El coronavirus truncó un año en el que Arousa depositaba grandes esperanzas en materia turística, en el que se pretendían poner en orden importantes infraestructuras antes de la apertura de la Puerta Santa de la catedral de Santiago que anuncia el comienzo del año jubilar de 2021.

Algunas, como la Vía Verde desde Vilagarcía a Caldas y Portas, se han podido estrenar con éxito y otras están en proyecto como las piscinas de agua salada de A Concha; y, en el medio, ideas aletargadas como el parque acuático de Meis, sin olvidar inversiones de envergadura como el impulso a la ruta por mar a Santiago de Compostela con la Estación Náutica de Vilanova como epicentro vertebrador.

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Tres concellos unidos por Vía Verde que discurre por el viejo trazado ferroviario Faro de Vigo

Pero otros muchos proyectos se han quedado en el cajón, cual el albergue de peregrinos de Carril u otras ideas tan interesantes como el relativo a Mina Mercedes tras la declaración como BIC (Bien de Interés Cultural) de las vagonetas empleadas a mediados del pasado siglo para la extracción de minerales.

Todo ello sin olvidar los numerosos paseos peatonales y marítimos que estaban proyectados en distintas localidades costeras para encarar un bienio que prometía ser eminentemente turístico.

Pero el 13 de marzo, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez anunció el confinamiento general de la población y el estado de alarma que rompió los esquemas de un año que se convirtió en extraordinario por la crisis sanitaria.

Fue un verano extraño en toda la comarca por una relajación de medidas que se visualizó especialmente en el pequeño concello de A Illa

Y ya el turismo quedó en un segundo plano, tanto que incluso las playas empezaron a acotarse a pesar de que a última hora O Salnés pudo lucir más de una quincena de banderas azules en sus paradisíacos arenales aunque no se pronosticaba un buen verano, pese a que finalmente el sector salvó los muebles de la campaña.

Entre las galardonadas, la urbana A Concha-Compostela que supuso un verdadero revulsivo pero ante todo un alivio para los vilagarcianos, que pudieron disfrutar no solo de la playa de excelencia sino también de un pequeño parque acuático que sufrió más contras que pros en su corto ejercicio.

Fue un verano extraño en toda la comarca por una relajación de medidas que se han visualizado especialmente en el pequeño municipio de A Illa, que registró quizás los mayores niveles de ocupación de su historia, reflejado especialmente en los tremendos atascos del puente que hace más de un cuarto de siglo la unió al continente.

Con todo, el turismo sufrió consecuencias que han quedado plasmadas no solo por testimonios de los dueños de hoteles y restaurantes sino por datos objetivos oficiales que han establecido que el nivel de ocupación hotelera apenas rondó el 80%, o lo que es lo mismo, impidió colgar el cartel de completo típicos en la segunda quincena de julio y la primera de agosto.

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Un año que empezaba con buenos augurios pero que poco a poco se fueron disipando, primero cuando ya se se anunció en enero que el Casino La Toja reducía su oferta a la mínima expresión. Luego, cuando empezaron a caerse de los calendarios cuantas fiestas gastronómicas se habían consolidado en la comarca de O Salnés, todas ellas dedicadas a frutos del mar y tesoros de la tierra.

Hasta que finalmente O Grove dio la estocada final a la temporada turística que todos aventuraban un año antes. Los fogones de la multitudinaria Festa do Marisco ni siquiera llegaron a encenderse por lo que el balance final ha sido una catástrofe que dificilmente se reparará con la llegada del Xacobeo.