El sector mejillonero gallego se encuentra inmerso en una profunda crisis organizativa que se viene mascando desde hace años, pero que alcanzó cotas insospechadas tras las elecciones de diciembre y enero para convertirse ahora en una amenaza real de cara al futuro del que es, sin duda, uno de los principales motores económicos de Galicia. Los enfrentamientos internos, y sobre todo algunas rencillas personales, amenazan la línea de flotación de este colectivo que agrupa a más de 2.000 productores cuyos dirigentes, en algunos casos, no dejan de amenazarse, insultarse y culparse de los problemas actuales.

Ayer se escenificó esa pelea con varias reuniones celebradas dentro y fuera del edificio Mexillón de Galicia, en Vilagarcía, en las cuales unos y otros se guardaron muchas acusaciones en el tintero. Tratan de olvidar, pero saben que, por un lado, está la crisis entre la organización mayoritaria del sector -Opmega- y el órgano representativo de todo él, el Consello Regulador Mexillón de Galicia, al que pertenece Opmega como socio y que tiene como presidente a Ramón Dios, a la vez socio de Opmega. Y por otra parte están viejos conflictos como los intentos fallidos para pactar precios mínimos y el afán de Opmega, a través de su presidente, Javier Figueira, por eliminar de su seno o castigar a algunas entidades que, según él, "venden por fuera", "van por libre" y no respetan las normas marcadas de la organización, pero que según los directamente atacados sólo son "víctimas" del "revanchismo" del propio Javier Figueira.

Con este guión era fácil augurar mucha tensión en las asambleas convocadas ayer y finalizadas cerca de media noche, la primera con el fin de que Opmega analizara los expedientes abiertos a dos de sus delegaciones, San Amaro (A Illa) y Socomebu (Bueu) "por vender por fuera" -la resolución quedó pendiente-, y la segunda para que Ramón Dios y otros directivos del Consello tuvieran la oportunidad de explicar ante la asamblea de Opmega las razones del enfrentamiento dialéctico constante con Javier Figueira y su equipo.

Para que el lector pueda darse una idea de lo enrevesado de todo este conflicto, baste decir que el presidente de San Amaro, entidad ahora expedientada y atacada abiertamente por Opmega, es Ramiro Millán, el mismo que en el anterior mandato de Javier Figueira fue su mano derecha y, según algunos "su brazo ejecutor".

Eran uña y carne y ahora son enemigos, lo que supone que ambos se conocen perfectamente y que los dos tienen "muchas cosas que decirse" y, quizás, que reprocharse. Por eso antes de las asambleas de ayer en el sector ya se advertía: "Si todos decimos lo que sabemos puede que sirva para poner a cada uno en su sitio y solucionar muchas cosas, aunque para ello tengan que rodar muchas cabezas".

Esa misma complejidad y esas mismas disputas internas son las que hicieron que hace meses se expulsara a Amegrove del seno de Opmega, a pesar de tratarse de la cooperativa más importante de entre las 19 delegaciones integradas en la organización.

Pero es que ahora, con el expediente a Socomebu y San Amaro, con la posibilidad de futuras expulsiones y con el enfrentamiento entre Opmega y el Consello Regulador -el presidente de este último órgano pertenece a la Asociación Illa de Arousa-, sobre el sector planea la sombra de una división total, pues algunas entidades podrían decidir marcharse de Opmega convencidas de que "la crisis no tiene remedio" y de que "lo mejor es romper todo el sistema organizativo actual y empezar desde cero".

Cierran filas

Conscientes de ello, tras las asambleas "oficiales" celebradas ayer el sector decidió intentar cerrar filas.

Ramón Dios, que estaba dispuesto a presentar su dimisión, se guardó más de un as en la manga, y lo mismo hizo Javier Figueira. Acudieron a los encuentros previstos con las escopetas cargadas, pero salieron de las reuniones sin hacer un solo disparo y apelando al diálogo y a un nuevo intento por reconducir la crisis.

De lo que se trata, o al menos eso dicen de puertas hacia afuera, es de "trabajar por y para el sector", de ahí que se decidiera "dejar a un lado los enfrentamientos personales", "olvidar las acusaciones públicas" y "mirar hacia el futuro".

Cuando faltaban pocos minutos para las doce de la noche, tanto Ramón Dios como otros dirigentes del Consello y Opmega declinaban efectuar declaraciones "porque el compromiso al que llegamos es resolver los problemas dentro de casa y sin airear los trapos sucios... vamos a intentarlo, por el bien del sector, con toda la disposición para que esto empiece a funcionar de nuevo".