Cuando en el siglo XIX la epidemia de la peste amenazaba con exterminar el ganado de los vecinos de Valga, estos decidieron hacer ofrendas a los santos. Y aquellos recorridos desde casa a la iglesia o las capillas se rememoran en la actualidad, ya no se sabe desde cuándo, a modo de procesión y acto marcadamente religioso que contribuye a mantener viva la historia de la localidad.

Es la conocida procesión de los lacones, que en realidad comienza el 25 de enero, día de San Paio, cuando las imágenes de San Antonio y San Roque son trasladadas desde la iglesia de Cordeiro a la capilla de Vilar.

Allí permanecen hasta que cada 2 de febrero, festividad de la Candelaria, los santos son devueltos al templo parroquial en una procesión cargada de sentimiento y particularidades.

Y es que, como de nuevo sucedió ayer, una buena cantidad de vecinos participan en este recorrido en el cual las ofrendas, sobre todo lacones, se trasladan en cestos que las mujeres portan a la cabeza, como se hacía antaño.

Todo comenzaba a las diez de la mañana en Vilar, donde el cura Arturo Lores oficiaba una misa en la capilla de San Paio.

Los participantes iniciaban después el recorrido de costumbre por Vilarello, Moldes, As Eiras, Outeiro, Ferreirós y Beiro. Las mujeres abrían la procesión, que empezaba con tres patas de cerdo en sus cestas, al ritmo de la música de gaita del grupo "Os Demos da Petaca", de Ribadumia.

Ya con dos lacones más sobre la cabeza, aportados al paso de la procesión por Vilarello, los feligreses dieron una vuelta completa a la iglesia de Cordeiro antes de que los santos y las ofrendas fueran introducidos en el templo, donde se ofició una misa solemne.

Tras la misma se organizó la siempre interesante subasta de los lacones, vendiéndose uno por 45 euros, dos por 65 y los otros por 70 y 80 euros. En total 325 euros recaudados para la parroquia.

No faltaron las bombas de palenque, el vino dulce y otros alicientes que contribuyen a hacer grande esas fiestas de aldea o romerías que forman parte de la historia del rural.