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Memoria histórica y Ajusticiados en la comarca de O Salnés

La meañesa Dolores Caamaño y "o morto que vivíu"

La mujer salvó de una muerte segura al vecino de O Grove Ricardo Figueiro Besada "O Chiquitín"

Dolores Caamaño con Jorge Padín. // FDV

Dolores Caamaño con Jorge Padín. // FDV

Dolores Camaño Pérez vivía en Altamira, número 8, hoy de este barrio de Dena, y que entonces era la única casa del lugar en la zona que linda con Vilalonga. Su hijo, Vicente Padín, recuerda que "cando chovía solían abrigarse na casa de miña nai as peixeiras do Grove, que baixaban de vender na feira de Meaño. Miña nai adoitaba acollelas cunha taza de caldo, e elas, nun xesto xeneroso, deixábanlle peixe a cambio". Dolores se había casado con Vicente Padín Outón, un transportista de mar, que alternaba el del barro que extraía en Arnosa, para trasladarlo a las telleiras, con otros portes por la ría que le llevaban a Vilagarcía, Pontecesures, A Pobra do Caramiñal, o Rianxo. De este matrimonio Dolores alumbró diez hijos, uno de ellos, Benito, que falleció a los 18 años por una dolencia cardíaca.

Era aquel 29 de agosto de 1936. Hacía poco más de un mes que estallara la Guerra Civil, donde los golpistas se impusieron con premura en Galicia. De su mano, se inició el exterminio sistemático de republicanos confesos y personas próximas a los sectores de izquierda. Grupos de ultraderecha, vinculados a la Falange y a la Guardia Cívica, operaban con impunidad por la noche en cada pueblo, sacando de sus casas a izquierdistas, sindicalistas y, en ocasiones ni eso, sino a personas caídas sin motivo alguno en desgracia.

En muchos casos los grupos cruzaban sus actuaciones acudiendo, uno al concello vecino con una lista para la purga, a cambio de actuar luego el grupo del concello vecino en el propio, a fin de dificultar seguir la pista de identificar a los autores.

El grovense Ricardo Figueiro "O Chiquitín" fue uno de los caídos en desgracia, en aquel 29 de de agosto de 1936. A pesar de que O Grove había sido un hervidero, al llegarse contabilizar una treintena de formaciones políticas en la II República, este marinero de cerco -que era su profesión- no había tenido vinculación política alguna.

Pero aquella noche, sin pretexto alguno, fue sacado a empujones de su casa por un grupo, que integraban algunos meañeses, que asumió esa purga en O Grove. Junto con él, tres detenidos aquella noche, escoltados por aquel "escuadrón de la muerte", a bordo de un vehículo que cruzó el istmo do Bao para dirigirse a Vilalonga, terreno bien conocido por los pistoleros.

A la altura de la Xunca Blanca, en el linde con Dena, por la hoy carretera comarcal 550, uno de los detenidos, consciente del destino, burló la escolta para arrojarse del vehículo en marcha, intentando una huída desesperada.

Los captores detuvieron entonces el vehículo y bajaron aprisa a los otros tres, entre ellos el mentado Ricardo Figueiro, que fueron instados a caminar. Apenas dados los primeros pasos fueron abatidos por la espalda en la cuneta.

Apremiados por encontrar al fugado, se entregaron a su búsqueda. Le dieron caza en una finca próxima, y donde lo lincharon a punta de pistola. De regreso al vehículo, con la noche casi vencida, los pistoleros fueron a rematar, con el tiro de gracia en la cabeza, a los que habían dejado abatidos en la cuneta. Pero a Ricardo Figueiro, al ver su reguero de sangre y tras propinarle una patada, se confiaron y lo dieron por muerto, para de seguido subirla al vehículo para dejar el lugar.

Ricardo "O Chiquitín", aunque lo había parecido, no estaba muerto. Malherido de un disparo que le entró por detrás del cuello, cerca de la yugular, avanzó como pudo hasta alcanzar la única casa de la zona, que era la de Dolores Caamaño. "Entrou pola porta de atrás -rememora su hija Lola Padín-, e petóu no cristal da fiestra do noso cuarto, donde eu durmía coa miña irmá Victoria, e que tiñamos 10 e 8 años. Era ao amencer, ao espertar vimos na fiestra a cara dun hombre toda chea de sangue, e empezamos a chamar a mamá". Dolores, que en el momento, a sus 27 años, estaba sola con sus cinco hijos de entonces en casa, abrió la puerta al herido. Lola Padín refiere el momento: "só escoitaba a aquel home suplicarlle á miña nai dicíndolle 'acóllame, por favor'. Como puido, miña nai meteuno no alboio, e alí, cunha vela do barco, un pouco de palla y unhas mantas, fíxolle un camastro para deitalo".

Al poco que aquel "escuadrón de la muerte" tuvo noticias, se personó en casa de Dolores Caamaño, llegando justo al pie del camastro del herido. Lola Padín rememora el momento: "dixéronlle a miña nai que se fora de alí, que eles facíanse cargo do ferido, pero o señor Ricardo, movendo o dedo negativamente balbuceoulle á miña nai: 'non se vaia, por favor, non me deixe". La mujer contestó a los pistoleros: "agora el está aquí está nas miñas mans, el non quere que marche de aquí, e eu non marcho".

Algunos apuntan -aunque no pudieron constatarlo por recuerdos los hijos de Dolores- que uno de los pistoleros presentes, desenfundó su arma para intentar rematar a Ricardo en el camastro, pero Dolores se opuso diciendo: "non, aquí iso non, na miña casa e diante dos fillos, non". Aquella postura encorajinada, siendo casi de día, disuadió a los pistoleros que abandonaron la casa sin haber logrado su propósito.

Lola Padín recuerda como Ricardo Figueiro, "que falaba moi baixiño", le hizo saber a Dolores de su familia en O Grove, y la noticia la trasladó hasta allí por la voz de Antonio García Varela, "O Leiteiro" de Dena, que cada mañana acudía temprano a realizar la recogida en O Grove.

Lola lo revive: "mamá mandounos a Victoria e a min ata Dena por un camiño interior, a mercar unha gaseosa na taberna da señora Concha para darlle de beber ao ferido". Cuando la familia de Ricado, supo por "O Leiteiro de Dena" lo ocurrido, se apremió en mandar en un coche desde O Grove al médico Jacobo Otero Goday, y a su hermano Paco, que se personaron en casa de Dolores. Allí, en el camastro, les practicó las primeras curas y, con agentes de la Guardia Civil ya presentes, fue enviado al Hospital de Pontevedra.

Cuando se restableció, la primera parada de Ricardo "O Chiquitín", antes de pisar su propia casa, la hizo en Dena, para agradecerle a Dolores haberle salvado la vida. Lola Padín, que era la niña que le abrió la puerta, porque su madre no estaba, rememora el reencuentro: "Non teñas medo meniña -recuerda que le dijo-, eu son aquel home que estiven aquí, na vosa casa, ferido, lembras? Agora veño do hospital e a primeira visita quero facela aquí, pero non teñas medo, non está mamá? Bueno xa voltarei outro día". "E logo -continúa su relato- voltaron os pais del, e como agradecemento trouxéronlle á miña nai un abadexo enorme, tan grande que non collía na patela".

Los otros tres paseados con Ricardo Figueiro linchados en la Xunca Blanca fueron enterrados en el cementerio de Dena "porque daquela -refieren los testimonios-, era obrigado que debían soterrarse alí onde morrían. En ningún documento foi refrexado a causa real da morte, e os seus cadaleitos tampouco coñeceron oficio relixioso algún. Os veciños de Dena lembran aínda coma durante moitos anos, por Defuntos, viñan as mulleres do Grove a chorar os sues mortos a Dena, e pasaban alí horas e horas ao carón da tumba que estaba na terra".

Ironías del destino, cuando Ricardo Figueiro y se restableció, y teniendo aún fresca su herida en la mandíbula, no le que quedó otra que, al ser llamado a filas, tener que combatir en la guerra enrolado en bando fascista. De hecho Ricardo "O Chiquitín", estuvo en el frente de Aragón, combatiendo en pueblos como Ayerbe ou Tamarito de Litera. De regreso, se casó en O Grove con Esperanza Casas, con la que tuvo dos hijos. En 1952 compró una primera batea de mejillón y, a principios de los 60, abandonó la pesca de cerco para dedicarse de lleno a la cría de mejillón. Desde entonces mantuvo una vinculación grande con la familia de Dolores Caamaño, hasta el punto que uno de sus hijos, Manuel, fue socio con Ricardo en las bateas de mejillón. Aquel 29 de agosto de 1936 marcó a estas dos familias, por la unión y la generosidad, pero también, en el lado opuesto, por el hecho de aprender a convivir en adelante con el temor a unos pistoleros que le eran conocidos. De ello nunca más quiso hablar, convirtiendo el asunto en tabú de por vida para familias y amigos. Casi después lo rescatamos hoy aquí para la memoria colectiva de la Historia.

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