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Carmen González Hermo: "Las víctimas deben guiarse por su intuición y el radar de las personas que las quieren"

La ribeirense forma parte del equipo que atendió a los familiares de las víctimas de Valga

Carmen González. // Cedida

Carmen González. // Cedida

Carmen González Hermo (Ribeira, 1976) se licenció en Psicología por la Universidade de Santiago de Compostela. Actualmente, trabaja en el centro ocupacional Ámbar, de Ribeira, que presta apoyo a personas con discapacidad funcional, y desde 2008 forma parte del Gipce, un equipo de psicólogos especializados en prestar una primera ayuda en casos de catástrofes o emergencias. El Grupo de Intervención Psicolóxica en Catástrofes e Emerxencias (Gipce) funciona gracias a un convenio entre la Xunta de Galicia y el Colegio de Psicólogos de Galicia, y ha desplazado a media docena de personas a Valga, entre ellas la propia Carmen González. Junto a ellos, hay terapeutas especializados en casos de violencia de género. González no puede hablar de las circunstancias concretas de las personas de Valga que han atendido en los primeros días tras el triple crimen, pero sí abordar aspectos generales y comunes a este tipo de tragedias.

-¿Cómo afrontan niños de la edad de los de Valga la pérdida violenta de un familiar?

-Un niño de cuatro años todavía tiene poca experiencia de vida, pero uno de siete u ocho ya es más consciente de que de la muerte no se vuelve. La forma de afrontar la tragedia, por lo tanto, será diferente. Lo que sí es común es que necesitarán en ambos casos apoyo familiar y social, y que este apoyo debe respetar el ritmo de cada niño.

-¿Qué hay que transmitirles en estas circunstancias?

-Tienen que tener claro que la muerte de sus seres queridos no fue una decisión voluntaria, que fue algo inevitable, y que de la muerte no se vuelve. Es importante hacerles ver que esas personas, que fueron muy importantes para ellos, no van a volver, pero que hay otras personas muy importantes cerca que van a cuidar de ellos y que les van a mantener sanos. Es importante hacerles ver lo que permanece intacto en sus vidas, y explicarles los cambios que se puedan predecir. Es muy bueno mantener las rutinas, y respetar sus ritmos.

-¿Sufren más los niños mayores por su mayor nivel de conocimiento de la realidad?

-Eso no se puede predecir. Ambos sufrirán, aunque cada uno lo expresa de una manera diferente. El sufrimiento es inevitable al principio. Nada les quitará el dolor, pero se irá mitigando con afecto y ternura.

-En una situación similar a la de Valga, ¿deben ir los niños al velatorio o el entierro?

-A los mayores se les debería preguntar antes, explicándoles lo que van a encontrar. Tendría que acompañarles un familiar en el que confiasen y que estuviese más o menos sereno, y buscar un momento tranquilo, en el que hubiese poca gente. Con los más pequeños, es preferible emplear un rito de despedida acorde a su edad.

-¿Cómo hay que organizar el duelo en el caso de una persona de edad ya avanzada que perdió de golpe a su pareja y a sus hijas?

-Lo que vale para los niños vale para todo el mundo. Tenemos que fijarnos en lo que queda estable en nuestras vidas, y no caer en el victimismo. Esa persona puede ser quien mejor entienda a los niños, que son los más vulnerables, quien mejor puede ayudarles. Cuando una persona pierde de repente a sus referentes familiares más próximos, es importante que no esté sola, y que siga teniendo una responsabilidad en la familia. Hay que lograr también que mantenga las rutinas de autocuidados: que se duche, que se cambie de ropa, que coma, o que por lo menos se siente a comer con los demás, que tenga unos horarios... Hay que recordarle que sigue teniendo un papel dentro de la familia y apelar a su amor por los demás parientes.

-A menudo, quienes cometen asesinatos múltiples o atacan a niños son vistos como enfermos. ¿Dónde está la línea roja que separa el comportamiento de una persona sana de una patológica?

-Se trata de una cuestión muy compleja, y que tiene connotaciones penales. Cuando me toca enfrentarme a una de estas situaciones suelo pensar que así como cuando a una persona se le rompe el corazón, se muere, cuando es el cerebro el que se le rompe sigue en el mundo, pero sin frenos. Pero no nos toca a nosotros juzgar el estado de las personas que han cometido un crimen. Nosotros, cuando atendemos a las víctimas, no hacemos un juicio basado en el bien y el mal, sino que trabajamos para mostrar a las víctimas las herramientas en las que pueden apoyarse, lo que permanece estable en sus vidas y hacer hincapié en sus fortalezas. Hay que hacerles ver que el dolor se acaba, pero que si se quedan dentro del nudo el sufrimiento seguirá.

-¿Existen algunas señales de alerta o indicios de que un hombre se dispone a cometer una atrocidad contra su pareja o expareja?

-No es fácil darte cuenta de eso, porque la violencia de género es un proceso a menudo lento, y llega un momento en el que no resulta sencillo interpretar lo que hay detrás de un "te quiero más que a nada en el mundo". Sucede en muchas ocasiones que al mismo tiempo que las actitudes violentas del hombre van a más, el radar de la mujer, el sensor que debería detectar esas actitudes peligrosas funciona peor. Por eso muchas víctimas de violencia de género llega un momento en el que se preguntan por qué no se dieron cuenta antes. Decir que hay unos signos para predecir una situación es como banalizar el problema, porque no es tan sencillo reconocerlos. Tal vez sería deseable prestar más atención a la intuición propia, de cuando no te sientes satisfecho o la sonrisa no te sale de forma natural. Pero aunque el radar de la víctima esté atrofiado, puede ser importante que se fije en el de los demás. El radar de las personas que nos quieren no está tan dañado, y puede percibir gestos, formas de hablar, comentarios de la pareja que no son adecuados. Podemos entonces guiarnos por esas personas que nos quieren.

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