Cuando el 12 de enero FARO publicó la primera noticia sobre un misterioso brote de neumonía en China, nadie en la opinión pública podía siquiera imaginar lo que ocurriría apenas dos meses después, pero ya esos días virólogos y epidemiólogos comentaban en congresos internacionales la posibilidad de que fuese un virus pandémico. A finales de enero, el investigador vigués afincado en EE UU Antonio Ramilo, que participaba en una cumbre científica en Barcelona, supo de su colega Barney Graham, uno de los “padres” de la vacuna de antiCOVID de Moderna, que ya habían diseñado el fármaco con una nueva y revolucionaria tecnología: el ARN mensajero. Pero la alarma estaba muy lejos de calar en la sociedad occidental.

  • Las medidas de confinamiento en España eran inimaginables para la mayoría, pero no para los científicos y los ciudadanos mejor informados

La pandemia de COVID-19 ha culminado el perfecto cuento de Pedro y el lobo, después de las pandemias truncadas de los otros dos coronavirus con un alto grado de letalidad, el SARS (2002) y el MERS (2012), y las moderadas consecuencias de la del virus de la gripe A de 2009. Entonces, una década antes, muchos gobiernos, incluido el español, fueron injustamente ridiculizados por haber comprado millones de dosis de la vacuna, que quedaron guardadas en un almacén. Pero esta vez el lobo llegó al pueblo, tras mostrar sus fauces por primera vez en la ciudad china de Wuhan, donde se decretó el confinamiento duro de sus 11 millones de habitantes y se construyeron hospitales de emergencia en cuestión de semanas.

El mismo día en el que la OMS declaraba la alerta internacional de salud pública, Fernando Simón pronunció aquella frase lapidaria de “España no va a tener más allá de algún caso diagnosticado”. Poco después, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, declaraba como injustificada la suspensión del Mobile World Congress de Barcelona, y la ministra de Economía, Nadia Calviño, auguraba que el coronavirus no tendría un impacto significativo en la economía española. Mientras el nuevo coronavirus provocaba los primeros confinamientos y muertes en Italia, a pocos cientos de kilómetros de España, nuestro país vivía inmerso en el “sologripismo”, la idea según la cual el COVID-19 era tan banal como un resfriado fuerte. No solo los periodistas más locuaces de las principales tertulias televisivas lo sostenían, también hubo virólogos y epidemiólogos que restaron importancia a la amenaza, firmando artículos con el título de “coronavirus, más que un catarro, menos que una gripe”, o afirmando que nos estábamos montando “unas bolas espectaculares” con el coronavirus.

Tras el desafortunado eslogan de “salimos más fuertes” y la 2ª ola, los expertos auguran una tercera en pleno periodo de vacunación

No fue el caso del venezolano Daniel Scott-Algara, virólogo del Instituto Pasteur de París, que supo a mediados de enero, mientras cenaba en Colombia con el científico vigués Alfonso Blanco, que aquella neumonía de origen desconocido con una decena de casos en Wuhan llegaría a ser una pandemia. “Si hay diez casos declarados hay que multiplicarlos por cien para saber que realmente hay mil –explicó a mediados de marzo en una entrevista exclusiva a FARO–. Viendo lo que pasó en China no se podía esperar que los casos en España fueran pocos”.

Como ha dicho el célebre científico estadounidense Anthony Fauci, nunca en 102 años de historia ha habido un virus que ha afectado tanto a todos los aspectos de nuestra vida, cuyas consecuencias en el cuerpo humano van desde la nada hasta la muerte; que afecta a casi todos los órganos y que se contagia por vía aérea y por asintomáticos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) negó primero la transmisión humana del virus, tachó de “falso” el contagio por aerosoles –algo que sigue sin rectificar de forma tajante– y no recomendó hasta junio el uso generalizado de mascarillas, tres errores que contribuyeron a la extensión de la pandemia.

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En España no ayudó el ciego seguidismo a la OMS ni el empeño del Gobierno por mantener una agenda política que le impidió ordenar la suspensión de las manifestaciones del 8M y todos los actos multitudinarios de aquel fin de semana que contribuyó a disparar la transmisión del virus. Pocos días después, el 14 de marzo, Sánchez se rendía a la evidencia de los datos y decretaba el estado de alarma. España y buena parte del mundo se sumieron en marzo en un confinamiento duro que evitó una hecatombe sanitaria pero no un altísimo peaje en vidas humanas. Recientemente el INE cifró las muertes en España de marzo a mayo en 45.000, y a estas alturas las cifras reales, que probablemente nunca sabremos con exactitud, se aproximan –según el INE y el MoMo– a los 70.000 muertos, que convierten a nuestro país en el más golpeado del mundo por el COVID-19 en cuanto a mortalidad por habitante.

Tras el desafortunado eslogan de “salimos más fuertes” en verano y la crudeza de la segunda ola, España afronta una tercera que llegará, según han vaticinado los expertos, cuando aún estemos comiendo turrón. De la responsabilidad de todos dependerá mitigar su gravedad y evitar que una multiplicación de casos sature centros de salud y hospitales en pleno periodo de vacunación.