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Milucha, la última nativa de Cortegada

Hoy hace 65 años que esta panadera de Carril, hija del guardián de la isla, nació cuando su familia festejaba San Pedro

Emilia Iglesias Catoira, "Milucha", en la terraza de su ático, en la alameda de Carril, con su Cortegada natal al fondo. // Iñaki Abella

Emilia Iglesias Catoira, "Milucha", en la terraza de su ático, en la alameda de Carril, con su Cortegada natal al fondo. // Iñaki Abella

Por la ventana de la Panadería Eugenio, en la alameda de Carril, se atisba Cortegada, como dice la canción, "deitada no mar". Ese, el visual, es el único contacto que a día de hoy mantiene Milucha con la isla que la vio nacer hace exactamente 65 años. Era un 29 de junio de 1954 cuando su madre, la señora Ermitas, estaba con sus cinco hijos en Cortegada celebrando la fiesta de San Pedro alrededor de una hoguera. "San Pedro como era calvo le picaban los mosquitos...", parafrasea Milucha tras el mostrador de la panadería, recordando la canción que los niños entonaban mientras se pasaban una piedra de unos a otros.

En medio de la celebración, su madre, embarazada, empezó a tener dolores, por lo que su marido Eugenio, guardián de la isla, se subió de inmediato a la barca rumbo a Carril a buscar a la comadrona para que asistiese a su esposa en el parto. Y así vino al mundo Emilia Iglesias Catoira, más conocida como Milucha, el último bebé que nació en Cortegada.

Ella es la sexta de siete hermanos (cuatro mujeres y tres hombres). Los tres mayores fueron alumbrados en la casa de los abuelos maternos, en Catoira, donde su madre vivía con ellos "mientras mi padre estaba en África, al final de la Guerra", recuerda Milucha. "Mis hermanos Eduardo y Loli ya nacieron en Cortegada (en 1949 y en 1951 respectivamente), por lo que debimos instalarnos en la isla en los años 40", calcula.

Su padre, Eugenio Iglesias, era hijo de panaderos, pero no quería continuar con el oficio familiar. "Una monja de clausura de Vigo le dijo a una tía de mi padre que don Juan (de Borbón) necesitaba un guardián para Cortegada, para que viviese allí, y mi padre, que era muy echado para delante, dijo que sí", relata Milucha mientras atiende a su fiel clientela de Carril.

Fue entonces cuando su familia se mudó a la ya deshabitada Cortegada, cuya aldea fue deshabitada a principios del siglo XX para que la isla fuese regalada al rey Alfonso XIII. "Se construyeron unas casitas con luz y agua en A Rosa para la gente de la isla", señala.

La infancia de Milucha fue muy feliz en aquel paraje natural inigualable. Aunque solo vivían allí ella y su familia, a Cortegada iban todos los vecinos de Carril, sobre todo en verano a disfrutar de la playa y a pasar el día de comida campestre. "De aquella no pasaba lo que ahora", dice en alusión al incendio que en 2015 movilizó a todo el pueblo, que con sus lanchas y sus manos resultaron claves para sofocar las llamas que amenazaban la joya carrilexa. Al recordarlo, Milucha no puede evitar emocionarse, pues ardía su Cortegada natal, testigo de tantas y tantas vivencias de su niñez. Y es que aunque residió allí hasta los tres años de edad, después seguía yendo cada día a la isla que su padre custodió hasta que Juan de Borbón -heredero de Alfonso XIII- malvendió Cortegada a una inmobiliaria santiaguesa en 1978 por 60 millones de pesetas.

"Pasábamos mucho tiempo en el mar, podíamos estar hasta las once de la noche, y disfrutábamos mucho. Jugábamos a los indios y vaqueros, hacíamos cabañas en los árboles...", añora Milucha.

Los marineros de Carril, sin salir a la mar por temporal, se sorprendían cuando avistaban a la señora Ermitas cruzar el canal de Cortegada en barca, a remos, con el mar picado y su prole de hijos a bordo. Los pequeños iban dentro de una cesta cubiertos con ropa de aguas. Al finalizar la travesía, los mayores se quedaban en el colegio y los demás regresaban a la isla con su madre. "Las niñas iban a la de doña Maruja y los niños a la de don José", pues la enseñanza segregaba por sexos.

Había clases en horario de mañana y tarde, y para que Ermitas no tuviese que hacer tantos viajes en barca durante el duro invierno, preparaba la comida a sus hijos que la señora del Bar Donata les calentaba para volver por la tarde al colegio.

El padre de Milucha, el guardián de Cortegada, empezó a ir a las ferias para comprar y vender ganado. Así, transportaba caballos, vacas y otros animales al archipiélago a través de un barco o bien a pie por el Camiño do Carro cuando había seca, es decir, cuando la marea estaba baja. Eugenio se aficionó a las carreras de caballos e inculcó esa pasión a uno de sus hijos. "Arriba, en casa, hay muchos trofeos", apostilla Milucha.

Los niños fueron haciéndose mayores, algunos ya estaban en edad de instituto, y para mayor comodidad la familia decidió comprar la casa en la que hoy funciona la Panadería Eugenio que Milucha heredó de sus padres, frente a la lonja de Carril.

Pero ese bajo comenzó siendo una tienda en la que su madre vendía los productos hortícolas que su padre plantaba en Cortegada. "Había cerezas blancas, peras y manzanas de muchos tipos (a mí la que más me gustaba era la manzana japonesa). También fresas silvestres y se vendía verdura, patatas o quesos que hacía mi madre", rememora la última nativa de Cortegada. No fue hasta 1963 cuando se abrió la panadería, una actividad que el matrimonio combinaba con el trabajo en la isla.

"Mi padre se llevaba muy bien con don Juan, tenía muy buena relación. De hecho tiene ido a Estoril a hablar con él". El problema llegó cuando vendió la isla a la inmobiliaria. "Fue una decepción y tuvo una agarrada con don Juan. Yo estoy convencida de que la isla volvió al pueblo en parte gracias a mi padre (fallecido en 2003 a los 83 años). Aunque ahora es menos del pueblo, pues todo son pegas", lamenta.

De hecho Milucha no pisa Cortegada desde que la Xunta la expropió en 2007 por 1,8 millones de euros para devolverla al dominio público. "Los campos de frutales no existían, los caminos, tampoco; el paisaje era desolador y no volví", dice, añorando la época en la que "Cortegada era de Carril y para Carril tiene que ser".

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