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Memoria viva de la Plaza de la Independencia

José García es vecino desde hace 60 años de lo que conoció como una explanada de tierra con mirtos y sin edificios

José García, a sus 89 años, cortó la cinta en la inauguración de la remozada plaza. // Iñaki Abella

José García García cumplirá el 30 de agosto 90 años en un estado envidiable. Su único tratamiento es el Sintron y su memoria se conserva intacta. Con una sonrisa en el rostro y con su hija del brazo, cruza la Plaza de Independencia para tomar su descafeinado con leche diario en el Súper Arosa. A José le encanta el lugar en el que vive desde hace sesenta años y no lo cambiaría por nada del mundo. De hecho hace diez que se quedó viudo y sigue aferrado a su piso de A Independencia, donde lo ayudan sus dos hijos, Tilucha y José Carlos.

Es de los pocos vecinos "de toda la vida" que quedan en esta céntrica plaza de Vilagarcía que acaba de ser peatonalizada y reformada. En su calidad de vecino más antiguo, se encargó de cortar la cinta de inauguración en la fiesta que organizaron el viernes los comerciantes de la plaza. Su hija guarda un trozo de la cinta como recuerdo de una emotiva celebración en la que el nonagenario estuvo arropado por su familia. Tiene dos hijos, tres nietos y dos bisnietos.

José es natural de Bamio, donde actualmente viven dos de sus hermanas; una mayor, de 92 años, y otra "bastante más joven". Él se crió de niño en esta parroquia pero de muy joven se marchó a Vigo a hacer el servicio militar, "por la marina", apostilla. Después regresó a Vilagarcía para trabajar en el taller de mecánica de José Luis Ibáñez. "Yo era el único tornero que había", recuerda. Allí estuvo trece años, antes de dar el salto a la empresa en la que se jubilaría: la antigua Viguetas Castilla, en Vilanoviña (Meis), donde fue encargado de mantenimiento durante tres décadas.

Su mujer era maestra y regentaba la escuela "Nuestra Señora del Carmen", ubicada, al igual que su casa, en la Plaza de Independencia, por entonces todavía denominada Plaza del Mercado.

Cuando el matrimonio se instaló en esta plaza, a finales de los años cincuenta, su imagen nada tenía que ver con la actual: era una explanada de tierra rodeada de un jardín de mirtos y sin edificios en la que los niños jugaban libremente sin temor a los vehículos. Evidentemente no estaba peatonalizada, pero "pasaba un coche de cuando en cuando", apunta Tilucha. "Aquí fuimos muy felices".

Escenario de verbenas

De aquella, la Plaza de Independencia era escenario de varias verbenas. "Cuando había fiesta Landeira, el electricista, metía luces entre los mirtos", recuerda la hija de José, residente en la zona desde que era bebé, con un año de edad. "Mi hijo el menor ya nació aquí", señala José.

En aquella época "ninguna casa llegaba a la acera. Tampoco la nuestra, y cuando se vendió la "huerta del cura" a una inmobiliaria, tuvimos que comprar una franja de 30 metros cuadrados al Ayuntamiento para no quedarnos aislados por los nuevos edificios", cuenta José García mientras toma su café.

El vecino más antiguo de la Plaza de Independencia hace hincapié en el proceso de compra de su vivienda.

"Habían embargado esta casa y me fui a Cambados a realizar el depósito correspondiente para participar en la subasta, pero a los pocos días me devolvieron la fianza porque la venta solo estaba destinada a los acreedores. Entonces fui a hablar con la persona que se había quedado la casa en la subasta y se la compré por 60.000 pesetas".

La huerta del cura

Por aquel entonces la "huerta del cura", de don Francisco Chantada, ocupaba buena parte de la plaza, concretamente en la zona donde hoy está el veterinario; y el terreno llegaba hasta la altura de la calle Gumersindo Nartallo, que todavía no existía.

La huerta tenía un chalé espectacular, pero la Iglesia vendió la finca a una inmobiliaria coruñesa que también estaba interesada en hacerse con la propiedad de la casa de José para edificar la zona. Primero le dijo que sí, pero no llegaron a un acuerdo y el vilagarciano permaneció en su casa, la que sigue siendo su hogar sesenta años después (posee el bajo y el primer piso).

La Plaza de España ha experimentado una transformación muy importante a lo largo de las últimas décadas. Y así lo recuerda este nonagenario, suscriptor de FARO DE VIGO desde hace décadas. No obstante, lo que siempre ha tenido la plaza es fuente. Primero una pequeña de piedra, y más tarde, con la primera gran reforma, se sustituyó por el vaso que presidía el espacio público hasta la peatonalización que se acaba de inaugurar. "Fue cuando se pusieran las anclas", echa la vista atrás.

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