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Solidaridad y deporte en el techo de África

El farmacéutico y conservero cambadés Íñigo Silva corona el Kilimanjaro y colabora con una ONG que ayuda a niños en Tanzania

En la imagen superior, Silva (tercero por la izquierda) en la cima del Kilimanjaro. A la derecha, niños junto al pozo y el depósito de agua del colegio, en Moshi (Tanzania). // Cedidas

En la imagen superior, Silva (tercero por la izquierda) en la cima del Kilimanjaro. A la derecha, niños junto al pozo y el depósito de agua del colegio, en Moshi (Tanzania). // Cedidas

El Kilimanjaro es un monte mítico. Ernest Hemingway lo hizo eterno para la literatura con una novela breve que discurre a sus pies; y, hoy, es uno de los destinos más codiciados por los montañeros y senderistas de todo el mundo. Los masai conocían la montaña como "la Casa de Dios".

Hace unas semanas, el farmacéutico y conservero cambadés Íñigo Silva Peña viajó a África para subir el Kilimanjaro. Pero su viaje fue mucho más que una experiencia deportiva, puesto que aprovechó para trasladar a Tanzania un lote de medicinas, y para colaborar con Born to learn, una organización no gubernamental que ayuda a niños en situación de pobreza, con discapacidad o albinos.

Íñigo Silva, de 52 años, está acostumbrado a hacer deporte. Ha terminado tres ironman (triatlones de larga distancia), y ha hecho cima en picos míticos del montañismo español, como el Espigüete o el Curavacas, ambos en Palencia, o el Teide canario. En esta ocasión, sin embargo, el enemigo era otro. Uno puede llegar a lo más alto del Kilimanjaro a pie, sin necesidad de cuerdas y técnicas de alpinismo... Siempre y cuando el mal de altura no le obligue a bajar antes de tiempo.

Con los niños en Moshi

Íñigo Silva se estableció en Moshi, una ciudad al norte de Tanzania de 145.000 habitantes, y rodeada de enormes plantaciones de caña de azúcar. Los trabajadores temporeros se hacinan a las afueras, en pueblos pobres como New Land, en el que trabaja Born to learn (Nacido para aprender, en castellano). El cambadés se puso en contacto con la española que dirige la asociación, y además de llevarles medicinas, fundamentalmente antibióticos y analgésicos, pudo observar durante varios días la importancia de su labor social. "Tienen un colegio y dan 800 comidas al día", explica.

En New Land la gente es muy pobre. Viven en chabolas de apenas cuatro metros cuadrados, levantadas con chapas. De no ser por organizaciones como Born to learn, los niños no tendrían acceso a una educación digna y en muchos casos pasarían hambre. "A los más pequeños les dan las tres comidas. A los más mayores, de comer y de cenar. Hacen una labor social muy importante", añade Silva.

El arousano no dejó los medicamentos y se marchó de turismo sin más. También echó una mano a la asociación, ayudándoles a pintar algunas instalaciones de la escuela, que la asociación levantó con botellas de agua de plástico llenas de arena y un mortero de cemento, pues los ladrillos son muy caros. También les hizo una limpieza en el botiquín, que tenía más de un fármaco caducado. También les compró un equipo de música, para que puedan utilizarlo en clase.

Born to learn tiene otro centro, a unos 100 kilómetros de Moshi, en el que dan cobijo y enseñan un oficio a niños albinos o que nacen con alguna discapacidad. Íñigo Silva resalta la importancia de este centro, "porque los niños discapacitados acaban en la calle y abocados a una muerte segura".

En Tanzania, la mayoría de las familias apenas tienen dinero para sostener a los hijos sanos, de ahí que los discapacitados sean en ocasiones expulsados del hogar. Por si eso fuese poco, hay quien cree se trata de seres poseídos por el demonio, de ahí que nadie les ayude ni alimente. Sin asociaciones como Born to learn, morirían en poco tiempo.

Tras su expedición al Kilimanjaro y poder visitar los parques nacionales del Serengueti y Ngorongoro, Silva aún pasó casi una semana de nuevo con la asociación, conociendo su trabajo con los chavales. Ha quedado tan gratamente impresionado por su labor que les ha pedido que le envíen unas presentaciones, para él promocionar en Galicia el trabajo de Born to learn y conseguirles socios y donaciones.

El techo de África

El Kilimanjaro es la montaña más alta de África (5.895 metros), y si las montañas se midiesen no desde el nivel del mar, sino desde su base, sería también el pico más alto del planeta, al superar en unos 400 metros al Everest. "La Casa de Dios", como es conocida por la tribu de los masai, es una montaña mítica para los amantes del deporte al aire libre. Silva, que lleva años recorriendo los montes españoles, se propuso coronarla este invierno.

Para subir al Kilimanjaro existen seis rutas posibles, y el empresario cambadés escogió la más larga, para de ese modo empaparse más de la naturaleza y la cultura locales y facilitar la aclimatación al temido mal de altura, una serie de síntomas que pueden presentarse a partir de los 2.500 metros sobre el nivel del mar a consecuencia de la menor presencia de oxígeno en el aire, y que en casos extremos puede llegar a ser letal.

Íñigo Silva escogió el viaje de 10 días, durante los cuales le acompañaron en todo momento un equipo de guías profesionales y de porteadores de la etnia chagga, una suerte de superhombres capaces de saltar de risco en risco sin miedo a caer al vacío y de correr a miles de metros de altura como si lo hiciesen al nivel del mar.

El trekking discurrió sin sobresaltos, siempre por caminos anchos y seguros, con excepción del inquietante paso del Muro del Barranco, hasta que al atravesar un collado situado a 4.500 metros de altura, Íñigo Silva empezó a sentir algo extraño. "Era una sensación rara, me notaba mareado y me dolía la cabeza". Era los primeros síntomas del mal de altura, pero todavía resultaban soportables.

Antes de atacar la cumbre, Silva y sus compañeros de expedición durmieron en un campamento a algo menos de 4.700 metros. La última etapa se pusieron en marcha a las once y media de la noche. Parecía una locura empezar tan temprano sabiendo que solo les quedaban seis kilómetros hasta la cima, pero no lo era.

"Hacíamos un kilómetro por cada hora. Aunque quieras ir más rápido, a partir de los 4.000 metros el cuerpo no te deja", recuerda Silva. Como en la víspera, se sentía ligeramente mareado y con dolor de cabeza, pero al subir tan despacio le estaba dando tiempo a su cuerpo a acostumbrarse a la falta de oxígeno. "Mucha gente tiene que dar la vuelta antes de llegar a la cima por culpa del mal de altura. En realidad, no tiene nada que ver con la condición física de la persona. Uno puede estar estupendamente y hacer mucho deporte, y sufrirlo igual, sobre todo los jóvenes".

El Kilimanjaro también es una montaña masificada. Sin llegar a las cifras y al riesgo extremo que supone quedarse bloqueado en una de las estrechas aristas del Everest, la subida a la "Casa de Dios" masai también exige paciencia, puesto que de un campamento a otro se mueven diariamente unas 300 personas.

Silva aún estaba en el camino cuando empezó a amanecer. Con los primeros haces de luz, vio las nieves perpetuas del glaciar. "Ese momento del amanecer es muy especial. Todo el mareo y el dolor de cabeza que llevaba se me pasó de repente". Poco después hacía cumbre en el techo de África.

De safari

Amante de la fauna salvaje, Íñigo Silva no podía dejar pasar la oportunidad de participar en un safari. Estuvo en los parques del Serengueti y Ngorongoro, y fotografió a un palmo de distancia a docenas de animales. "Es impresionante, tal y como lo ves en televisión. No hay trampa ni cartón". Al naturalista alemán George Schaller se le atribuye la afirmación de que, "nadie puede regresar del Serengueti sin haber cambiado". Cuanto más si además también caminó por el Kilimanjaro y renunció a un poco de su tiempo por ayudar a los demás.

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