesureño.

La posibilidad de poder entrenar cada día en el complejo deportivo olímpico Oaka era una especie de sueño convertido en realidad. Reconoce que “yo empecé a los 7 años en el baloncesto y pasé muchísimas horas en el pabellón de Pontecesures. Con 24 años verte en ese escenario participando de los entrenamientos y, sobre todo, aprendiendo, estaba siendo un auténtico sueño. Lo estaba disfrutando de una manera muy especial porque realmente me sentía un privilegiado estando allí”.

Y fueron transcurriendo las semanas con un Raúl Piñeiro cada vez más adaptado al ritmo que le había impuesto el profesionalismo de un club como el Panathinaikos. “Eran seis horas diarias en el pabellón a donde llegaba desde el piso que tenía alquilado. Llegabas de vuelta a casa todos los días cansado, pero muy reconfortado porque sabías que estabas formándote cada día”.

Lo de formaciones en el extranjero no era nada nuevo para el joven cesureño. Su otra pasión es la carpintería y la realización de su ciclo de Formación Profesional le llevó durante un año a Italia. Eran otros tiempos, los de la vieja normalidad. Tiempos e n los que Raúl Piñeiro también tuvo tiempo para ganar el Galicia Skills, un concurso de alumnos de FP a nivel autonómico en el que el joven se mostró como el más hábil a la hora de crear piezas de madera.

Cuatro años después, Grecia le abrió las puertas al baloncesto más elaborado y como él mismo reconoce, “ahora mismo no entendería mi vida sin baloncesto”. De ahí que pasar tantas horas en los dos últimos meses en el complejo olímpico Oaka era casi como una película de ciencia ficción, “trabajaba con jugadores de todas las edades y las últimas semanas estaba con el juvenil A. Me dejaban participar de las dinámicas y llevar a cabo algún ejercicio”.

Y el lunes 2 de noviembre la bofetada del covid apareció con fuerza. “Estábamos viendo un entrenamiento del equipo de Euroliga y nos dijeron que en cuestión de días Grecia iba a pararlo todo. No se iba a poder entrenar y sin fecha de vuelta por lo que el responsable de cantera del Panathinaikos nos dijo que si quería volver a España nos diésemos toda la prisa posible”.

Las dudas asolaron a Raúl sobre qué hacer. Quedarse en Atenas y esperar la vuelta de la actividad y continuar con su beca hasta junio o volverse a casa. “La verdad es que todo lo que estaba viviendo me supo a poco porque lo estaba disfrutando muchísimo, pero hablé con mi madre que me echaba un montón de menos y aposté por volver a casa con la esperanza de poder regresar más adelante”.

Fue entonces cuando se puso en marcha toda la maquinaria para regresar a casa. Y es que los protocolos actuales obligan a unos trámites que lo ralentizan todo. Finalmente se pudo gestionar el billete de vuelta y Raúl Piñeiro voló de vuelta a Madrid, con escala en Amsterdam, para tomar un último tren a Santiago “donde mi hermano me esperaba para rescatarme”.

Atrás queda una experiencia tan increíble como incompleta, pero con la tranquilidad de volver a casa en tiempos convulsos.

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