Alrededor del año 1885, Esperanza de Salazar y de Lis contrajo nupcias con Manuel Calviño, entroncando ambas familias. De aquel matrimonio nacieron 14 hijos. La muerte de Esperanza de Salazar y de Lis supuso la liquidación del mayorazgo, decisión adoptada en vida para posibilitar el reparto de la herencia entre los 13 hijos vivos (Benito falleciera con tan solo cinco días). Al propio Manuel Calviño (hijo) le fue legada la parte sur del pazo, mientras que a tres hermanas, Rosa, Esperanza y Maruja, en su condición de solteras, se le asignó el eirado y la parte grande del pazo. Fue así que, hacia los años 30, en plena II República, se confirmó la partición del pazo que llega a hoy.

El golpe y la Guerra Civil contribuyeron a dispersar a la familia y dilucidar el futuro del pazo. La mujer más joven de aquel linaje de 14 hermanos, Ángeles Calviño de Salazar y Lis, había contraído nupcias con Virgilio Trabazo Serapio de Figueroa. Como quiera que su marido y uno de los hermanos de Ángeles (Ramón Calviño), simpatizaban con la República, tuvieron que evitar el linchamiento exiliándose a Argentina ya en 19 julio de 1936. En 1941 mujer e hijos lograron reunir a la familia en Buenos Aires, donde permaneció 11 años.

Mientras, en España, Manuel Calviño de Salazar y Lis, mantuvo su parte meridional del pazo, primero alquilada como residencia de Míguez, secretario del juzgado, y luego como aula femenina de la escuela durante el régimen en una breve etapa. Fue en 1946 cuando Manuel Calviño accedió a la venta de esa parte del pazo al concello, por unas 80.000 pesetas de entonces. Pasó a convertirse así en sede provisional del consistorio, tras el incendio del anterior en Outeiro (1946) y el frustrado traslado para asentarlo en Dena. Ofició como tal hasta 1952 en que se trasladó al nuevo inmueble que se había construido en A Feira, sobre un terreno cedido para la causa por José Solla (hoy Casa de Cultura). Fueron 6 años en que el pazo albergó también en una estancia de la planta baja -la que hoy es pequeña sala museo- los sacos de harina de trigo, incautados por la Guardia Civil en los años del estraperlo en la posguerra.

Luego esa parte sur del pazo pasó a ser residencia del secretario del ayuntamiento, Vicente Mato Sierra -al que, como todos los secretarios municipales se veneraba y temía entonces- y su mujer Justa Fernández Álvarez, en los años del régimen. La muerte de ella en 1978 y la jubilación inmediata de él, le hizo dejar el pazo para pasar sus últimos años en Santiago. Desde entonces, esa parte sur del edificio quedó abocada al abandono y al olvido.

A la par, Ángeles Calviño y Virgilio Trabazo permanecieran con sus hijos en Argentina hasta 1952. A su regreso, en represalia, a él ya no le repusieron en su cátedra de la Universidad de Oviedo. Únicamente le concedieron en 1953 una en un instituto de la ciudad.

Restauración íntegra del interior del inmueble

La parte central del pazo permanece ligada desde entonces a la familia Frieiro Rodiño, que la reconstruyó y remodeló a su gusto para convertirla en vivienda estable de la familia. Mientras, la parte sur quedara abandonada desde 1978, sin realizarse tarea alguna de mantenimiento durante 25 años. Su interior acabó semiderruido, manteniéndose solo incólume la fachada. El concello llegó a barajar su venta, tanto bajo la presidencia de Germán Rodiño como de Jorge Domínguez. Fue en 2003 cuando el gobierno local reconsideró su postura. En base a una financiación de la UE, que llegaba a través del programa Interreg de cooperación, con objeto de crear una red de pequeños museos comarcales, Meaño lo aprovechó para recuperarlo, bajo el pretexto de albergar un museo (a la postre, simbólico) dedicado a la Muller Labrega. En base a ello se invirtió en la recuperación de esa parte pazo un total de 193.000 euros. A través de esta actuación sobre el bajo y dos plantas del edificio, se habilitó una pequeña sala museística en la zona de entrada.